Nefilim y demonios en guerra

INTERVENCIÓN DE LUZ

Justo cuando Valmeo disfrutaba de la derrota de Dominic, el aire se rasgó con fuerza. Nahiad irrumpió en el campo de batalla, sus sentidos gritando ante la visión de su hermano tendido y la crueldad del demonio. Junto a ella, una presencia resplandeciente rompió la oscuridad: la Reina de las Hadas, con su aura de luz ancestral y furia materna, cuya sola presencia hacía arder la esencia de las criaturas infernales.
—¡Basta! —tronó la Reina, su voz como el estruendo de mil cascadas—. ¡Bruja escoria, no profanes este suelo con tu maldad!
Valmeo se giró con desprecio, pero su sonrisa se borró al verlas llegar. Nahiad se lanzó al ataque con agilidad letal, sus colmillos y uñas cargados de energía vampírica, mientras la Reina tejía hechizos de luz pura que atravesaban las defensas demoníacas. La pelea se volvió feroz: Nahiad atacaba con la rabia de quien defiende a su familia, y la Reina, con la sabiduría y potencia de siglos, golpeaba con una magia que corroía la oscuridad de Valmeo. El demonio, confiado en su superioridad anterior, ahora se veía superado por la combinación de ferocidad y poder ancestral. Recibió golpes profundos, heridas que humeaban por el contacto con la luz feérica, y comprendió que no podía ganar esta vez.
—Esto no termina aquí —gruñó Valmeo, con el cuerpo destrozado y la mirada llena de rencor—. ¡Seguiremos jugando!
Con un último esfuerzo, lanzó una nube de humo negro que oscureció el campo, y huyó herido gravemente, dejando tras de sí un rastro de sangre oscura y furia contenida.
Inmediatamente, la Reina y Nahiad se volvieron hacia Dominic. Estaba muy malherido, apenas podía hablar, con la mente aún atormentada por las palabras del demonio. Con voz ronca y quebrada, miró a la madre de Kataleya y confesó:
—Dijo... dijo que tiene el alma de Kataleya en el Inframundo... que la tiene secuestrada...
La Reina frunció el ceño, con una expresión de incredulidad y dolor.
—Es imposible —respondió con suavidad pero firmeza—. Cuando morimos, nuestras almas deberían viajar a su descanso eterno. Nadie debería poder retenerla así...
Pero Nahiad intervino, recordando antiguos conocimientos:
—Yo he escuchado historias... Historias sobre almas atrapadas, desviadas de su camino. Se lo escuché a un brujo muy antiguo, llamado Kaya. Él sabía de esas magias prohibidas donde el alma queda prisionera, lejos de la paz.
—¿Kaya? —repitió la Reina—. Es un nombre que resuena en los tiempos más viejos. Si él sabe algo, debemos buscarlo.
Primero, debían atender a Dominic. Estaba perdiendo sangre y fuerzas rápidamente. Decidieron llevarlo al reino oculto de los elfos, guardianes de la sanación y la vida, capaces de restaurar incluso los cuerpos más destrozados por magia oscura. Allí, bajo el cuidado de los sanadores élficos, su vida estaría a salvo mientras ellas buscaban respuestas.
Nahiad y la Reina de las Hadas partieron entonces en busca del brujo Kaya. El camino fue largo, hasta llegar a una cueva oculta entre montañas donde la realidad parecía deformarse ante la magia antigua. Allí estaba él: el brujo Kaya, de apariencia inmemorial, con ojos que contenían milenios de secretos.
—Sabía que vendrían —dijo con voz rasposa y tranquila al mismo tiempo—. La sombra ha tocado lo que no debía.
—Buscamos saber la verdad —dijo la Reina, directa—. ¿Es posible que el alma de mi hija Kataleya esté retenida en el Inframundo? ¿Cómo podemos liberarla?
Kaya asintió lentamente, mirándolas con profundidad.
—Es posible, sí. Magias muy antiguas y crueles pueden secuestrar la esencia antes de que encuentre su camino. Pero liberarla no es tarea sencilla. Requiere un poder que pueda atravesar los reinos de la muerte y romper las cadenas oscuras.
Hizo una pausa, sopesando el peso de sus propias palabras antes de revelar el secreto:
—Para que Kataleya pueda salir y regresar, necesitáis contar con la sangre de un ángel. Es el único fluido con la fuerza suficiente para purgar las cadenas del Inframundo y abrir un puente seguro para su alma.




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