Sala de interrogatorios, sede de la ONU, Nueva York.
Las luces fluorescentes titilaban levemente, proyectando sombras fantasmales en las paredes de cemento frío. En el centro de la habitación, sentado tranquilamente en una silla de acero, estaba Thomas Renwick, su expresión impasible. A su alrededor, varios agentes de seguridad y funcionarios de alto nivel observaban desde detrás de un vidrio blindado. La tensión en el aire era palpable, un silencio solo roto por el zumbido bajo de la ventilación.
Renwick no se parecía al hombre desquiciado que acababa de iniciar un cataclismo global. No había señales de pánico en su semblante, ni rastro de arrepentimiento. Mantenía sus manos entrelazadas sobre la mesa, relajado, como si fuera un simple observador más de la situación.
Al otro lado del vidrio, la sala de control estaba a punto de explotar en una tormenta de emociones.
—No hemos sacado nada de él en horas —gruñó Alexander Norvik, un oficial de seguridad de la ONU de mirada dura—. ¿Cuánto más vamos a esperar? La gente puede está muriendo.
Marie Dufresne observaba la escena con la mandíbula tensa, su paciencia colgando de un hilo. Habían pasado 6 horas desde que las esferas del Proyecto Nefi fueron activadas. Ya había reportes de muertes misteriosas en los hospitales, en hogares y en las calles. Las víctimas caían sin previo aviso, con síntomas desconcertantes que los médicos aún no podían comprender del todo. Los gobiernos estaban en pánico. Las llamadas de emergencia llegaban de todo el mundo.
—Estamos perdiendo tiempo. —El embajador noruego Eirik Larsen interrumpió desde un rincón de la sala, su rostro pálido bajo la luz fluorescente—. Necesitamos respuestas, ahora. No tenemos opción más que... intensificar las medidas.
Todos sabían lo que esa frase significaba. Tortura. Algo que, bajo otras circunstancias, sería impensable dentro del edificio de la ONU. Pero esta no era una crisis normal. Thomas Renwick había jugado con la naturaleza, y el costo de su "intervención biológica" era incalculable.
—No podemos torturarlo —respondió Marie finalmente, su voz quebrándose ligeramente—. Eso iría contra todo lo que representamos. La ONU no puede... —No terminó la frase, consciente de que la moralidad estaba colgando de un hilo. El mundo se estaba desmoronando, y la ética comenzaba a desvanecerse ante la necesidad de sobrevivir.
—¿Y qué sugieres? —Norvik la interrumpió, su tono lleno de sarcasmo—. ¿Esperamos a que la selección natural de Renwick mate a la mitad de la población antes de hacer algo?
—Necesitamos saber dónde están las esferas que no se han activado —añadió Larsen, su voz cargada de urgencia—. Si hay más, si hay otras bombas biológicas esperando, no podemos sentarnos a ver cómo se propaga el gas sin hacer nada. Desconocemos si solo existen la que nos ha mostrado, o muchas más de las que aun no sabemos su paradero.
Marie se acercó al vidrio que separaba la sala de interrogatorios del resto. Renwick la observaba, una sonrisa apenas perceptible en sus labios. ¿Era arrogancia? ¿Satisfacción? ¿O sabía algo que ellos no sabían?
—Déjenme hablar con él —dijo, dando un paso hacia la puerta.
—¿Hablar? —Norvik alzó una ceja—. ¡Este hombre es un sociópata! No vas a sacarle nada con palabras amables.
—Solo déjenme intentarlo —insistió Marie, ya moviéndose hacia la puerta. Era su última carta antes de que todo se fuera de control.
Dentro de la sala, Renwick alzó la vista cuando ella entró. Su sonrisa se amplió, como si hubiera estado esperando ese momento.
—Marie Dufresne —dijo con voz suave, pronunciando su nombre como si fuera parte de una conversación casual—. Me preguntaba cuándo ibas a venir.
—Thomas —comenzó ella, sentándose frente a él, sus ojos fijos en los suyos—, ya sabes lo que está en juego. Personas están muriendo, y seguirán muriendo si no detienes esto.
—Están muriendo los que deben morir —respondió él, sin inmutarse—. Es parte del proceso. La selección natural necesita sacrificios, lo sabes.
Marie sintió que la rabia hervía en su interior, pero se obligó a mantener la calma.
—¿Dónde están las otras esferas? —preguntó directamente—. No tienes que hacerlo peor. Puedes detenerlo ahora.
Thomas se inclinó hacia adelante, su mirada intensa.
—Marie, tú eres una mujer inteligente. Sabes que ya no hay vuelta atrás. El gas está haciendo su trabajo. Las esferas restantes son irrelevantes ahora. Lo que ha comenzado no puede detenerse.
—Dinos dónde están —insistió ella, su voz un susurro desesperado—. Podemos salvar lo que queda.
Renwick la observó por un largo momento, como si estuviera midiendo sus palabras. Luego sonrió de nuevo, esta vez con una frialdad escalofriante.
—¿Salvar? Marie, esto no es una tragedia. Es una liberación. Estoy ayudando a la humanidad. Tú no lo ves aún, pero pronto lo entenderás.
Detrás del vidrio, Norvik se movió impaciente, sus nudillos blancos de tanto apretar los puños.
—Es inútil —murmuró, volviéndose hacia Larsen—. No va a hablar. Debemos... ir más allá.
Marie se levantó de su asiento, con una sensación de impotencia recorriendo su cuerpo. Sabía que Renwick estaba dispuesto a dejar que el mundo ardiera. No le importaban las vidas. Estaba convencido de que era un salvador.