Los días que siguieron a la tormenta fueron una agonía de silencio y luces de flash. La mansión de los CEOs Kuruma y Haruhi estaba bajo asedio; los tabloides no daban tregua, titulaban unos. "¿Negocios o Placer?", cuestionaban otros, atacando la integridad de Noa. Mi familia, acostumbrada a la luz inmaculada, se hundía en un pantano de rumores que ni el éxito internacional de Kazehaya ni los libros de Bulma y Sora podían tapar.
Yo vivía recluida en el departamento de Noa, ese mausoleo de lujo que se había convertido en mi único refugio y, a la vez, en mi celda de cristal. Cada noche me derrumbaba. El peso de haber roto con mi sangre, el dolor de la traición de Ana y la culpa por lo que le hice a César se acumulaban en mi pecho como piedras.
—No puedo más, Noa —sollozaba contra su pecho, empapando sus camisas de seda noche tras noche—. Mi madre no me responde las llamadas. Milk me envió un mensaje diciendo que sus contratos de diseño se están cancelando por mi culpa. Los estoy arrastrando a todos al abismo.
Noa me envolvía con sus brazos poderosos, esos que olían a seguridad y a una calma que bordeaba lo gélido.
—Deja que hablen, Nana. Los imperios no se construyen sin que la plebe grite. Tu familia sobrevivirá, y tú renacerás. Quédate conmigo, en la oscuridad, hasta que el fuego se apague.
Vivíamos en una burbuja de intimidad forzada. El sexo entre nosotros se volvió una necesidad vital, una forma de recordarme que seguía viva mientras el mundo afuera pedía mi cabeza. Era descriptivo en su desesperación; él me tomaba con una intensidad que buscaba borrar mis lágrimas, y yo me aferraba a él como si fuera el único ancla en un mar embravecido. Sus manos recorrían mi cuerpo con una propiedad absoluta, reclamando cada rincón que mi familia había repudiado.
Pero entonces, catorce días después del estallido, la televisión se encendió con una noticia de última hora.
César estaba frente a los micrófonos. Se veía demacrado, con ojeras profundas que hablaban de noches de insomnio, pero su voz sonaba firme, ensayada bajo la presión de alguien que lo había perdido todo.
—Quiero aclarar los rumores —dijo César, mirando directamente a la cámara—. Nana y yo ya no estábamos juntos cuando esa foto fue tomada. Habíamos terminado semanas atrás debido a mis propias fallas. Yo la engañé. Yo rompí nuestra promesa mucho antes de que ella buscara consuelo en alguien más. Nana es una mujer increíble, y aunque el cariño persiste, nuestros caminos ya se habían separado. Por favor, dejen de acosarla. Ella no ha hecho nada malo.
Me quedé helada frente a la pantalla. El vaso de agua resbaló de mis manos y se hizo añicos en el suelo. César acababa de mentirle al mundo entero. Se había puesto la soga al cuello, asumiendo la culpa de la infidelidad con Ana para salvar mi reputación. Había convertido mi traición en una "búsqueda de consuelo" legítima.
Las aguas públicas, tan volátiles como siempre, empezaron a calmarse casi de inmediato. El villano ya no era la "niña rica y el magnate", sino el "músico infiel". La presión sobre mi familia disminuyó, y el odio se desvió hacia él.
—¿Por qué lo hizo? —susurré, cayendo de rodillas sobre la alfombra—. ¿Por qué se sacrificó así por mí después de todo lo que nos dijimos?
Noa se acercó y apagó el televisor. Me levantó del suelo y me sentó en sus piernas, acariciando mi cabello.
—Porque sabe que te perdió, Nana. Y porque Ana, en su retorcida forma de amarlo, lo convenció de que esta era la única forma de que tú no lo odiaras para siempre. Es un acto de mártir, un acorde final para una canción que ya no tiene letra.
Esa noche, el ambiente en el departamento cambió. El alivio por el fin del acoso mediático se mezcló con una melancolía amarga. César me había regalado mi libertad a cambio de su propia imagen.
Noa me llevó a la habitación, y esta vez, el encuentro no fue por rabia. Fue una comunión de sombras. Me despojó de la ropa con una lentitud que me hacía temblar. El roce de sus labios en mi espalda, donde antes solo sentía el peso del mundo, ahora se sentía como una bendición oscura. Me entregué a él con una entrega total, sin las sombras de César acechando en las esquinas de mi mente.
El sexo fue fluido, profundo, una danza de dos personas que finalmente no tenían que esconderse de la luz. Sus manos sujetaron mis muñecas sobre el cabecero de la cama, mirándome con esa intensidad de "El Oscuro" que ahora conocía tan bien. Me arqueé bajo su peso, sintiendo cómo el placer me invadía, un placer que sabía a victoria y a pérdida al mismo tiempo. Sus embestidas eran rítmicas, seguras, recordándome que él era el dueño del tablero y que yo era su reina de ébano.
—Ahora eres libre, fénix —me susurró al oído, su aliento cálido enviando escalofríos por mi piel—. El mundo ya no te juzga. Ahora solo tienes que preocuparte por una cosa.
—¿Qué? —pregunté, exhausta y satisfecha en sus brazos.
—Por cómo vamos a lidiar con Ana. Porque ella no se detendrá solo con haberte quitado a César. Ella quiere el trono que ahora compartes conmigo.
Me quedé mirando la oscuridad del techo mientras Noa se dormía a mi lado. César me había salvado de la prensa, pero me había dejado a merced de los dos seres más peligrosos de mi vida: el hombre que me amaba como a una posesión, y la amiga que me odiaba como a una enemiga jurada.
La guerra pública había terminado, pero la guerra privada, la que se libraba en los pasillos de las empresas y en el corazón de mi nueva casa, apenas estaba empezando a arder.
#13352 en Novela romántica
#2598 en Chick lit
amor imposible, vida tiempo y sentimientos, confusión y advertencia
Editado: 03.02.2026