Abro los ojos y siento un fuerte dolor en la cabeza. Miro a mi alrededor y lo único que veo es un montón de árboles.
No sé qué hago aquí, ni cómo llegué. Intento levantarme, pero un pinchazo agudo me atraviesa la frente y me hace perder el equilibrio.
Caigo de nuevo al suelo, lastimándome las rodillas y las manos con las piedras filosas.
Con un segundo esfuerzo, logro sujetarme del tronco de un árbol antes de volver a caer.
Espero a recomponerme y, cuando siento que las piernas me sostienen, empiezo a caminar.
Intento recordar qué hago en este bosque, pero los recuerdos simplemente no llegan.
Estoy muy asustada.
Sigo avanzando entre la maleza hasta que logro dar con una carretera. Está completamente desolada; no veo ningún carro, ni tampoco personas. Genial, ahora resulta que estoy en medio de la nada y ni siquiera sé quién soy.
¿Qué se supone que debería hacer ahora?
Necesito que alguien me ayude,
¿pero quién lo va a hacer si no hay nadie cerca?
Sin más opciones, decido seguir el borde de la carretera para ver si me lleva a algún lado.
Después de media hora de caminata, logro dar con una casa... Bueno, qué digo casa, ¡es una tremenda mansión! Enfrente de mí se alza una reja gigante.
A lo lejos puedo ver la propiedad, varios carros de lujo y algunos hombres que parecen ser de seguridad.
La verdad es que no quisiera acercarme. Se nota que las personas que viven allí son demasiado ricas como para perder el tiempo ayudando a una chica con la ropa sucia, rota, y que ni siquiera sabe qué demonios le pasó.
Estoy por darme la vuelta y, cuando lo hago, un fuerte dolor me atraviesa la cabeza. Termino en el suelo y pierdo el conocimiento por completo.
...
Escucho voces a mi alrededor y se me acelera el corazón porque, por segunda vez en el día, no sé qué fue lo que me pasó. Abro los ojos lentamente y me encuentro a varios hombres a mi alrededor. El susto me invade y suelto un grito. Uno de los hombres se gira y me observa con una expresión sorprendida, aunque el gesto no le dura mucho.
Se empieza a acercar y, con cada paso que da, mi corazón se acelera cada vez más.
-Hasta que por fin despertó, señorita -me dice, sonriéndome con una expresión amable.
Cuando lo recorro con la mirada, caigo en cuenta de que es una especie de mayordomo por el uniforme impecable que lleva puesto.
-¿Qué me pasó? ¿Qué hago yo aquí? ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren de mí? -
Suelto un montón de preguntas seguidas, delatando lo increíblemente nerviosa que me encuentro en estos momentos.
-Cálmese, señorita, no le vamos a hacer nada. Solo la encontramos inconsciente en la entrada de la mansión y la trajimos hasta acá para poder ayudarla. Como se encuentra necesita algo-
Observo a mi alrededor y me doy cuenta de que estoy en una habitación muy luminosa, tendida sobre una cama.
-No, no necesito nada. Ya me encuentro mejor y me tengo que ir -digo, intentando incorporarme.
Trato de levantarme de la cama, pero un fuerte malestar en el cuerpo no me lo permite, haciéndome retroceder.
-Señorita, por favor, no se levante. Se nota que está muy débil. ¿Me puede decir su nombre? -me pide el hombre, mirándome con ojos cargados de preocupación.
Que me pregunte mi nombre es como si me cayera un balde de agua fría en la cabeza, porque, por más que lo intento, no logro recordar cuál es. Lo busco en mi mente, pero no llega absolutamente nada.
El vacío es total.
-Señorita, cálmese, por favor. No llore más -escucho su voz lejana.
Me paso las manos por las mejillas de inmediato; ni siquiera me había dado cuenta en qué momento empecé a llorar.
La impotencia me quema el pecho.
-Lo que pasa... es que no recuerdo mi nombre -confieso con la voz rota.
-No se preocupe, acuéstese -me consuela el mayordomo con suavidad-. En cualquier momento viene el señor con el médico para que la pueda examinar.
En el preciso momento en que voy a preguntar de qué señor está hablando, el sonido de la puerta abriéndose interrumpe mis pensamientos.
Editado: 13.06.2026