La noticia voló rápido por los reinos de sombra: Kataleya había sido liberada. Cuando Valmeo lo supo, la furia cegó cualquier resto de prudencia en él. Sus planes frustrados, la humillación de haber huido herido, y ahora el robo de su trofeo... todo se convirtió en un fuego destructivo. No esperó a recuperarse por completo; reunió sus fuerzas restantes y fue directo a enfrentarse a quien consideraba el principal culpable: Janu.
El nefilim apenas tuvo tiempo de reaccionar. Valmeo apareció con un estruendo de sombras y odio, lanzándose sobre él con una ferocidad salvaje.
—¡Me robaste lo que me pertenecía! —rugió el demonio—. ¡Pagarás con tu luz por este insulto!
La pelea fue brutal. Golpes que partían el suelo, luz celestial contra fuego negro, chispas de pura energía que iluminaban el campo de batalla. Janu resistía, pero la rabia ciega de Valmeo lo hacía peligroso e impredecible.
Mientras tanto, Nahiad, viendo que la situación se complicaba y necesitaban más fuerza para detener al demonio, decidió ir en busca de una antigua alianza: Tritón, el Rey de las Sirenas. Sabía que su poder en las aguas era inmenso y que su intervención podría ser decisiva. Se dirigió hacia la costa más profunda, donde el mar se vuelve oscuro y antiguo, y llamó a la puerta de su reino.
Tritón emergió de las aguas con una belleza imponente y una mirada de dominio absoluto. Pero al ver a Nahiad, algo cambió en él. No vio a una aliada, sino a una criatura de fascinación mortal.
—Hermosa vampira —dijo con voz que sonaba como olas golpeando rocas—. No conocía nada igual caminando sobre la tierra. Eres perfecta.
Nahiad expuso su petición con urgencia, pero el Rey sireno no escuchaba. Una obsesión repentina y tiránica se apoderó de su mente.
—No iré a pelear —decidió él, acercándose demasiado—. No necesito guerras cuando he encontrado esto. Te quedarás aquí, conmigo.
—¿De qué hablas? —preguntó Nahiad, retrocediendo alarmada—. Fui por ayuda, no para juegos.
—No es un juego —respondió Tritón con frialdad, haciendo que corrientes mágicas la rodearan e inmovilizaran—. Eres fuerte, hermosa... necesito una reina a mi altura. Y un heredero que herede lo mejor de mi linaje. Llevarás a mi hijo.
—¡¿Estás loco?! —gritó ella, luchando en vano contra la presión del agua—. ¡Yo amo a Janu! ¡Suéltame ahora mismo!
—Tus sentimientos no importan —sentenció el Rey—. Ahora eres mía.
Encerrada en las profundidades, con la desesperación creciendo, Nahiad ideó un plan desesperado. Usando los restos de su magia vampírica, invocó a un pequeño mensajero de la noche: un murciélago. Conectó su mente al animal y le envió un mensaje directo, claro y aterrador para su hermano:
"Dominic... estoy prisionera bajo el mar. El Rey Tritón me ha secuestrado. Dice que debo darle un heredero. Ayúdame, por favor..."
El murciélago salió disparado hacia la superficie, cruzando cielos y peligros.
En tierra firme, Dominic buscaba a Janu para ver cómo iba la pelea contra Valmeo. Lo encontró aún forcejeando, agotado pero firme. Iban a hablar cuando el pequeño mensajero llegó hasta ellos, entregando el mensaje de Nahiad. La sangre de Dominic se heló en las venas.
—¡Se han llevado a mi hermana! —gritó con furia renovada—. ¡Ese monstruo de las aguas la tiene prisionera!
Janu, al escuchar esto, sintió que el mundo se le venía encima. La mujer que amaba en manos de un ser caprichoso y cruel...
—¡Vamos! —rugió el nefilim, olvidando su propio cansancio—. ¡Arrancaremos el mar si es necesario!
Pero justo cuando iban a partir, Valmeo, que había estado recuperando aliento y escuchando entre las sombras, apareció de nuevo, burlón y lleno de veneno.
—¿Se van? ¿Tan pronto? ¿Y dejar la diversión aquí? —se rió el demonio—. ¡Qué desastre de familia tienen! Uno recupera su juguete, y el otro pierde lo que ama ante un rey pez... ¡Patético!
Dominic y Janu se miraron. Había que pasar por encima de él.
—Quieres pelea, maldito —escupió Dominic—. ¡Pues te la daremos!
Y estalló el choque final. Una pelea doble: la fuerza oscura y experta de Dominic unida a la luz divina y la destreza de Janu contra la maldad pura de Valmeo. Golpes volaban por doquier; el suelo temblaba bajo la intensidad de su ira. Valmeo, confiado, subestimó la furia de dos hombres que luchaban por salvar a las mujeres de su vida.
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Editado: 28.08.2026