Necesito un conejito

Necesito un conejito

El sonido del reloj era el protagonista en esas cuatro paredes, cada "Tic Tac" le ayudaba a calmar su furia que en ese momento estaba más que presente. Su mano comenzaba a arder de tantas veces que se clavaba las uñas para poder centrarse en el dolor y no en las voces externas.

En la mesa habían reglas y una de ellas era no ponerse de pie hasta que el padre de la familia probara el último bocado del delicioso manjar que su fatigada esposa había elaborado con sudor y lagrimas. Quizás nadie lo notaba o fingían desinterés para naturalizar aquel estado de esclavitud, pero eso no funcionaba con Hugo. Cómo olvidar aquellos intentos por convencer a su madre de escapar de las garras de su padre, lo cierto es que había agotado cada recurso y truco que guardaba debajo de la manga de su abrigo que ya no cumplía su función: abrigar. No recordaba cuando había sido la ultima vez que tuvo una prenda de vestir nueva, solo tenía algo si hacía un favor a cambio y eso requería acudir a las garras de su padre.

Su padre...

En temporada de caza los dos Jóvenes Morales debian competir para atrapar algún ser vivo digno de presumir en la mesa de los Domingos, cuando la familia se juntaba para presumir cosas innecesarias y jactarse de lujos que les daría ecases a fin de mes "hipócritas" decía Hugo.

De igual manera todos sabían que ganaria su hermano mayor, Jeremías. La prioridad de Hugo no era compartir algo suyo con personas que lo menospreciaban y solo aumentaban su odio hacia cualquier individuo. Su pecho se llenaba de orgullo cuando en sus manos yacia un lindo conejito que podía inspeccionar, ya que a él le gustaba investigar el funcionamento del cuerpo. Su sensación de gozo nacía cuando se daba cuenta que "todos somos débiles en algún punto", incluso esas personas que lo llamaban debilucho por no poder cazar algo similar a un jabalí como su perfecto hermano.

El odio de Hugo se incrementaba con el pasar del tiempo. Algunas veces iba a la cocina a observar como su madre cocinaba sin rechistar, incluso si ella no había dormido bien por terminar las labores de su casa o por haber pasado una noche quejándose mientras se curaba cada golpe y corte que su padre le proporcionaba por desobedecer.

A la señora Fabiana se le erizaba la piel y podía sentir como los vellos de su nuca se ponían de punta. Ya conocía esa sensacion de inquietud y se manifestaba cuando su hijo hacía acto de presencia en los rincones de su cocina. Pero no siempre había sido así, ella solía sumergirse en sus pensamientos cuando cocinaba e incluso cuando recibía daño físico y verbal de su esposo, ahí recordaba aquellos momentos en donde sus niños se comportaban acorde a su edad. Recordaba esos años como si fueran su tesoro más preciado pero, ¿cuándo cambió todo? Quizá fue ella y el entorno que le rodeaba los culpables de hacer crecer aquella sombra que rodeaba a su hijo.

Se atrevió a alzar su vista por primera vez después de tanto tiempo, encontrándose con la tétrica mirada de su hijo y toma una bocanada de aire para hablar, aunque esta vez fue interrumpida por una voz masculina.

—¿No estás cansada de vivir asi?— la voz de su hijo se mantenía serena pero, por alguna razón, percibió algo de rabia contenida, como si hablara entre dientes.

Sus palabras quedaron prisioneras en su boca al ver más detenidamente a la persona que tenía frente a ella, ¿En qué momento su hijo cambió tanto? Ahora era la viva imagen de su padre.

Por otro lado, la rabia del joven Hugo incrementaba cada vez más al ver lo sumisa que era su madre. Él antes la veía como su mayor tesoro, una mujer fuerte y llena de sueños... Ahora era alguien cabizbaja que solo obedecía órdenes y aceptaba su destino: ser golpeada por su padre. Se parecía a aquel conejo que él había entrenado para que le obedeciera, al que al final lo había diseccionado como a todos los demás.

Necesitaba otro lindo conejo.

Miró a su madre, aquella que parecía verse tan delicada como aquellos conejos y una idea se le cruzó por su mente, más no la dijo en voz alta.

—¿Te gustan los conejos?— una sonrisa retorcida nació en sus labios y procedió a irse.

Ahora en la cocina estaba ella, y el sonido del agua correr hasta mojar los platos. No sabía en qué momento había contenido el aire pero lo soltó de un tirón.

—Me gustan los conejos, hijo— murmuró.

Recordaba a su pequeña hija y sus gustos por los conejos, ella le había comprado uno antes de fallecer. Cuando su niña dejó este basto mundo, su esposo le encargó a Hugo que lo matara y eso hizo.

Resopló.

Por su parte, Hugo nuevamente estaba en aquella batalla de cacería en la cual no participaba. Al menos no a su manera. Estaba buscando algún conejo el cual encontró detrás de unos arbustos, lo sabía muy bien por el movimiento que las hojas hacían.

—Apunta con el arma...—susurra.

Tenía el rifle apuntando hacia aquel rincón, solo era cuestión de tener la precisión exacta para darle al blanco.

Uno.

Dos.

Tres.

—Adios, conejito.

Esperaba algún chillido agudo de aquel animal pero no fue así. Lo único que escuchó fue un sollozo y seguido a eso un estruendo de algo cayendo contra el suelo. Intrigado, dió unos pasos hasta descubrir aquellas hojas y lo que encontró no fue un animal.

—¿Pero qué?...— se quedó a mitad de la frase al ver a una niña de cabello rubio sufriendo en el suelo.

Inmediatamente el pánico se apoderó de él y miró hacia todos lados pero no había nadie, eso era una buena señal. Comenzó a agitarse y un pitido resonó dentro de él, callando todos sus pensamientos y desorientando un poco sus sentidos.

¿Qué podía hacer?

Su orbes se clavaron en ella y en ese instante una sonrisa torcida nació en sus labios ante la idea de tener a alguien más débil en sus manos, alguien que no lo iba a menospreciar y que iba a obedecer y ceder como lo hacía su madre con su padre. Nadie iba a atraparlo y su padre no iba a castigarlo, él tenía el control.




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