Nefi

IV

Las imágenes de las plantas en Svalbard seguían proyectándose en la pantalla, y Renwick concluyó su presentación con una sonrisa gélida:

—Señoras y señores, el futuro ya está aquí. Nephilim no es una teoría. Es una realidad. Y hoy, ante sus ojos, ha comenzado el primer paso hacia una nueva era.

El auditorio de la ONU estaba sumido en un silencio incómodo. Las palabras de Thomas Renwick resonaban aún en las mentes de todos los presentes, pero una sensación de malestar comenzaba a filtrarse entre los asistentes. Algunos susurraban entre ellos, mientras otros permanecían inmóviles, con los ojos fijos en la pantalla que mostraba las cámaras de Svalbard.

En la parte trasera de la sala, Emma Karlsson, una secretaria de alto rango, fruncía el ceño mientras tomaba notas. Algo en la presentación de Renwick le había despertado una inquietud, un presentimiento que no podía ignorar. Sabía que cualquier procedimiento en la bóveda de Svalbard, especialmente relacionado con manipulaciones genéticas, estaba estrictamente controlado. No había habido ningún permiso para una intervención de esa magnitud. Sentía que algo estaba terriblemente mal.

Emma se levantó rápidamente de su asiento y se dirigió hacia una pequeña sala adjunta, donde el equipo técnico supervisaba las comunicaciones y las transmisiones en directo.

—Necesito que contacten inmediatamente con las instalaciones en Svalbard —dijo, con una mezcla de urgencia y autoridad en su voz.

Uno de los técnicos, un hombre de unos cuarenta años con auriculares y gafas gruesas, asintió rápidamente y comenzó a marcar el número de contacto del centro de monitoreo en Svalbard.

El teléfono sonó varias veces, llenando la pequeña sala con el eco vacío de la espera. Emma observaba impaciente, sus dedos tamborileando sobre el respaldo de una silla. cuando el técnico colgó, negó con la cabeza.

—No contestan.

Emma frunció el ceño. Intentó no dejarse llevar por la ansiedad que crecía en su pecho.

—Vuelve a intentarlo —ordenó, esta vez con más firmeza.

El técnico obedeció, y de nuevo el teléfono sonó, y sonó... hasta que la llamada se cortó sin respuesta. Emma apretó los labios. Aquello no era normal.

—Intenta hacerles una videollamada —sugirió otra técnica que observaba la situación desde la esquina de la sala.

El técnico asintió y configuró rápidamente la conexión por videollamada. Todos esperaban que al menos la cámara del centro en Svalbard mostrara alguna señal de vida. La pantalla frente a ellos parpadeó, y las imágenes comenzaron a cargar, mostrando el interior del complejo subterráneo.

Al principio, no había nada inusual. Las cámaras mostraban los largos pasillos, las estanterías llenas de muestras de semillas, las complejas instalaciones científicas. Pero había algo que faltaba. Emma lo notó al instante.

—¿Dónde está el personal? —preguntó, su tono más afilado que antes.

El técnico comenzó a cambiar de cámara, mostrando diferentes ángulos del lugar. Cada una de las imágenes revelaba lo mismo: instalaciones completamente vacías. No se veía a ningún científico, guardia o técnico. Era como si el lugar hubiera sido abandonado de repente, sin explicación.

—Esto no está bien —susurró Emma, sintiendo cómo el frío corría por su espalda.

La pantalla mostraba una vista de uno de los laboratorios principales, donde deberían haber estado trabajando los científicos. Pero no había nadie. Solo quedaban las máquinas, las luces de los monitores parpadeando, y el sonido lejano de la refrigeración del lugar. La neblina que Renwick había mencionado ya se veía en algunos de los cuartos, cubriendo algunas de las estanterías, y Emma supo que eso solo podía significar una cosa: el experimento ya había comenzado.

—¿Alguna señal de ellos? —preguntó Emma, mirando al técnico con impaciencia.

—Nada. No hay actividad humana en ninguna de las cámaras —respondió, con el rostro empalidecido.

Emma no perdió el tiempo. Cogió su teléfono móvil y marcó directamente al director de seguridad de la ONU. Mientras esperaba a que la llamada conectara, sentía cómo la ansiedad se convertía en una sensación tangible de peligro.

—¡Vamos! —murmuró para sí misma mientras el tono seguía sonando.

Finalmente, la llamada fue respondida.

—Aquí Karlsson, desde el auditorio de la ONU —dijo rápidamente—. Tenemos una situación con Svalbard. No hay respuesta por parte del equipo, y las cámaras muestran el complejo vacío. Necesito que se envíe una intervención inmediatamente. Algo está pasando allí y Renwick no nos lo ha contado todo.

Al otro lado de la línea, el director de seguridad escuchaba con atención. Emma podía oír el sonido de teclas al otro lado, como si ya estuvieran moviendo fichas.

—Entendido, Emma. Enviaremos un equipo de respuesta lo antes posible. Mantente al tanto de cualquier novedad —respondió el director antes de cortar la comunicación.

Emma volvió su atención a la pantalla, donde las imágenes de las cámaras continuaban proyectándose. Algo no encajaba. Había algo más grande detrás de lo que Renwick había mostrado, algo mucho más oscuro que un simple experimento genético.



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En el texto hay: eugenesia, conspiracion, mormon

Editado: 04.03.2026

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