Al ver que la razón, las súplicas y el amor no lograban atravesar la espesa niebla mágica que dominaba a Dominic y a Janu, Nahiad entendió que necesitaba una fuerza superior, un conocimiento que estuviera más allá del alcance de la bruja traidora. Con el corazón destrozado pero la voluntad firme, partió en busca del único ser capaz de romper tan oscuro hechizo: el brujo Kaya.
Lo encontró en su refugio antiguo, rodeado de runas y silencios milenarios. Nahiad le expuso la tragedia, le suplicó que interviniera y devolviera a los hombres a su verdadera voluntad. Kaya la miró con profundidad, sabiendo de antemano que la magia de reparación siempre exige un tributo a la altura del mal que se enfrenta.
—Puedo romper los lazos que Carla ha tejido —dijo con voz grave—, pero el precio es alto. Para purificar esa obsesión y devolverles su alma, debo recibir a cambio al hijo que lleva Kataleya. Será mi aprendiz, y nadie podrá reclamarlo jamás.
Nahiad sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Corrió de vuelta y contó todo a su hermana. Kataleya palideció, aferrándose con fuerza a su vientre, conmovida pero aterrada por la propuesta inhumana.
—¡No! —exclamó con firmeza—. ¡No puedo entregarle a mi hijo! ¡Es lo más sagrado que tengo!
—Si no lo haces —respondió Kaya, implacable—, ellos quedarán así para siempre: esclavos de una mentira, ciegos a vuestro amor, dispuestos a destruiros. Nunca recuperaréis a quienes amáis.
Hubo un silencio cargado de angustia. Kataleya miró hacia donde estaban Dominic y Janu, aún bajo el influjo de la brujería, listos para atacar. Comprendió que no había elección. Con un dolor que le rasgaba el alma, asintió entre lágrimas amargas.
—Está bien... —susurró con la voz rota—. Lo haré.
Entregó al niño al brujo antiguo. Kaya lo tomó con solemnidad, sin permitir que nadie más tocara al pequeño, y desde ese instante, el niño pasó a ser suyo para siempre, convertido en su discípulo secreto, lejos del alcance de sus padres.
Inmediatamente, Kaya comenzó el ritual de purificación. Sus palabras fueron poderosas, chocando contra la magia de Carla como una marea imparable. La bruja intentó defenderse, pero su poder se desmoronó ante la antigüedad de esos conocimientos. Poco a poco, la mirada vacía de Dominic y Janu recuperó su brillo natural; la adoración falsa se disipó, dejando paso a la conciencia horrorizada de lo que habían hecho bajo el hechizo.
En cuanto fueron libres, al ver a la bruja que había jugado con sus corazones y sus vidas, la furia fue incontenible. Dominic y Janu se abalanzaron sobre Carla con una ira justa y terrible. No hubo piedad; ella misma había sellado su destino al usar el amor como arma. Su vida terminó allí, víctima de su propia venganza mal dirigida.
Tras esa tormenta, llegó la calma. El tiempo pareció detenerse lentamente, suavizando las heridas y apagando los ecos de la guerra. Los días se volvieron pacíficos, las fronteras entre razas se respetaron, y el mundo recuperó su ritmo tranquilo. Dominic y Kataleya, Janu y Nahiad, reconstruyeron sus vidas con la certeza de haber sobrevivido a lo peor, aunque siempre llevaban en el corazón la huella de aquel sacrificio: la ausencia del hijo, el precio que permitió que todo estuviera bien.
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Editado: 28.08.2026