El regreso fue diferente; la protección que Serafina había puesto sobre Dominic se desvaneció apenas dejaron atrás las cimas celestiales, dejándolo de nuevo en su piel natural, aunque ahora llevaba consigo algo más valioso que su propia vida: el frasco con la sangre de ángel brillando con una luz contenida.
Al reunirse con Nahiad, la Reina de las Hadas y el brujo Kaya, todo estuvo listo. El lugar elegido para abrir el paso fue un abismo antiguo, oculto en la frontera entre los bosques y los desiertos olvidados, donde la realidad se volvía delgada. Kaya trazó un círculo en el suelo con polvo de hueso y hierbas raras, mientras la Reina aportaba su luz para guiar el camino, y Nahiad y Janu se mantenían firmes, listos para intervenir si las sombras atacaban.
—El Inframundo no es un lugar de fuego —advirtió el brujo con voz grave—, sino un reino de silencio, olvido y cadenas invisibles. Allí, el tiempo no avanza, y la desesperación es el aire que se respira. La sangre de ángel es la única llave que puede romper lo que Valmeo ha atado.
Dominic dio un paso al frente. Su rostro estaba serio, sin rastro de la furia anterior, solo con la determinación de quien sabe que es su última oportunidad.
—Iré yo —dijo—. Es mi culpa que esté allí. Soy quien debe ir a buscarla.
—No irás solo —dijo Janu—. Yo iré contigo. Mi luz nefilim te protegerá de perderte en la oscuridad.
El portal se abrió con un zumbido profundo, una grieta oscura que parecía succionar la luz de alrededor. Bajaron. El descenso fue frío, silencioso, como caer en un sueño eterno. Al llegar, se encontraron en un paisaje desolador: tierras grises, ríos de aguas estancadas y una niebla que ocultaba los contornos. A lo lejos, se oían lamentos y el tintineo metálico de cadenas.
No tardaron en encontrarla. En un recinto rodeado de una energía oscura y tiránica, Kataleya estaba allí, no con un cuerpo físico, sino como una figura luminosa apagada, rodeada de cadenas negras que emanaban la marca de Valmeo. Al verla, Dominic sintió que el corazón se le partía de nuevo; se veía tan sola, tan lejos de todo lo que amaba...
—¡Kataleya! —gritó él, rompiendo el silencio sepulcral del lugar.
Ella levantó la vista, sorprendida, y sus ojos se llenaron de un asombro doloroso.
—¿Dominic? ¿Has venido? No deberías... es una trampa. Valmeo nos espera.
—No nos importa —respondió él, acercándose con cuidado mientras Janu vigilaba los alrededores—. No te dejaremos aquí.
Con manos temblorosas pero seguras, Dominic abrió el frasco. La sangre de ángel brotó con fuerza, iluminando aquella oscuridad como un sol pequeño. Al tocar las cadenas, estas reaccionaron con un siseo furioso; la luz sagrada comía la oscuridad demoníaca que las formaba. El hechizo de secuestro se rompió eslabón por eslabón, liberando a la esencia de Kataleya.
Pero entonces, el suelo tembló. Desde las sombras profundas del Inframundo, la voz de Valmeo retumbó, llena de ira y juramentos:
—¡Pensaron que podían robarme lo que es mío! ¡Llegué tarde, pero no dejaré que se salgan con la suya!
—¡Vámonos, rápido! —gritó Janu, cubriendo la retirada con destellos de luz celestial.
Dominic envolvió la esencia liberada de Kataleya en un abrazo protector, sintiendo su calidez etérea contra sí.
—¡No te volveré a soltar nunca! —le prometió.
Corrieron hacia la grieta del portal mientras el Inframundo parecía derrumbarse a su alrededor, con sombras perseguidoras y la furia impotente del demonio resonando en la distancia. Subieron de nuevo, atravesando el umbral justo cuando el portal se cerraba tras ellos con un golpe seco, sellando el paso para siempre.
Al salir al aire libre, bajo el cielo real, la luz del día les recibió como una bendición. La forma espiritual de Kataleya flotaba suavemente entre ellos, brillando con más fuerza ahora que estaba libre. Pero faltaba algo más: necesitaba un camino completo para volver a la existencia.
La Reina de las Hadas y el brujo Kaya se adelantaron, listos para el último paso.
—La sangre ha roto las cadenas —dijo la Reina con emoción—. Ahora debemos darle un recipiente o unirla de nuevo a la vida... pero eso será el siguiente paso.
Dominic, con lágrimas en los ojos, miraba a la mujer que amaba, ahora al alcance de su mano, tras haberla creído perdida para siempre.
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Editado: 28.08.2026