Thomas Renwick caminaba entre dos guardias uniformados, cada paso que daba resonando en el frío mármol del edificio de la ONU. El eco era el único sonido que rompía el silencio, acompañando su respiración lenta y controlada. Estaba esposado, pero su porte era altivo. A pesar de la situación, no parecía un hombre derrotado. Su mirada estaba fija en algún punto del horizonte, como si en su mente ya hubiera superado el presente.
Al girar una esquina, las puertas de acero de la sala de interrogatorio se desplegaron ante él. Dos escoltas más lo esperaban, con las manos firmemente posadas sobre sus armas, aunque Renwick no representaba un riesgo físico. Era su mente lo que los aterraba.
Uno de los guardias lo empujó ligeramente hacia adelante.
—Adelante. Ya lo están esperando.
Thomas esbozó una sonrisa breve y sardónica antes de entrar.
La sala era austera, con paredes grises y una mesa de metal en el centro. Dos sillas enfrentadas eran la única indicación de que allí se realizaría un interrogatorio, o más bien, una confrontación de ideas. Frente a él, sentado, estaba el jefe de seguridad de la ONU, un hombre corpulento con expresión de acero, acostumbrado a tratar con criminales de guerra y terroristas. Pero había algo en la presencia de Thomas que lo incomodaba profundamente.
El oficial no lo miraba como a un criminal común; lo miraba con una mezcla de temor y desconcierto. Renwick había hecho lo impensable.
—Siéntese, —ordenó el jefe de seguridad, señalando la silla frente a él.
Thomas se sentó con calma, sus ojos recorriendo lentamente la habitación. A pesar de estar esposado, no parecía preocupado en lo más mínimo. Más bien, se veía satisfecho, como si ya hubiera ganado una batalla invisible.
—Thomas Renwick —empezó el oficial—, ¿sabe por qué está aquí?
Thomas inclinó la cabeza hacia un lado, como si reflexionara antes de responder.
—Sé perfectamente por qué estoy aquí, comandante Holden —respondió con una voz suave y controlada—. Aunque, me temo que usted no comprende por completo la magnitud de lo que acaba de ocurrir.
Holden apretó la mandíbula.
—Usted liberó un gas experimental en las cámaras de Svalbard. —El oficial golpeó la mesa con la palma de la mano—. ¡Ese lugar es el resguardo de la humanidad! ¿Cómo se atreve a poner en riesgo la seguridad de todos los seres vivos?
Renwick lo observó durante unos segundos antes de hablar, como si disfrutara del suspenso.
—Lo que usted llama “riesgo”, comandante, yo lo llamo “evolución”. —Sonrió, pero no había calidez en su expresión—. Los humanos hemos frenado la selección natural durante siglos. Enfermedades que debían erradicarnos han sido combatidas, mutaciones corregidas, y ahora, simplemente… estoy permitiendo que la naturaleza vuelva a tomar el control.
—¿Cómo se atreve? —interrumpió Holden, su voz subiendo de tono—. ¡Esto no es un experimento! ¡Estamos hablando de vidas humanas!
Thomas cruzó sus manos sobre la mesa, los grilletes tintineando ligeramente.
—Exacto, comandante. Vidas humanas que, de no ser por mi intervención, estarían destinadas a un ciclo eterno de sufrimiento. Cáncer, diabetes, enfermedades degenerativas… todos esos males que nos han atormentado. Y yo he encontrado la forma de eliminarlos. Pero, como toda evolución, algunos no sobrevivirán al proceso. Solo los más fuertes, los más adaptados, prosperarán.
Holden lo miró con una mezcla de furia y repulsión.
—¿Cuántos morirán, Renwick? —preguntó, su voz apenas controlada—. ¿Cuántas personas morirán antes de que termine su maldito “experimento”?
—Eso es irrelevante —respondió Thomas con una frialdad glacial—. El mundo cambiará, y cuando el polvo se asiente, aquellos que sobrevivan serán más fuertes, más saludables. Lo que hice fue dar un empujón necesario. La evolución no espera a los débiles.
El silencio que siguió fue denso, cargado de tensión. Holden lo miraba como si estuviera frente a un monstruo, incapaz de comprender cómo un ser humano podía hablar con tanta indiferencia sobre la vida y la muerte.
—Usted está loco —murmuró finalmente el oficial—. Vamos a detener esto. Ya hemos enviado equipos a Svalbard. Sellaremos las bóvedas. Neutralizaremos el gas.
Por primera vez, Thomas rió. Una risa suave, pero llena de desdén.
—Sellar las bóvedas... —repitió con ironía—. Qué pensamiento tan primitivo. —Sus ojos brillaron de una manera perturbadora—. ¿Acaso cree que lo que ha sucedido en Svalbard fue un error de cálculo? ¿Que podrán revertirlo?
Holden lo miró, ahora con una sensación de inquietud que se arrastraba por su espalda.
—El proyecto Nefi ya ha comenzado, comandante. No solo en Svalbard, sino en todo el mundo. —Thomas se inclinó hacia adelante, sus ojos fijos en Holden—. Mientras hablamos, las esferas se han activado en diferentes puntos del planeta. El cambio está en marcha. La selección natural está retomando su curso… y no hay nada que puedan hacer para detenerlo.
Holden sintió un frío recorrerle la columna vertebral. Todo lo que había escuchado era una pesadilla hecha realidad. ¿Podría ser cierto? ¿Ya era demasiado tarde?