Navegando entre sueños y realidades

31

El aire en el salón principal de la mansión familiar no se podía respirar; estaba compuesto de una mezcla de perfumes caros, decepción y ese aroma a éxito que siempre me había hecho sentir pequeña. Frente a mí, no estaban solo mis padres y hermanos; estaba un tribunal de deidades que yo misma había ayudado a erigir.

​Mis padres, los CEOs Kuruma y Haruhi, presidían la escena desde el sofá de terciopelo. Ella, con su elegancia impecable, me miraba con una frialdad que dolía más que cualquier grito. Mi padre, el hombre que manejaba imperios, mantenía las manos entrelazadas, observándome como si fuera una inversión que acababa de declararse en quiebra.

​A un costado, mi hermano Kazehaya se cruzaba de brazos, todavía con el aura de estrella internacional emanando de él, mientras su esposa Milk evitaba mi mirada, ajustando nerviosamente su reloj de diseñador. Incluso Bulma y Sora, quienes siempre habían sido los más comprensivos, se mantenían rígidos, con la seriedad de quienes acababan de salir de una conferencia de prensa que yo me había encargado de arruinar.

​—¿En qué estabas pensando, Nana? —la voz de mi madre, Haruhi, cortó el silencio como un bisturí—. Una foto tuya, casi desnuda de hombros, en los brazos de un hombre que podría ser tu padre. ¿Es este el "camino propio" que querías construir?

​—No es solo la foto, mamá —intervino Kazehaya, dando un paso al frente con esa voz que llenaba estadios, pero que ahora solo transmitía desprecio—. Es el hombre. Noa. Es un tiburón, Nana. Un hombre con un pasado oscuro y una hija que es —o era— tu mejor amiga. ¿Tienes idea de cómo se ve esto desde afuera? Pareces una niña caprichosa buscando atención de la forma más barata posible.

​—¡No es por atención! —grité, y mi voz sonó pequeña frente a la de ellos—. Él me ve. Realmente me ve. No soy "la hermana de" ni "la hija de" para él.

​—¡Es un hombre que te dobla la edad, por el amor de Dios! —exclamó Bulma, perdiendo por un momento su compostura de escritora analítica—. Nana, hay límites biológicos y sociales que no puedes simplemente ignorar porque te sientes "comprendida". Te está manipulando. Un hombre como Noa no busca una compañera, busca un trofeo joven que pueda moldear.

​—Ustedes no lo entienden —dije, sintiendo que las lágrimas de rabia nublaban mi vista—. Ustedes tienen sus vidas perfectas. Kazehaya tiene a Milk, ustedes dos, Bulma y Sora, son el equipo perfecto. Mis padres son el ejemplo de matrimonio del siglo. ¡Yo siempre fui la sombra! La que no cantaba, la que no escribía, la que no dirigía empresas. Encontré a alguien que me dio mi propio valor.

​—¿Tu valor está entre las sábanas de un magnate que triplica tus años de experiencia? —la pregunta de mi padre, Kuruma, fue un mazazo—. No te educamos para que fueras la amante de nadie, Nana. Y mucho menos de alguien que pone en riesgo la estabilidad de este apellido.

​—No soy su amante —respondí con firmeza, levantando la barbilla—. Soy su mujer. Y él es el hombre que me dio mis sueños tenían un propósito más allá de decorar las fotos familiares.

​El silencio que siguió fue sepulcral. Vi a Milk cubrirse la boca con horror y a mi cuñado Sora negar con la cabeza, decepcionado. La mención de mi intimidad en ese salón sagrado era la máxima profanación.

​—Esta relación se termina hoy —sentenció mi madre, levantándose con una gracia letal—. Vamos a emitir un comunicado diciendo que fue un malentendido, que estás bajo mucho estrés por el orfanato y que te retirarás una temporada a la residencia de campo. Noa recibirá una llamada de nuestros abogados. No volverás a verlo.

​Sentí un frío inmenso, pero no era miedo. Era la chispa de la rebelión que Noa había encendido.

​—No voy a ir a ningún lado —dije, y mi voz salió con una fuerza que los sorprendió a todos—. Ya no soy la niña que pueden mandar a un rincón cuando comete un error. Si quieren protegerme, protéjanme aceptando mi decisión. Porque si me obligan a elegir entre este apellido y el hombre que me hace sentir viva, ya saben cuál será mi respuesta.

​—¡Nana, detente! —rugió Kazehaya—. Estás destruyendo todo por lo que hemos trabajado. ¿Qué dirá la prensa? ¿Qué dirán nuestros socios?

​—Digan que finalmente encontré a alguien que no me tiene miedo —respondí, dándoles la espalda—. Digan que el "fénix rosa" ha decidido que su fuego es más importante que su jaula de oro.

​Salí de la mansión sin mirar atrás, ignorando los llamados de Bulma y los gritos de mi padre. Al llegar a la acera, un auto negro ya me esperaba. La ventanilla bajó lentamente, revelando la mirada imperturbable de Noa. Él sabía lo que había pasado; él siempre lo sabía.

​Subí al auto y me refugié en su aroma, en ese espacio donde las expectativas de los Kuruma, Haruhi, Kazehaya, Milk, Bulma y Sora no podían alcanzarme.

​—¿Cómo te sientes? —preguntó Noa, tomando mi mano con esa seguridad que me hacía sentir invencible.

​—Sola —confesé—. Pero por primera vez, es una soledad que he elegido yo. Mi familia me ha repudiado, Noa. Creen que soy una niña perdida.

​—Entonces demostrémosles que están equivocados —susurró él, acercándose para besar mi sien—. Mañana, el mundo verá que no eres una niña perdida, sino la mujer que camina al lado del hombre que controla el tablero.

​Esa noche, de regreso en su departamento, el encuentro fue diferente. No fue la urgencia del descubrimiento, sino la amargura del sacrificio. Me entregué a él con una desesperación nueva, buscando en su cuerpo el hogar que acababa de perder. Cada caricia de Noa era un clavo en el ataúd de mi antigua vida.

​El sexo fue lento, descriptivo en su posesividad. Sus manos recorrieron mi piel como si estuviera tatuando su nombre en cada célula, recordándome que ahora le pertenecía a él y solo a él. Me arqueé bajo su peso, sintiendo el contraste de su madurez con mi juventud, una diferencia de edad que mi familia llamaba pecado pero que yo llamaba destino. Sus labios buscaron los míos con una sed insaciable, y en el calor de ese acto prohibido, enterré los recuerdos de las cenas familiares y los aplausos en los conciertos de mi hermano.




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