Nefelibata en Kairos

Capítulo uno

Acelero mis pasos lo más que puedo; aunque que es imposible escapar. Debo aceptarlo: es mi destino el que me persigue. Siento los latidos de mi corazón en el oído y mi garganta se seca, impidiéndome respirar. Al llegar al arroyo, mi pie izquierdo resbala en una piedra verde, perdiendo el equilibrio. Intento no darle importancia y seguir huyendo, pero las piedras parecen mis enemigas: al tercer paso, caigo con fuerza sobre el agua, ensuciando mi hermoso atuendo y doblándome el tobillo.

​Escucho esos pasos pesados detrás de mí. Mi pecho se oprime y un escalofrío me recorre la columna.

​—No puedes seguir huyendo de mí —amenaza él con ese tono tan malévolo.

​—Por favor...

​—No. No soy amable.

​—¡Basta! —grita mamá, captando nuestra atención al instante—. Dejen de jugar esos tontos juegos infantiles; ya son grandes.

​Escucho a Mario soltar un suspiro aburrido; río bajo al imaginarme la expresión de su rostro.

​—¡Gleydi, ve a tus entrenamientos! —ordena mamá antes de cerrar con fuerza la puerta principal.

​Volteo los ojos, cansada de lo mismo. No me dejan divertirme a mi manera. Mario me extiende una mano para ayudarme a levantarme del césped.

​—Vamos, ya debes irte —pronuncia con tono burlesco.

​—Seguir órdenes es agotador —confieso.

​—Lo sé. Tú a tus entrenamientos y yo a estudiar matemáticas —dice con pesadez.

​—Vamos, chico matemático —bromeo.

​—Adiós, chica nadadora —ataca. Me carcajeo divertida por su defensa.

​—Corrección: chica diseñadora —le digo seriamente, señalándolo con el índice. Nos miramos por unos segundos y estallamos en risas.

​—Como digas.

​—¡Gleydi! —el grito de mamá resuena de nuevo.

​Suspiro y me acerco a Mario para abrazarlo con la fuerza de siempre. Él me corresponde igual.

​Sin saber lo que se aproximaba.

​Me separo y le doy un beso en la mejilla. Sus ojos se abren con asombro al sentir mis labios en su piel. Le sonrío antes de salir corriendo hacia la casa.

​O tal vez ya lo veía venir.

​Al cerrar esa puerta, todo quedó atrás: mis tardes en el jardín, mis carcajadas ruidosas y lo que más amaba: mi único amigo, Mario. Jamás pensé que esa misma tarde nos mudaríamos. Debí suponerlo; mi hermana es una ganadora y siempre se le dificultaba el transporte a sus competencias.

​Aunque me hubiese gustado despedirme de él.




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