Nelly

parte 1

NELY

Fernando Ortiz Maldonado

Novela testimonial

15 de agosto de 2026

NOTA DEL AUTOR

Esta obra se construye a partir de recuerdos y hechos vividos. Allí donde la memoria no permite fijar con seguridad una fecha, una frase o un detalle, se conserva la incertidumbre en lugar de sustituirla por invención.

La presente versión consolida las cuatro partes narrativas recuperadas y añade el prólogo y el epílogo preparados para la revisión final del autor.

UMBRAL

LAS FRECUENCIAS QUE ELEGIMOS

Mucho antes de conocer a Nely había aprendido, sin formularlo todavía, que no todas las cosas del mundo me interesaban por igual. Algunas pasaban frente a mí sin dejar huella; otras producían una perturbación inmediata. Con los años he pensado que quizá vivía como quien mueve el dial de una radio: ciertas frecuencias podían existir, incluso dominar el ambiente, pero si no resonaban con aquello que yo consideraba esencial, movía la perilla.

No era una clasificación de personas superiores e inferiores. Era una selección íntima. Desde la adolescencia me resultaron ajenas determinadas formas de ventaja, de dinero convertido en medida humana, de chantaje, de ostentación o de relaciones reducidas a transacción. No fumar, no beber, no convertir el vínculo sentimental o sexual en negocio y rechazar estrategias que exigieran traicionar ciertos límites no fueron para mí un programa destinado a parecer virtuoso. Simplemente fueron fronteras tempranas que decidí no cruzar.

Con el tiempo esa misma selección apareció en mi relación con la literatura y con las personas. Me reconocía en obras donde el personaje era sometido a una verdadera diferencia de potencial interior: Dostoyevski, La Odisea, Prometeo encadenado, algunas reflexiones de Carrel o de Engels. No porque todo lo grande tuviera que resonar conmigo. Newton podía enseñarme a comprender el universo y, sin embargo, no necesariamente tocar aquel núcleo íntimo que buscaba otra cosa: carácter, contradicción, fidelidad, resistencia, responsabilidad, transformación.

Quizá por eso me costaban ciertas novelas que yo sentía horizontales, sin fluctuaciones capaces de modificar profundamente a los personajes. No necesito que en una historia explote un edificio. Una mirada, una decisión, un gesto, una renuncia o una frase pueden producir un colapso mucho mayor. Algunas personas hicieron eso en mi vida: Hugo, Carmen, ciertos profesores y, de una manera que terminaría atravesando décadas, Nely.

También he pensado que las personas pueden enamorarse de una holografía, de una representación construida por el deseo, pero que en el fondo todos quisieran amar una realidad. Yo nunca quise ser una holografía. Así pienso, así escribo, así vivo y así amo. Por eso esta historia tampoco intentará convertir a Nely en una figura perfecta ni a Fernando en el hombre que hubiera querido parecer. La realidad será suficiente.

Fernando es el narrador, el testigo y muchas veces el instrumento de esta historia. Pero el centro es Nely. Lo que sigue no pretende demostrar desde la primera página que ella fue extraordinaria. Aspira a permitir que emerja poco a poco, a través de escenas, decisiones, palabras, contradicciones y años. Si al final el lector comprende por qué, entre tantas frecuencias humanas, hubo una en la que nunca quise mover la perilla, el libro habrá cumplido su propósito.

PRÓLOGO

LO QUE LA MEMORIA NO DEJÓ MORIR

Hay historias que comienzan cuando ocurren y otras que necesitan muchos años para revelar que alguna vez comenzaron.

Esta pertenece a las segundas.

Durante mucho tiempo no pensé en mi relación con Nely como en una novela. Era simplemente una parte de mi vida, dispersa entre ciudades, estudios, matrimonios, hijos, viajes, separaciones, regresos y acontecimientos históricos demasiado grandes para pedir permiso a nuestras pequeñas biografías. Kiev, Guayaquil, Esmeraldas, Vasílkiv, Brovary, Boríspol, aeropuertos, estaciones, parques, hospitales y autobuses fueron quedando unidos por una continuidad que yo mismo tardé muchos años en comprender.

Sin embargo, hubo una promesa.

La hice en un autobús, durante uno de aquellos recorridos en que Nely y yo viajábamos tomados de la mano mientras alrededor continuaba la vida ordinaria de otras personas. Le dije que algún día escribiría una novela sobre aquel amor.

Pasaron casi cuatro décadas.

La promesa permaneció.

Ahora que intento cumplirla descubro que escribir sobre Nely plantea una dificultad que no es literaria sino moral: ¿hasta dónde puede llegar la memoria sin sustituir con imaginación aquello que ha olvidado?

He elegido una respuesta.

Hasta donde pueda llegar la verdad.

No más allá.

Esta novela no pretende reconstruir cada conversación ni llenar artificialmente los espacios que el tiempo dejó vacíos. Hay fechas que recuerdo con precisión y otras que solo puedo aproximar; frases que permanecieron casi literalmente y conversaciones de las que apenas conservo el sentido; escenas que regresan con una extraordinaria nitidez y períodos enteros de los cuales sobrevivieron únicamente algunos gestos.




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