Acelero mis pasos lo más que puedo; aunque sé que es imposible escapar. Debo aceptarlo: es mi destino el que me persigue. Siento los latidos de mi corazón en el oído y mi garganta se seca, impidiéndome respirar. Al llegar al arroyo, mi pie izquierdo resbala en una piedra verde, perdiendo el equilibrio. Intento no darle importancia y seguir huyendo, pero las piedras parecen mis enemigas: al tercer paso, caigo con fuerza sobre el agua, ensuciando mi hermoso atuendo y doblándome el tobillo.
Escucho esos pasos pesados detrás de mí. Mi pecho se oprime y un escalofrío me recorre la columna.
—No puedes seguir huyendo de mí —amenaza él con ese tono tan malévolo.
—Por favor...
—No. No soy amable.
—¡Basta! —grita mamá, captando nuestra atención al instante—. Dejen de jugar esos tontos juegos infantiles; ya son grandes.
Escucho a Mario soltar un suspiro aburrido; río bajo al imaginarme la expresión de su rostro.
—¡Gleydi, ve a tus entrenamientos! —ordena mamá antes de cerrar con fuerza la puerta principal.
Volteo los ojos, cansada de lo mismo. No me dejan divertirme a mi manera. Mario me extiende una mano para ayudarme a levantarme del césped.
—Vamos, ya debes irte —pronuncia con tono burlesco.
—Seguir órdenes es agotador —confieso.
—Lo sé. Tú a tus entrenamientos y yo a estudiar matemáticas —dice con pesadez.
—Vamos, chico matemático —bromeo.
—Adiós, chica nadadora —ataca. Me carcajeo divertida por su defensa.
—Corrección: chica diseñadora —le digo seriamente, señalándolo con el índice. Nos miramos por unos segundos y estallamos en risas.
—Como digas.
—¡Gleydi! —el grito de mamá resuena de nuevo.
Suspiro y me acerco a Mario para abrazarlo con la fuerza de siempre. Él me corresponde igual.
Sin saber lo que se aproximaba.
Me separo y le doy un beso en la mejilla. Sus ojos se abren con asombro al sentir mis labios en su piel. Le sonrío antes de salir corriendo hacia la casa.
O tal vez ya lo veía venir.
Al cerrar esa puerta, todo quedó atrás: mis tardes en el jardín, mis carcajadas ruidosas y lo que más amaba: mi único amigo, Mario. Jamás pensé que esa misma tarde nos mudaríamos. Debí suponerlo; mi hermana es una ganadora y siempre se le dificultaba el transporte a sus competencias.
Aunque me hubiese gustado despedirme de él.