Nefilim y demonios en guerra

EL ESCUDO DE LUZ

El camino ascendía hacia las cimas imposibles, donde el aire mismo brillaba con una claridad que dolía en los huesos. Cuando las torres de la Ciudadela de las Nubes Celestiales aparecieron entre la luz cegadora, Dominic se detuvo en seco. Su piel, su naturaleza entera, reaccionaba con dolor ante esa pureza; sentía que si daba un paso más, sería consumido.
—No puedo entrar —admitió con voz ronca, mirando el resplandor—. Esta luz no es solo brillo... es fuego para los de mi especie. Moriré antes de llegar a la puerta.
Janu frunció el ceño, comprendiendo el riesgo mortal. Pero entonces, la voz de Serafina, su madre, resonó suavemente desde la entrada, donde los esperaba:
—Lo sé, hijo mío. La luz no discrimina, pero tampoco es ciega. Si ha de entrar un hijo de la noche, debe llevar una coraza que lo oculte sin manchar lo sagrado.
Ella, junto a su esposo Azrael, se acercó. Serafina portaba un frasco de cristal oscuro, lleno de un líquido plateado y brillante, y un pergamino con runas que parecían girar lentamente.
—Es un hechizo de velo equilibrado —explicó el ángel—. Y una poción extraída de las esencias de las estrellas y la sombra de la luna más antigua. No te hará inmortal, pero creará una piel invisible a la luz, un escudo que hará que la Ciudadela te reconozca como un transeúnte neutro, sin atacarte.
Azrael añadió con seriedad:
—Tienes que saberlo: tiene un precio. Mientras dure el efecto, sentirás un frío interior constante, y no podrás usar tus propios poderes de vampiro, pues chocarían con la protección. Debes caminar con humildad y paso firme.
Dominic no lo dudó. La necesidad de redimirse y salvar a Kataleya valía ese y cualquier precio.
—Hazlo —dijo él—. Estoy listo.
Serafina vertió la poción sobre sus manos y trazó líneas luminosas sobre el pecho y la frente de Dominic, recitando en un lenguaje antiguo que no hería, sino que envolvía. Al instante, una capa tenue y grisácea lo rodeó, como si una sombra respetable lo acompañara sin oponerse al cielo. El dolor cesó; la luz dejó de quemar, convirtiéndose en una presencia tolerable.
—Estás listo —dijo Serafina—. Pero date prisa. El hechizo durará solo mientras estés aquí y un tramo del camino de regreso. No te confíes.
Así protegido, Dominic pudo por fin cruzar los umbrales de mármol blanco y entrar junto a Janu en el hogar de los ángeles. Allí, tras explicar su misión con sinceridad desgarradora, recibieron el frasco con la sangre de ángel —dorada y vibrante—, el tesoro que abriría las puertas del Inframundo.




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