Nefilim y demonios en guerra

FURIA COMPARTIDA Y ABISMO DE AGUA

Valmeo creyó que aún tenía ventaja, pero se equivocó por completo. Dominic y Janu no luchaban por orgullo ni por deber abstracto: luchaban por salvar a quien amaban, y esa furia conjunta fue devastadora. Dominic se movía como una sombra implacable, rápido y letal, mordiendo y rasgando las defensas del demonio con una precisión forjada en siglos de supervivencia. Janu, por su parte, desplegó sus alas nefilim y envolvió sus puños en luz pura, golpeando con la fuerza de un rayo que purgaba la oscuridad al contacto.
—¡No permitiré que nadie más sufra por mi culpa! —rugió Dominic, lanzando a Valmeo contra una roca con un estruendo que hizo retumbar la tierra.
—Y yo no dejaré que toquen ni un pelo de la mujer que amo —añadió Janu, rematando con un golpe de energía que hizo que el demonio chillara de rabia y dolor.
Valmeo, herido y superado, comprendió que no podía ganar ese día. Su arrogancia se desmoronó ante la determinación de sus rivales.
—Esto no termina... —siseó, escupiendo sangre oscura—. ¡La maldad siempre encuentra camino!
Con un último esfuerzo, invocó una nube de humo corrosivo que obligó a los héroes a retroceder, y huyó derrotado, perdiéndose entre las sombras del paisaje. No lo persiguieron; había algo mucho más urgente en juego.
—¡Al mar! —ordenó Dominic, con la voz tajante—. ¡Tenemos que llegar al reino de Tritón antes de que sea demasiado tarde!
Corrieron hacia la costa a toda velocidad. Al llegar, el océano parecía hostil, agitado, como si mismo el rey de las aguas hubiera ordenado que se cerraran las puertas. Pero contaban con una ayuda inesperada: Kataleya y la Reina de las Hadas habían seguido su rastro y llegaban en ese instante.
—Nosotras abriremos el paso —dijo la Reina—. La magia de la naturaleza y la luz pueden contrarrestar la presión del agua.
Con un conjuro antiguo, crearon una burbuja de aire y protección a su alrededor, permitiéndoles descender por las profundidades sin ahogarse ni ser aplastados por la presión. Bajaron velozmente, atravesando capas de agua cada vez más oscuras, donde criaturas marinas curiosas y temerosas los observaban desde la penumbra.
Mientras tanto, en el palacio submarino de nácar y coral negro, Nahiad resistía con todas sus fuerzas. Tritón, el Rey de las Sirenas, la mantenía prisionera en una cámara de cristal mágico, rodeado de sirenas guerreras y tritones armados con tridentes. Él la observaba con una mezcla de deseo y orgullo posesivo.
—Te resistes ahora —decía él, con voz que resonaba en el agua—, pero pronto entenderás que este es tu lugar. Juntos gobernaremos los océanos y tendremos un linaje poderoso que nadie podrá detener.
—¡Estás loco! —escupía Nahiad, con los ojos brillantes de rabia—. ¡No soy un trofeo ni una fábrica de hijos! ¡Si crees que podrás obligarme, te equivocas!
—No será obligación —respondió él con falsa suavidad—, pronto te acostumbrarás a mi presencia.
Pero en ese preciso instante, el agua alrededor del palacio comenzó a vibrar. Un ruido sordo, como de truenos bajo el mar, anunció la llegada de los intrusos. Un guardia sireno nadó apresuradamente hasta su rey.
—¡Majestad! —gritó aterrorizado—. ¡Vienen! ¡Un vampiro, un ser alado y fuerzas de luz rompen las defensas!
Tritón frunció el ceño, indignado por la insolencia.
—¿Se atreven a invadir mi dominio? ¡Perfecto! ¡Matadlos y traedme sus cabezas como advertencia!
Dominic, Janu y los demás irrumpieron en las salas reales con una furia incontenible. Los guardias marinos intentaron detenerlos, pero no eran rival para la fuerza combinada de la alianza. Janu abría paso con su luz, quemando la magia acuática de los oponentes; Dominic se movía entre ellos como una tormenta, y Kataleya y su madre deshacían los hechizos que bloqueaban el camino.
—¡Nahiad! —gritó Janu al verla al otro lado del cristal mágico.
Tritón, furioso, se interpuso entre ellos y su prisionera, empuñando su tridente de oro y perla.
—¡Esta mujer es mía! —bramó el Rey—. ¡Llegáis tarde!
—¡Nunca es tarde para robarle a un ladrón! —respondió Dominic, lanzándose directamente contra el monstruo marino.
La pelea bajo el agua fue espectacular. Las corrientes se volvieron violentas, chocaron poderes elementales: el dominio del agua contra la sombra y la luz. Tritón era fuerte, su cuerpo estaba adaptado a ese entorno, y el tridente lanzaba chorros de presión cortante. Pero Dominic y Janu luchaban con una rabia que no conocía límites.
Janu llegó hasta la jaula de cristal y, con un golpe concentrado de su energía nefilim, rompió el sello mágico que la mantenía cerrada.
—¡Sal de ahí, amor mío! —le suplicó a Nahiad.
Ella salió disparada, cayendo en sus brazos, temblando de rabia y alivio.
—¡Ese monstruo... quería...! —alcanzó a decir.
—Lo sé —la cortó Janu, abrazándola con fuerza—. Pero ya estás a salvo. Ahora pagará por lo que hizo.
Tritón, al ver que su presa se le escapaba, perdió el control y atacó con una furia ciega.
—¡No se irán! ¡Mi reino se tragará sus cadáveres!
Dominic se enfrentó a él cara a cara.
—Secuestrar a mi hermana... fue tu peor error, pez arrogante —dijo el vampiro con voz helada.
Juntos, Dominic y Janu lanzaron un ataque coordinado: oscuridad y luz entrelazadas, una fuerza imparable que golpeó directamente al Rey de las Sirenas. Tritón retrocedió, herido y aturdido; su magia real se vio superada por la voluntad de esos seres de superficie.
—¡Esto no ha acabado! —amenazó él, aunque su poder se desvanecía—. ¡El mar siempre reclama lo suyo!
—Hoy no —sentenció la Reina de las Hadas, elevando su voz—. Y por romper la antigua tregua, quedas advertido: si vuelves a atacar o a secuestrar, toda la fuerza de la naturaleza caerá sobre ti.
No esperaron más. Con Nahiad a salvo, el grupo emprendió el regreso hacia la superficie, dejando atrás el palacio submarino y un rey humillado y furioso, pero incapaz de seguirlos.
Al salir al aire libre, bajo el sol y el viento, el alivio fue inmenso. Nahiad se aferraba a Janu, aún temblando por la experiencia vivida, pero segura por fin. Dominic, con la mirada más tranquila, sabiendo que su hermana estaba bien, sintió que un peso gigantesco se levantaba de su espalda.
—Estamos juntos —dijo Kataleya, uniendo sus manos—. Pero la amenaza de Valmeo sigue ahí, y ahora también la enemistad del rey de las aguas.
—Lo sé —respondió Dominic, con una determinación nueva—. Pero ahora somos más fuertes. Tenemos alianzas, hemos vencido a la muerte y a las profundidades. Preparémonos, porque lo que viene será la batalla final.




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