El auditorio se encontraba en completo silencio. Los representantes de las naciones, científicos, académicos y periodistas estaban paralizados, incapaces de apartar la vista de Renwick, quien presionó un botón en el control. Inmediatamente, en la pantalla vieron como la esfera de acero que colgaba detrás de él se comenzó a mover.
Un suave zumbido inundó el aire mientras la esfera se abría lentamente, revelando en su interior una estructura compleja y mecánica. Del centro de la esfera, una neblina fina, casi imperceptible, comenzó a esparcirse. No tenía un color definido. Parecía más una ilusión que una amenaza real. Sin embargo, aquellos que conocían a Renwick sabían que nada en sus experimentos era inocente.
—Lo que están viendo ahora —continuó Thomas con una sonrisa— es el resultado de décadas de investigación. Esta sustancia, que ahora está dispersándose, contiene agentes modificadores genéticos. Se trata de un compuesto diseñado para interactuar con el ADN de forma precisa, editando nuestras células y eliminando las predisposiciones a enfermedades devastadoras como el cáncer y la diabetes.
El aire se volvía más tenso. Renwick, sin prisa, presionó otro botón en su control remoto. Las luces del auditorio se atenuaron y la pantalla gigante detrás de él se iluminó con imágenes de alta resolución. Aparecieron múltiples tomas de cámaras instaladas en un lugar misterioso, donde se veían andamios metálicos, macetas con plantas, contenedores de acero alineados a lo largo de lo que parecía un laboratorio subterráneo.
—Lo que están viendo ahora —Renwick señaló la pantalla— son imágenes en tiempo real de las cámaras profundas de la bóveda del fin del mundo, ubicadas en el remoto archipiélago de Svalbard, en Noruega.
El susurro entre los presentes fue inevitable. El famoso Svalbard Global Seed Vault, conocido por albergar las semillas del mundo en caso de una catástrofe global, ahora parecía tener otro propósito, mucho más oscuro. Las imágenes mostraban un paisaje inquietante, donde las plantas dentro de la bóveda estaban sometidas a una transformación antinatural.
Renwick hizo una pausa, disfrutando del impacto de sus palabras antes de continuar:
—Dentro de estas bóvedas, hemos dado inicio a la fase experimental del cambio genético. Lo que ven ahora son los primeros resultados de nuestra intervención.
La pantalla mostró tomas de plantas que, bajo la influencia del gas liberado, parecían marchitarse en cuestión de segundos. Sus hojas, verdes y llenas de vida, se tornaban marrones, quebradizas, hasta caer en pedazos. Pero lo más sorprendente ocurrió segundos después. Otras plantas, cercanas a las marchitas, comenzaron a crecer con una velocidad aterradora, extendiendo ramas y hojas con un vigor que desafía las leyes de la naturaleza.
—Hemos creado una serie de modificaciones genéticas que aceleran el ciclo de vida de los organismos —explicó Renwick con frialdad científica—. Estas plantas son solo el principio. La evolución que hemos comenzado en las cámaras de Svalbard no se limitará a simples vegetales. Los mismos principios que aplicamos aquí podrán aplicarse a la humanidad.
Zenhya, observando todo desde la pantalla de su celular en la pequeña cafetería, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. El rostro de Renwick en la pantalla parecía poseer una seguridad inquebrantable, como si ya estuviera seguro de su éxito. El gas, el mismo que ahora modificaba a las plantas en el laboratorio, eventualmente se dirigiría hacia las especies más complejas: los animales y, finalmente, los humanos.
—Este gas que acabo de liberar no es un veneno —Renwick aclaró, como si leyera la mente de los escépticos en la audiencia—. Es una herramienta de cambio. El Nephilim, como he decidido llamarlo, tiene el poder de reconfigurar los genes de forma selectiva, fortaleciendo los organismos que merecen prosperar y erradicando aquellos que ya no son necesarios para la supervivencia de la especie.
La palabra "Nephilim" resonaba de nuevo, y el eco en el auditorio era palpable. Los Nephilim, figuras míticas de antiguos textos religiosos, mitad humanos, mitad ángeles. Renwick no había elegido ese nombre por casualidad. Estaba insinuando una nueva raza de seres, una humanidad más fuerte, más adaptada, más "perfecta".
—Lo que presencian hoy —dijo Renwick, casi en un susurro, pero con la certeza de que cada palabra resonaría en los corazones de los presentes— es el comienzo de un nuevo mundo. Uno en el que las enfermedades genéticas ya no serán una condena, sino un problema del pasado. Uno en el que la evolución será controlada, dirigida... perfeccionada.