El silencio que siguió a la caída de Gaspar en el mundo de las hadas no fue de paz, sino de una calma tensa, cargada de presagios oscuros. El cuerpo del demonio cayó pesadamente sobre la hierba luminosa, manchando de sangre oscura la pureza del bosque ancestral. Carla, la bruja, contempló la escena con una mezcla de horror y fascinación; no esperaba que la Reina de las Hadas tuviera tanta fuerza, ni que la luz pudiera ser tan devastadora contra la oscuridad. Sin embargo, no se quedó a llorar a su compañero; su instinto de supervivencia le gritó que huyera antes de que ella también fuera alcanzada. Abrió un portal inestable y desapareció, dejando atrás la masacre y el cuerpo inerte de quien creía su aliado.
Mientras tanto, en el mundo de las sombras, la noticia de la muerte de Kataleya y del hijo no nacido se extendía como una mancha de aceite, llegando incluso a los rincones más apartados donde habitaban los lobos, guardianes de los bosques salvajes, y las sirenas, que cantaban tristes melodías en las profundidades de los océanos. Para los lobos, la tragedia significaba un desequilibrio; ellos respetaban la fuerza natural de la vida y la muerte, pero sentían que esta pérdida había sido provocada por la arrogancia de los seres que jugaban con fuerzas que no entendían. Las sirenas, por su parte, recogían con sus cantos el dolor que fluía por las corrientes de agua, pues ellas sabían que la sangre derramada contaminaba no solo la tierra, sino también el destino de todos los seres mágicos.
Dominic, tras haber desahogado su furia momentánea en la calle y haberse adentrado en el bosque encantado, regresó a su refugio subterráneo, pero ya no era el mismo. El recuerdo de las palabras de Kendra sobre el embarazo de Kataleya lo atormentaba en cada segundo. Se sentía culpable, impotente y consumido por un odio que amenazaba con devorarlo desde dentro. En su aislamiento, comenzó a pensar que la única forma de honrar la memoria de quien amaba era triunfar en la guerra que se avecinaba; si lograba su objetivo, quizás el sacrificio no sería en vano. Pero cada paso que daba lo alejaba más de su propia humanidad.
Por otro lado, Nahiad había buscado a Janu, y aunque el dolor de la traición seguía ahí, la necesidad de proteger a los inocentes y de evitar una catástrofe mayor era más fuerte. Se reunieron de nuevo, pero esta vez no hubo lugar para el romance, solo para la verdad y la determinación.
—Tienes razón —le dijo ella, con la voz quebrada pero firme—. No podemos permitir que Dominic continúe con esos experimentos. Si crea un ejército de vampiros descontrolados sin conciencia, no solo enfrentaremos a los demonios, sino que destruiremos el mundo que intentamos salvar. Y además... hay algo más: Gaspar ha muerto, pero Valmeo y Yolki siguen ahí, y su sed de venganza será terrible.
Janu la miró con esos ojos profundos, llenos de luz y pena.
—Lo sé —respondió él—. Mi misión original era detener a Dominic, pero ahora mi propósito es protegerte a ti y a todos aquellos que puedan ser arrastrados a este abismo. Los nefilim tenemos una responsabilidad: somos la frontera entre el cielo y la tierra, y no podemos permitir que ni el mal absoluto ni la desesperación ciega ganen la partida.
Decidieron buscar apoyo en lugares inesperados. Nahiad, conociendo las leyendas familiares, propuso buscar a los brujos, quienes poseían conocimientos antiguos sobre las alianzas rotas entre las razas. Janu, por su parte, sugirió intentar comunicarse con los líderes de las manadas de lobos, pues su conexión con la naturaleza y su instinto de defensa podrían ser vitales. Sabían que no sería fácil: los brujos desconfiaban de los vampiros, y los lobos siempre habían mantenido una rivalidad ancestral con los nefilim. Pero la amenaza era tan grande que las viejas rencillas debían dejarse de lado.
Mientras tanto, en las profundidades del infierno o en los rincones más oscuros de la existencia, los demonios restantes, Valmeo y Yolki, al enterarse de la muerte de su hermano Gaspar, juraron venganza. No solo contra la Reina de las Hadas, sino contra todos los seres de luz y sombras que se opusieran a ellos. La guerra no era solo una posibilidad; era una certeza que resonaba en el aire.
Carla, tras escapar, llegó ante ellos no como una aliada leal, sino como una superviviente astuta. Les contó lo sucedido, exagerando la fuerza de los enemigos para justar su propia huida, pero también les reveló la debilidad del bando contrario: la división, el dolor y la falta de unión total entre vampiros y nefilims.
—Están rotos por dentro —les dijo con su voz melosa y engañosa—. Dominic está loco de dolor, y su hermana duda de él. Si atacamos ahora, caerán como fruta madura.
La sombra de la guerra se alargaba, cubriendo todo de un gris plomizo. Nahiad y Janu sabían que el tiempo se acababa. Debían encontrar la forma de convencer a las demás razas de que se unieran: las sirenas, que podían controlar los caminos por agua; los lobos, guardianes de la tierra; los brujos, dueños de la magia; y los pocos ángeles que aún caminaban entre los mortales. Todo debía suceder rápido, antes de que la furia ciega de Dominic o la crueldad calculada de los demonios lo destruyeran todo.
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Editado: 28.08.2026