Navis y el obelisco de oro (saga Navis 3)

Rivales

Abrió un ojo. El sol se asomaba bofamente sobre las cortinas de la habitación. Se irguió lentamente mientras que el sueño se esfumaba poco a poco. Lo primero que se encontró fue al gato durmiendo en sus piernas. Lo hizo a un lado. Se suponía que Merry había hecho una camita especial para Piedrita, pero a Piedrita pareció no agradarle el regalo y se trepó a la cama para dormir.

Todo un rebelde como su dueño. Hizo bien en nombrarlo así, porque Piedrita dormía tan profundamente —como una piedra, por así decirlo— y no había persona que pudiera despertarlo, a no ser que una lata de comida sonara a lo lejos.

«Pequeño perezoso», le dijo al gato mientras lo ponía en la camita. Después buscó en su armario el uniforme. El campeonato magno no comenzaría hasta el medio día, por lo que decidió entrenar un poco con sus cuchillos y cazar algo para recuperar fuerzas y no abusar de la sangre de hruchee. Buscó entre sus pertenencias un viejo cofre guardaba parte de sus municiones “prohibidas” y metió el frasco de algunas cápsulas de belladona a su mochila. Tomó el estuche, y salió por la puerta trasera para adentrarse de nuevo en la faldas del bosque de Nefroria.

—¿A dónde vas, seis?

Murdock lo había seguido en secreto. Navis ocultó el estuche detrás de su espalda. Cosa inútil, porque Murdock ya lo había visto. Genial, ¿ahora qué quería?

—¿Qué haces aquí?

—Lo mismo pregunto, seis. ¿Qué tanto ocultas? ¿Por qué vienes al Bosque tan temprano? ¿Qué hay en ese pequeño maletín?

—Cosas que no son de tu incumbencia —contestó.

Murdock dio unos pasos y forcejearon por quedarse con el estuche.

—¡Suéltalo! ¡Es mío!

—¡Sólo déjame ver que hay adentro! No seas tacaño…

No pudo terminar porque una patada lo dejó en el suelo, y Navis salió corriendo de allí antes de que la furia de Murdock cayera sobre él. Murdock lo había llamado tacaño. Como si él no lo fuera. Saltó algunas rocas que estaban por el camino y se desvió a un costado para perderlo de vista.

Ahora no podía entrenar a gusto y tendría que volver a casa. Era mejor, así Murdock lo estaría buscando como loco durante varias horas. Esperó unos minutos para comprobar que Murdock no estaba cerca. Una aleteo cercano lo hizo voltear. Era Whimsy.

—¿Qué hace aquí, jovencito?  —graznó.

—Huyendo de Murdock.

—¡Ja! A mí mi amo me ha mandado a cuidar de ese bribón. Si por mí fuera, desobedecería esa orden.

—Tengo una pregunta, Whismy.

—Adelante.

—¿Murdock siempre ha sido así de fastidioso?

—¡Oh! Claro que sí, aunque tiene cierta empatía con los demás.

—¿En serio? —no lo podía creer. Parecía imposible.

—Sí, pero es un poco difícil. Cuando tenía a su madre, era muy dulce con ella, pero con los demás se portaba tal y como es. Sólo tiene dos amigos…

—Lymph y Mark, ¿cierto?

—Esos mismos. Lymph es un poco simpática, y Mark es demasiado listo. Casi iguales que él, pero si estuvieran los tres juntos, Murdock resaltaría más.

Casi como Aegan con Nabilia y Hans. Se le ocurrió una idea. Si él estaba tratando a Nabilia, ¿por qué no ocupar ese mismo método con él? Se levantó de su escondite y se sacudió la nieve de encima.

—¿A dónde vas?

—¿Sabes a qué ha venido aquí, Whimsy?

—¿Murdock? —convulsionó un poco—. Le ha pedido a mi amo salir al bosque, creo que viene armado.

—¿Armado?

—Quiere cazar antes de que empiece el campeonato.

Hizo bien en traer consigo el estuche de cuchillos. Sacó uno, y los demás los ocultó en los bolsillos interiores del abrigo.

—¿Qué piensas hacer con eso? —graznó.

—Cazar —contestó.

Caminó unos cuantos metros. Rastreó algunas huellas de animales en el bosque, hasta que encontró a un conejo. Se escondió detrás de un arbusto, sin hacer ruido. Una rama crujió a lo lejos. Asomó la cabeza. Murdock había rastreado al mismo conejo, pero en un descuido rompió una rama. Chistó.

—Ni lo pienses, yo lo vi primero —lo dijo en voz baja.

El conejito detectó el peligro y comenzó a correr cuando el sonido de la  primera daga resonó en el aire, seguida de otra que la desvió de su trayectoria.

—¡Oye! ¡Lo has asustado, seis!

—Era mío, yo lo vi primero —fue a recoger su cuchillo—. Así que yo debo de darle caza, consíguete el tuyo.

—Tú no necesitas sangre, seis. El viejo sí.

—¿Crees que no la ocupo? —hizo un pequeño malabar con el cuchillo en mano—. Hoy tendré un día demasiado agitado. El campeonato será muy pesado este año, y lo mínimo que necesito es tener la suficiente fuerza para poder pasar a las finales sin salir herido.

—¿Y desde cuando sabes arrojar cuchillos, seis?

—Desde que te empeñaste en apuñalarme. Si no ibas a enseñarme a arrojarlos, yo buscaría por otro lado. Siempre obtengo lo que quiero, ¿sabes? —se alejó un poco en busca de más presas.




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