Némesis: lágrimas de Tinta Negra

?Prólogo?

Dicen que el dolor más grande es perder a alguien que amas. Pero se equivocan. El dolor más desgarrador es mirar a los ojos a la persona que dio la vida por ti, al hombre que movió cielo y tierra para rescatarte de las garras del mismísimo infierno, y no tener la más mínima idea de quién es.

Un mes. Ese fue el tiempo que mi cuerpo pasó sumergido en una profunda y fría oscuridad tras el atentado. Treinta días en coma donde mi mente intentó protegerse borrando cada uno de mis recuerdos.

Cuando por fin abrí los ojos por primera vez, la realidad me golpeó con la fuerza de un huracán. Frente a mí estaba él. Un hombre imponente, de mirada peligrosa pero devastada, que se aferró a mis manos temblorosas y me soltó una verdad que mi cerebro no pudo procesar. Me habló de una organización, de secretos, de un amor obsesivo y de una familia que construimos juntos durante seis años.

Escuchar todo aquello fue como recibir un disparo directo al pecho. El impacto psicológico fue tan brutal que mi mente colapsó. La oscuridad me reclamó de nuevo, y al despertar por segunda vez, el vacío en mi memoria era absoluto. No recordaba sus palabras, no recordaba su rostro... no recordaba mi propio nombre.

El pánico se apoderó de mí. Al ver ese entorno peligroso y desconocido, el instinto de supervivencia me obligó a hacer lo único que me pareció lógico: huir. Aproveché un descuido y escapé, adentrándome en la penumbra de un bosque espeso, sin saber que cada uno de mis pasos era vigilado con desesperación desde las sombras.

Esta es la historia de cómo intenté huir de mi destino, sin saber que estaba caminando directo de regreso a él.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.