Los días pasaron y la relación entre Nahiad y Janu se fortaleció, convirtiéndose en un refugio frente a un mundo que amenazaba con desmoronarse. Sin embargo, esa paz era frágil. Janu vivía dividido: por un lado, la felicidad de estar con Nahiad, y por otro, la creciente certeza de que debía enfrentarse a la realidad de la familia de ella. A medida que profundizaba en los secretos de aquel mundo, descubría que no todo era blanco o negro. Supo de las sirenas, guardianas de los océanos que guardaban conocimientos antiguos sobre el origen de las razas; de los lobos, que mantenían un equilibrio salvaje en los bosques, vigilantes eternos; y de los brujos, con su capacidad de manipular energías que ni los ángeles ni los demonios podían controlar.
Pero fue Dominic quien ocupó siempre sus pensamientos. El hermano de Nahiad no era un villano simple; era un ser marcado por un pasado doloroso, un líder que creía firmemente que la única forma de sobrevivir era mediante la fuerza absoluta. Janu comenzó a investigar más a fondo: ¿eran ciertos los rumores sobre los experimentos? ¿Estaba realmente preparando un ejército de neófitos incontrolables?
La tensión estalló un atardecer, en la gran sala principal de la mansión familiar. La discusión fue inevitable. Dominic, con los ojos brillantes de furia y convicción, encaró a su hermana.
—Si no estás de acuerdo conmigo —le gritó, con una voz que hizo temblar los vitrales—, entonces de ahora en adelante dejarás de ser mi hermana. Pasarás a ser mi enemiga. No entiendo cómo traicionas a la familia por una pasión ciega.
Nahiad, con la voz temblorosa pero firme, le respondió:
—No te estoy traicionando, solo pido que razones. ¿Por qué quieres hacer daño a personas inocentes? ¿Por seguir las ideas locas que esa mujer te metió en la cabeza? No veo que el fin justifique los medios, hermano.
Dominic, cegado por la ira, no encontró argumentos, solo violencia. Con un movimiento rápido y cruel, le asestó una bofetada que la hizo retroceder. El sonido resonó en toda la habitación. Fue en ese instante cuando Janu intervino. No podía permanecer al margen viendo cómo golpeaba a la mujer que amaba. Se lanzó contra Dominic, pero en el caos del momento, alguien más se interpuso.
Kataleya, una figura esencial en la vida de Dominic, su compañera, la única que alguna vez había logrado llegar a su corazón frío, se colocó en medio para intentar detener la pelea. Su presencia irradiaba una calma que contrastaba con la furia reinante.
—¡Basta! —gritó ella, intentando separarlos—. ¡Esto no nos llevará a nada!
Pero la situación estaba fuera de control. Janu, impulsado por la protección y la rabia, giró con destreza y, sin ser capaz de frenar su fuerza, su daga —forjada con luz de nefilim, capaz de herir incluso a los inmortales— atravesó el pecho de Kataleya.
El silencio que siguió fue más terrible que cualquier grito. Kataleya cayó lentamente al suelo, sus ojos perdiendo brillo. Dominic se lanzó hacia ella, atrapándola entre sus brazos, con una expresión de desesperación que nadie había visto jamás.
—Quédate... por favor, quédate conmigo —suplicaba, llorando como un niño—. No me dejes, resiste... todo va a estar bien, te lo prometo.
Kataleya, con una lágrima deslizándose por su mejilla pálida, sonrió con dulzura infinita.
—Te amo... Siempre serás el motivo por el que mis ojos brillan. Llévame en tus recuerdos... a mí y a tu hijo...
Dominic la miró, sin comprender al principio, sintiendo cómo el mundo se le venía encima. Ella estaba embarazada. La noticia fue como un rayo que partió la realidad en dos. Mientras sostenía el cuerpo sin vida del amor de su vida, los recuerdos lo asaltaron con violencia: los momentos felices, su risa, la forma en que ella había iluminado su existencia oscura, la única mujer que pudo amarlo sin condiciones.
Nahiad, horrorizada, corrió hacia ellos, abrazando a su hermano.
—¡Dominic, perdónanos! ¡Perdón! —gritaba—. Nosotros no queríamos hacer esto... fue un accidente.
Pero Dominic no escuchaba. La pena se transformó rápidamente en odio puro. Se levantó, temblando de furia, y tomó a Janu por el cuello.
—Te mataré... Los mataré a los dos —susurró con una voz irreconocible—. Los odio con toda mi alma. Ella no te hizo nada... Era inocente.
Sin decir una palabra más, tomó el cuerpo inerte de Kataleya y salió de la habitación, alejándose hacia lo que él llamaba su refugio: un hotel subterráneo, un lugar de sombras eternas donde la enterraría, llevándose consigo su alma y su cordura...
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Editado: 28.08.2026