Necesito que me ames

Capítulo 4

Lily

Masajeo mi cuello deseando quitarme los zapatos y masajear los pies. No sé como aguanto usar tacones por tantas horas seis veces a la semana. Son horribles.

Madison me entrega el cheque del pago de la quincena más el sobre de la propina de esta noche diciendo que dejé encantada a los dos hombres, alias adonis, con mi atención porque dejaron una generosa propina de quinientos dólares australianos. Ruby casi se cae al piso al saberlo y eso que lo dije que el castaño me propuso matrimonio.

No me tomé en serio su propuesta. No es nada más que otro hombre con dinero que quiere lo que no puede tener y piensa que todas las mujeres caen rendidas a sus pies.

Puede que haya apostado con el amigo que yo diría que sí. Y son cosas que pueden pasar. Si dos tontos sin cerebros pudieron apostar quien me llevaría a la cama, él y su amigo pueden apostar a que yo diré que sí ilusionada con que alguien como él puede fijarse en mí.

Ya me cansé de esa clase de hombres.

Guardo todo en mi bolso y busco a mi hermana en la parte trasera, por suerte está despierta, aunque por su cara deduzco que despertó hace poco.

—¿Ya nos vamos, Lily?

—Sí, ya podemos ir a casa.

Ella se levanta del sofá, la ayudo a guardar sus cosas en la mochila y en cuanto me cambio de ropa, salimos juntas. 

—Oh no, olvidé mi muñeca—suelta mi mano—. Ahora vuelvo, no puedo dejarla.

—¡Apúrate o perderemos el bus!

Saco mi celular, leo el mensaje de la señora Hanson diciendo que Caleb no dio problemas y está dormido. Respondo que pronto llegaré.

Aparte del mensaje de la señora Hanson, no tengo de nadie más. No conozco a nadie fuera del restaurante y las pocas personas que conocí se alejaron cuando vieron que no tenía tiempo para dedicarles.

—Buenas noches, Lily. —dice una voz a mis espaldas.

Volteo y abro los ojos con demasía. No puede ser.  

—Usted de nuevo. ¿Acaso es un acosador? Es lo único que me falta en esta vida. Y aunque muchas desean tener uno, sobretodo uno guapo, yo no. Váyase o llamaré a la policía y le diré que quiso violarme.

Me cruzo de brazos. Él ríe negando con la cabeza.

—No estoy seguro si es broma o le falta un tornillo.

—Unos cuanto diría yo.  

—Por suerte, eso no me importa. Necesito que hablemos. Mi propuesta es seria y decente—enarco una ceja—. Lo es. No le voy a pagar para acostarse conmigo, sino… ¿Podemos ir a algún lugar a hablar? 

—No puedo. Estoy ocupada y tengo responsabilidades. Ya le dije que no me interesa lo que tenga decir.

—Solo escúchame, nada más.

—No lo entiende, no me interesa y aunque me interesara, no puedo porque tengo a una niña de seis años a cargo mío y un bebé esperando en mi casa, así que váyase por donde vino y no moleste.

Contrae la mirada.

—¿Tienes dos hijos? ¿En serio inventarás esa excusa? La de la asesina serial era mejor.

—¿Me estás diciendo mentirosa?

En ese momento aparece Amaris con su muñeca, se detiene frente a nosotros y mira al desconocido con el ceño fruncido.

—¿Y este quién es? —dice—. No me digas que es otro pesado que quiere salir contigo—mira al desconocido—. Ella no está interesada, así que no moleste o se las verá conmigo, señor.

Ahogo una carcajada. Amaris es muy protectora y me ha visto rechazar a algún que otro hombre trabajando en el restaurante.

El adonis la mira con una ceja levantada.

—¿Tú crees que puedes conmigo, pequeña?

—Pruébame y luego me dices.

El desconocido sonríe.

—Bien, ya veo que no me has mentido esa parte—levanta la mirada—. Tiene carácter, salió a ti—pongo los ojos en blanco—. La propuesta sigue en pie, y que tengas una pequeña es mejor todavía. Mi abuelo ama a los niños… ¿Dijiste que tienes un bebé?

—Sí, de diez meses.

—¿Qué onda con este trajeado, Lily? —cuestiona Amaris girándose hacia mí.

—No es nadie. Vámonos antes de que perdamos el bus—le hago una mueca—. No me interesa. Buenas noches.

Él nos intercepta.

—Yo las llevo. Mi auto está ahí no más—señala el vehículo negro—. Hablamos en el camino.

—¿Supones que nos vamos a subir al vehículo de un extraño?

—Si aceptas mi propuesta, seré tu futuro esposo.

—Y dale con ese disco. Cambia la canción.

Él ríe.

—Dime que canción te gusta. ¿Prefieres una romántica o algo más movido? El reggaetón, trap y ese ruido que dicen que es música no va conmigo—abro la boca y la cierro porque él sigue hablando—. Hablamos, me escuchas y listo.

—No vamos a ir en tu auto y punto final.




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