Nefilim y demonios en guerra

EL VIAJE

El viaje fue ascendente, un trayecto que parecía desafiar las leyes de la tierra y el aire. Mientras subían por las montañas más altas, el aire se volvía cada vez más ligero, más puro, cargado de una energía que hacía vibrar los huesos y despertar la conciencia. Dominic, acostumbrado a la oscuridad y la noche, sentía esa luz como una presencia física, casi un peso en su piel, pero no se detuvo; su determinación era más fuerte que cualquier incomodidad. Janu, por su parte, avanzaba con paso firme, reconociendo en cada rincón los ecos de un mundo que le era familiar por linaje, aunque ajeno en su vida vivida.
Finalmente, tras cruzar pasarelas de piedra flotante y puentes tejidos con la misma luz del alba, la Ciudadela de las Nubes Celestiales se reveló ante ellos. Era una visión imponente: construida con mármol blanco y cristales que reflejaban el sol con una intensidad deslumbrante, flotando suavemente sobre un mar de nubes eternas. Torres de elegantes formas se alzaban hacia el cielo, y en sus alrededores, seres de alas resplandecientes patrullaban con serenidad. Era el lugar más sagrado y reconocido por todas las razas antiguas como el hogar de los ángeles verdaderos.
Al entrar, fueron recibidos con una mezcla de respeto y vigilancia. La presencia de Dominic —un vampiro, una criatura de sombras— provocó murmullo y tensión entre los guardianes, pero Janu habló con autoridad, reclamando su derecho de sangre y su misión urgente.
Fueron conducidos ante la presencia de su madre y su padrastro. Allí, en un salón amplio como un cielo abierto, apareció ella: Serafina, una mujer de belleza radiante, con alas de plumas doradas y una mirada que contenía la compasión y la severidad del firmamento. A su lado estaba Azrael, su esposo, un ángel de alto rango, imponente y sereno, cuya sola presencia imponía silencio.
Janu dio un paso al frente, haciendo una reverencia llena de respeto.
—Madre. He venido buscando ayuda. Perdón por interrumpir tu paz, pero la situación es crítica.
Serafina lo miró con ojos llenos de amor, pero también con sabiduría.
—Sabía que llegarías, hijo mío. La sangre no se olvida, y los caminos de la misión a veces nos traen de vuelta a los orígenes. Pero veo que traes compañía... —dijo, dirigiendo su mirada serena hacia Dominic, quien se mantuvo firme a pesar de la incomodidad—. Una criatura de la noche en el corazón de la luz. Algo muy grave debe estar ocurriendo.
Janu les contó todo: la tragedia de Kataleya, la amenaza de Valmeo, el alma atrapada en el Inframundo y la revelación del brujo Kaya sobre la necesidad de sangre de ángel.
Azrael escuchó en silencio, con una expresión impasible, pero al terminar, su voz resonó con peso:
—Lo que pides es peligroso, Janu. La sangre de los ángeles no es una simple poción; contiene nuestra esencia divina. Entregarla es un acto de gran sacrificio, y usarla para irrumpir en los dominios de la muerte altera el orden natural.
—Lo sé —respondió Janu con humildad—. Pero no hay tiempo para debates sobre el orden cuando la crueldad secuestra almas inocentes. Por favor, madre... eres mi única esperanza.
Serafina miró a su esposo, luego a los ojos de su hijo, y finalmente a Dominic, quien hasta ese momento no había hablado. El vampiro, sintiendo que debía asumir su parte de responsabilidad, habló con voz ronca pero sincera:
—Señora... yo soy quien tiene la culpa de esta cadena de sucesos. Mi ira, mi ceguera... llevaron a la tragedia. No pido perdón porque sé que no lo merezco, pero le suplico que nos ayude. Esa mujer, Kataleya, merece volver a la vida. Yo daría todo lo que soy por enmendar lo que hice.
Hubo un silencio prolongado en la sala. Finalmente, Serafina asintió lentamente.
—Tu arrepentimiento es genuino, hijo de las sombras —dijo ella—. Y el amor que mueve a mi hijo también lo es. No puedo negarme ante tal necesidad.
Se acercó a un altar de luz pura y, con un gesto solemne, se hizo una pequeña herida en su propia muñeca. La sangre que brotó no era roja oscura como la de los mortales, sino brillante, dorada y cálida, emanando un poder que se podía sentir en el aire. La recogió en un frasco de cristal sagrado y se lo entregó a Janu.
—Aquí tienes —dijo ella—. Pero escúchame bien: esta sangre es poderosa, pero también atraerá a quienes buscan la luz para destruirla. El camino de regreso será mucho más peligroso que la subida. Y recuerda, hijo mío... una vez que cruces la puerta de salida con esto, no podrás volver aquí por un largo tiempo.
Janu tomó el frasco con cuidado infinito, sintiendo su calor a través del vidrio.
—Gracias, madre. Gracias por confiar en nosotros.
Azrael intervino entonces, con una advertencia final:
—Idos ahora. Y manteneos unidos. La luz pura y la sombra profunda, si caminan juntas, pueden equilibrar cualquier amenaza.
Se despidieron con prisa, conscientes de que el tiempo corría en su contra. Al salir de la Ciudadela, el cielo parecía haber cambiado; el aire se sentía más pesado, como si el destino mismo estuviera preparando una última prueba antes de que pudieran regresar con la salvación que buscaban.




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