CAPITULO 7:"Antes del ruido"
Mashly descubrió el violín cuando era demasiado pequeño para sostenerlo correctamente. El instrumento parecía más grande que él, y aun así insistía en apoyarlo contra su hombro izquierdo con una determinación que sorprendía incluso a su profesor. No era un prodigio inmediato; al principio desafinaba, raspaba las cuerdas con demasiada fuerza, fruncía el ceño cada vez que el arco producía un sonido imperfecto. Pero había algo en su expresión —esa concentración luminosa— que hacía imposible apartar la mirada. Antes de que existieran las plataformas luminosas, los porcentajes en rojo y las voces artificiales que medían el amor como si fuera una variable defectuosa, hubo música. No la música sintética de Helix Dominion ni los zumbidos calculados de un sistema que respiraba cables, sino una música real, hecha de madera, resina y dedos que temblaban antes de tocar la primera nota.
Crimsno fue quien más tiempo la sostuvo.
No se conocieron en una escena grandiosa. Fue en un pasillo lateral del pequeño conservatorio del distrito, donde el suelo crujía ligeramente y las paredes estaban cubiertas de carteles antiguos anunciando recitales pasados. Mashly practicaba en una sala con la puerta entreabierta, repitiendo una misma frase musical una y otra vez, obstinado en lograr que la transición entre dos notas fuera limpia.
Crimsno se detuvo al escuchar.
No entró. No habló. Se quedó allí, apoyado contra la pared, escuchando cómo el sonido iba mejorando con cada intento.
Mashly fue quien abrió la puerta finalmente, irritado consigo mismo.
—No sale —murmuró sin notar que alguien estaba allí.
Crimsno dio un pequeño respingo.
—Sí sale.
Mashly lo miró por primera vez. Ojos azules, energía desordenada, cabello rosa que siempre parecía estar un poco fuera de lugar. Crimsno, en cambio, tenía el uniforme impecable, el cabello oscuro perfectamente peinado, las manos entrelazadas como si pidieran permiso para existir.
—¿Desde cuándo estás ahí? —preguntó Mashly.
—Desde que empezaste a repetir la parte difícil.
Mashly parpadeó.
—¿Y no te fuiste?
Crimsno negó con la cabeza.
—Quería escuchar cuando lo lograras.
Mashly sonrió. Fue una sonrisa pequeña, pero sincera
—Entonces entra. Si voy a equivocarme, al menos que alguien lo vea.
Ese fue el inicio.
Con el tiempo, el conservatorio se convirtió en un territorio compartido. Mashly practicaba horas enteras; Crimsno se sentaba en la última fila del pequeño auditorio vacío, siempre en el mismo asiento, siempre con la espalda recta y las manos apoyadas sobre las rodillas. Decía que estudiaba, pero casi nunca abría los libros.
—Hoy tocaré frente a más gente —anunció Mashly una tarde, dejando el estuche del violín sobre el banco.
Crimsno levantó la vista de inmediato.
—¿Cuánta?
—No sé. Tal vez treinta personas. O cincuenta. O mil. —Sonrió con exageración—. Bueno, no mil.
Crimsno frunció ligeramente el ceño.
—Si son muchas, ¿y si te equivocas?
Mashly encogió los hombros.
—Entonces me equivocaré frente a todos.
—Eso no te molesta.
—Me molestaría más no intentarlo.
Crimsno lo miró como si esa frase fuera una revelación.
La primera vez que Mashly tocó en un teatro real, las luces fueron demasiado intensas. El escenario parecía más grande de lo que recordaba durante los ensayos. Había otros músicos, todos mayores, todos con años de experiencia. Mashly era el más joven.
Crimsno estaba en el público.
No en primera fila, sino un poco más atrás, donde pudiera verlo sin ser visto. Llevaba las manos apretadas entre sí, los nudillos blancos, como si él fuera quien estuviera a punto de salir al escenario.
Cuando Mashly levantó el arco, buscó un rostro conocido.
Lo encontró.
Y en ese instante dejó de temblar.
La música comenzó suave, casi tímida, pero creció con cada compás. No era perfecta. Había pequeñas imperfecciones en las transiciones, leves desajustes que solo un oído entrenado notaría. Pero había emoción. Había intención.
Crimsno no parpadeó en toda la pieza.
Al final, cuando los aplausos llenaron el teatro, Mashly no buscó al director ni a los otros músicos. Buscó esos ojos cafés que lo habían esperado en un pasillo meses atrás.
Después del recital, salieron por la puerta lateral para evitar a la multitud.
—Te equivocaste en la tercera parte —dijo Crimsno apenas estuvieron solos.
Mashly soltó una carcajada.
—Gracias por el apoyo.
—Pero lo corregiste enseguida.
Mashly inclinó la cabeza.
—Sabía que estabas ahí.
Crimsno bajó la mirada.
—Siempre voy a estar.
No era una confesión. Era una promesa involuntaria.
Los años pasaron entre ensayos, tardes en el parque cercano al conservatorio y conversaciones que comenzaban con música y terminaban en cualquier otra cosa. Mashly hablaba de escenarios más grandes, de orquestas internacionales, de luces que no lo cegaran sino que lo impulsaran. Crimsno hablaba menos de sueños y más de miedos: a enfermar, a fallar, a no ser suficiente.
—Si algún día tocas en un teatro enorme —dijo Crimsno una tarde, sentados en el césped—, ¿cómo sabré que no te olvidarás de mí?
Mashly se recostó sobre el pasto, mirando el cielo.
—Porque siempre buscaré tu cara entre el público.
—Habrá miles.
—No importa. La encontraré.
Crimsno lo miró de perfil, el cabello rosa moviéndose con el viento.
—¿Y si no estoy?
Mashly cerró los ojos un segundo.
—Entonces tocaré peor.
Crimsno rió, una risa suave que casi nunca dejaba escapar en público.
Hubo momentos pequeños que se volvieron gigantes con el tiempo: compartir auriculares mientras escuchaban grabaciones antiguas; discutir sobre qué compositor era más apasionado; correr bajo la lluvia porque Mashly insistía en que el agua hacía que todo sonara distinto; quedarse en silencio en el escenario vacío después de un ensayo, imaginando un futuro que parecía inagotable.