Nefilim y demonios en guerra

El Sabor del encuentro

El ambiente en aquel establecimiento no era como el de los lugares frecuentados por humanos; allí, el aire pesaba con aromas antiguos: hierro, ámbar y una oscuridad que no necesitaba esconderse. Las luces eran tenues, diseñadas para no incomodar a ojos acostumbrados a la noche, y en cada rincón se respiraba una jerarquía silenciosa. Nahiad se encontraba recostada sobre un sofá de terciopelo oscuro, con una copa en la mano que contenía un líquido rojo y vital; no era un simple bar, sino un punto de encuentro donde las razas antiguas se mezclaban con cautela. Ella, siendo una vampira de linaje puro, hija de una estirpe que gobernaba las sombras desde hacía milenios, sentía el pulso de cada ser presente. Podía distinguir el aroma de los brujos que ocultaban sus poderes bajo ropas comunes, la ferocidad contenida de los hombres lobo que vigilaban desde las esquinas, y la frialdad distante de aquellos que descendían de los cielos o los infiernos.
Fue entonces cuando lo vio. Al fondo del salón, bajo un rayo de luz que parecía no querer tocarlo, estaba él. Janu. No había expresión en su rostro, ni en sus ojos, que parecían profundos como abismos de luz pura. En cuanto sus miradas se cruzaron, Nahiad sintió algo que no esperaba: un golpe seco en el pecho, un reconocimiento que traspasaba siglos de historia y prejuicios. Percibió su esencia al instante: no era un demonio, ni un brujo, ni un lobo. Era un nefilim. Hijo de ángel y mortal, portador de una luz que quemaba a los de su especie, pero que a ella, extrañamente, la atraía como ninguna otra cosa antes.
Janu también la observaba. Tras su apariencia impasible, analizaba cada detalle: la elegancia letal de sus movimientos, la marca oculta en su muñeca que revelaba su parentesco, y sobre todo, la conexión inmediata que surgía entre ambos. Sabía quién era ella. Había estudiado los linajes, había memorizado los nombres de los poderosos que amenazaban el equilibrio, y Nahiad era la hermana de Dominic, uno de los líderes más temidos y controvertidos del mundo de las sombras.
Cuando él se acercó, el ruido del local pareció desvanecerse. Su presencia irradiaba una autoridad serena, casi divina, que chocaba violentamente con la naturaleza depredadora de Nahiad. Sin embargo, cuando él le habló, su voz no fue hostil. Hubo un magnetismo inmediato, una atracción que superaba cualquier barrera de raza o enemistad ancestral. Para Nahiad fue amor a primera vista, un torbellino que la tomó por sorpresa. Para Janu, al principio, fue algo más calculado: una oportunidad. Su misión tenía como objetivo principal a Dominic, y acercarse a su hermana parecía la vía más segura y directa. Pero incluso en su frialdad, tuvo que admitir que había algo en ella que despertaba mucho más que simple interés estratégico.
Bebieron juntos, hablaron sin mencionar abiertamente lo que eran, pero con la certeza de que ambos pertenecían a mundos que debían permanecer separados. Nahiad sentía que, por primera vez, alguien la veía más allá de su condición de vampira y de su lugar en la familia de Dominic. Janu, por su parte, comenzó a cuestionar sus propias convicciones: ¿cómo podía ser tan peligrosa una criatura que tenía una mirada tan profunda y una risa capaz de romper cualquier coraza?
Al salir del bar, la noche los envolvió. No hubo dudas, ni titubeos. Se dirigieron a la residencia de Nahiad, un lugar antiguo lleno de libros y reliquias que contaban historias de brujos, de sirenas que habitaban en las aguas profundas y prohibidas, y de alianzas rotas entre lobos y nefilims. Esa noche, las barreras se desmoronaron. Estuvieron juntos, entregándose a una pasión que parecía imposible, tejiendo un lazo que ni la luz ni la oscuridad podrían romper fácilmente.
Desde aquel día, no se volvieron a separar. Nahiad se enamoró perdidamente, entregando su corazón sin reservas, creyendo haber encontrado en Janu su lugar en el mundo. Janu, aunque también profundamente enamorado, nunca olvidó por completo el motivo que lo llevó a ella: la sombra de Dominic se cernía sobre todo, y los rumores sobre sus planes cada vez eran más aterradores. Se decía que su hermano planeaba una guerra total contra los demonios de las sombras, y que para ganar, utilizaría a seres humanos en un experimento macabro: convertirlos en vampiros sin necesidad de beber sangre, criaturas inestables, fuera de control, programadas para obedecer ciegamente a su voluntad. Y en medio de ese escenario de terror y profecías, Janu debía decidir si su corazón estaba con el amor que sentía, o con el deber que le imponía su naturaleza y su destino...




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