El campo de batalla no era un lugar cualquiera; se había convertido en un abismo de polvo y sangre, un punto medio entre el mundo subterráneo donde reinaba Dominic y las tierras baldías desde donde los demonios lanzaban su ataque. El aire se sentía denso, cargado con el olor metálico de la sangre y la energía oscura que emanaba de ambos bandos. A un lado, las filas de seguidores de Dominic: vampiros endurecidos por la pena y la disciplina, junto a los primeros intentos de sus experimentos —criaturas inestables, sin conciencia, movidas solo por la sed y las órdenes—. Al otro lado, las huestes de Valmeo y Yolki: demonios de formas retorcidas, guerreros de pesadilla y la bruja Carla, que observaba desde las sombras con una sonrisa expectante.
Pero el centro de todo, el punto donde el destino se jugaba con más fuerza, era el duelo entre los líderes. Dominic, con la mirada perdida en un brillo febril, se enfrentaba a Valmeo. Nunca antes dos fuerzas tan colosales habían chocado con tanta rabia. Dominic movía su poder como una tormenta negra; lanzaba ondas de energía vampírica que agrietaban el suelo, sus golpes eran rápidos y letales, impulsados por la desesperación de quien no tiene nada más que perder.
—¡Viniste por la muerte de Gaspar! —rugió Dominic, con la voz rasgada—. ¡Yo soy quien lo envió al abismo! ¡Y ahora te enviaré a ti para que te unas a él!
Valmeo, alto, de apariencia imponente y belleza oscura y aterradora, se movía con una elegancia burlona, esquivando los ataques más feroces con una facilidad insultante.
—¿Tú? —se burló él, con una voz que parecía resonar desde las profundidades mismas de la tierra—. Eres solo un juguete roto, un vampiro consumido por el llanto. Tu fuerza no es más que dolor convertido en espinas... y contra mí, no sirve de nada.
La pelea se recrudeció. Los golpes chocaban con estruendo, levantando nubes de escombros. Dominic intentó morder, rasgar, usar cada truco que conocía, pero Valmeo poseía una magia antigua y una fuerza bruta que superaba cualquier cálculo. En un giro violento, el demonio contraatacó con una ráfaga de fuego negro que alcanzó de lleno al vampiro en el pecho, haciéndolo retroceder con un grito ahogado. Luego, con una velocidad impredecible, lo golpeó en las costillas, una, dos veces, rompiendo defensas y desgarrando la carne.
Dominic cayó de rodillas, sangrando profusamente, sintiendo cómo sus fuerzas se agotaban. Su visión se nublaba, pero intentó levantarse una vez más, aferrándose al recuerdo de Kataleya, al odio que sentía por sus enemigos.
—¡No... terminará... así! —jadeó, con la boca llena de sangre.
Valmeo se acercó lentamente, imponiendo su sombra sobre él. Lo miró desde arriba, con una expresión de desprecio absoluto y diversión fría. Con un movimiento rápido y brutal, lo pateó en el pecho, enviándolo al suelo definitivamente, inmovilizándolo con una presión pesada sobre su espalda que le impedía respirar o levantarse.
—Mírate —dijo Valmeo, y su risa fue como un chirrido metálico, cruel y triunfal—. El gran guerrero, el líder temido... reducido a un perro herido. Casi muerto, y sin nadie que venga a salvarte.
Dominic intentó forcejear, pero apenas podía moverse. Sentía la vida escapando, y el miedo frío comenzó a mezclarse con su dolor. Fue entonces cuando Valmeo se inclinó más cerca, bajando la voz para que solo él lo escuchara, con una malicia que heló la sangre incluso al inmortal:
—¿Sabes por qué has perdido? —susurró el demonio—. Porque luchas por fantasmas. Te crees fuerte, pero eres débil por lo que amas. Y hablando de eso... déjame contarte un secreto que te destrozará lo poco que te queda de alma.
Hizo una pausa, disfrutando de la angustia en los ojos de Dominic.
—Tengo a Kataleya. Su alma está en el Inframundo, bajo mi poder. La tengo allí, atada y sufriendo, sin que nadie pueda siquiera oírla gritar. Qué lástima, Dominic... tú que te creías su dueño, su protector... no fuiste capaz de salvarla ni siquiera de la muerte. Y ahora, mientras tú te pudres aquí, ella es mía para siempre.
Valmeo soltó una carcajada estruendosa, una burla despiadada que resonó en todo el campo de batalla.
—¡La buscas en tus recuerdos, pero la tienes en mis cadenas! ¡Qué patético eres! ¡Ella llora por ti, no de amor, sino de lástima por el tonto en el que se enamoró!
Esas palabras fueron más dolorosas que cualquier herida física. Los ojos de Dominic se abrieron de par en par, llenándose no solo de dolor, sino de una desesperación infinita. Creer que el alma de su amada no estaba en paz, sino atormentada por su enemigo, rompió el último resto de cordura que le quedaba.
—¡Mientes! —alcanzó a gemir Dominic, con la voz rota por las lágrimas y la rabia impotente—. ¡Ella está en paz...!
—¿Paz? —repitió Valmeo, golpeándole la cabeza contra el suelo con suavidad pero con una crueldad inmensa—. Nada hay en paz para quien se cruza conmigo. Y lo mejor de todo es que vas a morir sabiéndolo. Morirás sabiendo que fallaste... y que su sufrimiento es tu culpa.
Dominic dejó de luchar. El peso de la traición imaginada y la certeza impuesta por la burla del demonio lo aplastaban más que cualquier fuerza física. Se quedó allí, tendido, casi sin aliento, mientras la risa de Valmeo parecía burlarse de su existencia entera...
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Editado: 28.08.2026