Habían pasado dos años desde que dejé la mansión familiar bajo una lluvia de reproches. Dos años desde que el nombre de Noa y el mío dejaron de ser pasto de los tabloides para convertirse en una de las parejas más poderosas y herméticas de la élite. En este tiempo, mi piel se había vuelto más gruesa y mi mirada más fría. Ya no era la niña que buscaba aprobación; era la mujer que gestionaba tres orfanatos con una eficiencia que incluso mi padre, Kuruma, había tenido que reconocer en silencio.
Pero hoy no era un día de trabajo. Hoy era el decimoquinto aniversario de bodas de mis padres, los CEOs Kuruma y Haruhi. Una celebración que, en el mundo de los negocios, equivalía a una coronación.
—¿Estás lista? —la voz de Noa me sacó de mis pensamientos.
Me miré al espejo una última vez. Llevaba un vestido de seda negro que parecía fundirse con las sombras, diseñado exclusivamente para mí por Milk, quien después de meses de tensión, había sido la primera en tender un puente diplomático conmigo. El escote en la espalda revelaba la piel que Noa reclamaba cada noche, y mis joyas eran mínimas, pero de un valor incalculable.
—Estoy lista —respondí, girándome hacia él.
Noa lucía impecable en su esmoquin. A sus años, la madurez le sentaba como una armadura de autoridad. Seguía siendo mi "Oscuro", el hombre que me había dado un refugio cuando mi mundo se incendiaba. Salimos del departamento y nos dirigimos a la gala. Sabía que entrar de su mano en el salón principal de la familia sería como lanzar una granada en una cristalería.
Al llegar, el murmullo de la orquesta y el tintineo de las copas de cristal inundaron mis sentidos. El salón estaba lleno de la crema y nata de la sociedad. En el centro, mis padres lucían como la viva imagen del éxito. Haruhi, con un vestido plateado que rivalizaba con los diamantes de su cuello, se tensó visiblemente al vernos entrar. Kuruma solo asintió, manteniendo esa máscara de CEO imperturbable.
Caminamos con paso firme. Noa no me soltaba la mano; su contacto era mi ancla. Los primeros en acercarse fueron Bulma y Sora. escritores, siempre observadores, nos saludaron con una cortesía que aún guardaba un rastro de melancolía.
—Nana, te ves... diferente —dijo Bulma, recorriendo mi vestido con la mirada—. Hay una seguridad en ti que casi da miedo.
—He tenido un buen maestro, Bulma —respondí, mirando de reojo a Noa.
—Nos alegramos de que hayas venido —añadió Sora, aunque sus ojos buscaban a alguien detrás de nosotros—. La familia no está completa sin ti, aunque la "completitud" sea algo tensa hoy.
En ese momento, un silencio incómodo empezó a expandirse desde la entrada del salón. Me giré y sentí un escalofrío que no esperaba. Kazehaya, mi hermano cantante, acababa de llegar. A su lado, Milk lucía radiante, pero no eran ellos quienes robaban el aliento a los invitados. Detrás de ellos, invitados por mi hermano en un gesto de "paz" que olía a emboscada, caminaban César y Ana.
César se veía más recuperado, aunque la chispa de rebeldía en sus ojos había sido reemplazada por una especie de resignación mística. Ana, por el contrario, caminaba con una sonrisa triunfal, aferrada al brazo de César como si fuera un trofeo de guerra. Su vestido era de un rojo vibrante, un desafío directo a la sobriedad del resto de la familia.
El encuentro fue inevitable en medio de la pista de baile. Estábamos todos allí: los CEOs, los escritores, el cantante, la diseñadora, y las dos parejas que habían roto el tablero dos años atrás.
—Nana —la voz de mi madre, Haruhi, sonó como un mandato—. Qué bueno que todos pudieron asistir. Es un día para celebrar la permanencia de los lazos.
—Lazos que algunos estiraron más de la cuenta —murmuró Ana, con un tono de voz lo suficientemente alto para que todos lo escucháramos.
Noa se tensó a mi lado, pero yo puse una mano sobre su brazo. Ya no necesitaba que él peleara mis batallas.
—Hola, Ana —dije, sosteniéndole la mirada—. Veo que el rojo te sigue sentando bien. Tan llamativo como siempre.
—Y tú sigues prefiriendo las sombras —respondió ella, mirando a Noa con un desprecio que ya no me hería—. Supongo que es lo que sucede cuando una se acostumbra a vivir oculta.
—No es ocultarse, Ana. Es privacidad —intervino Noa, su voz resonando con una autoridad que hizo que César bajara la mirada—. Algo que tú sacrificaste el día que decidiste que tu vida privada fuera de dominio público.
César dio un paso al frente, tratando de mediar.
—Hola, Nana. Te ves muy bien. Me alegra ver que el orfanato ha prosperado tanto.
—Gracias, César —respondí, y para mi sorpresa, no sentí dolor, solo una vaga nostalgia—. Me alegra ver que has vuelto a componer. He oído tus últimas canciones.
—Ana me ayuda a mantenerme enfocado —dijo él, y por un segundo, vi un destello de duda en sus ojos, una sombra de la libertad que había perdido.
La tensión era tan alta que se podía cortar con el cuchillo del pastel. Mis padres observaban la escena con una mezcla de horror y fascinación. Para la, esto era el mayor drama de su historia, pero para mí, era el cierre de una cuenta pendiente.
—Es una noche hermosa, madre —dije, dirigiéndome a Haruhi—. Felicidades por estos quince años. Espero que los próximos sean tan... interesantes como estos últimos dos.
Noa y yo nos alejamos hacia la terraza, dejando al resto de la familia sumida en sus propios murmullos. El aire exterior estaba fresco y olía a jazmín. Me apoyé en el barandal, sintiendo la mirada de Noa sobre mí.
—Lo hiciste bien, fénix —susurró, abrazándome por la cintura—. Ya no te afectan sus espinas.
—No —dije, cerrando los ojos—. Porque ahora tengo mis propias alas.
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Editado: 03.02.2026