Capitulo 8:"La Última Función"
El recuerdo no se desvaneció como un sueño. Se quebró. La música seguía flotando en la memoria de Mashly como una nota sostenida demasiado tiempo, pero la imagen del teatro vacío comenzó a fragmentarse, sustituida por otra más fría, más blanca, más parecida a los pasillos de Helix Dominion que al conservatorio donde todo había empezado. El pasado no terminó de golpe. Se deterioró lentamente. Los teatros comenzaron a cerrar con la excusa de reformas estructurales. Las orquestas fueron “reorganizadas” bajo nuevos patrocinadores tecnológicos. Los anuncios culturales fueron reemplazados por transmisiones institucionales que hablaban de eficiencia, de progreso, de optimización humana. Helix Dominion todavía no era un nombre público dominante, pero ya estaba presente en los márgenes, financiando programas, evaluando talentos, recolectando datos bajo la promesa de oportunidades. La ciudad cambió primero.
Mashly lo notó tarde.
Crimsno lo notó antes.
—Han instalado sensores en la entrada del conservatorio —dijo una tarde, apoyado contra la puerta lateral donde años atrás había escuchado por primera vez esa transición imperfecta entre dos notas.
Mashly afinaba el violín con distracción.
—Siempre hay sensores en todas partes.
—No como estos. Registran frecuencia cardíaca. Movimientos. Reacciones auditivas.
Mashly levantó la vista.
—¿Y qué importa? Solo tocamos.
Crimsno no respondió de inmediato.
—Nada es solo lo que parece.
Aun así, los recitales continuaron. Más grandes. Más transmitidos. Las cámaras ya no eran discretas; flotaban sobre el público, enfocando no solo a los músicos, sino también a los espectadores. Mashly decía que era publicidad. Crimsno sentía que era otra cosa. La noche de la última función fue la más brillante de todas. El teatro estaba lleno. No solo de personas, sino de pantallas. El logo de Helix Dominion apareció proyectado antes del inicio del concierto, bajo el argumento de “alianza cultural para el desarrollo del talento juvenil”. Hubo aplausos automáticos, inducidos por luces que indicaban cuándo reaccionar.
Mashly estaba emocionado. No por el patrocinio, sino por la magnitud del escenario. Las luces eran más intensas que nunca. La orquesta más numerosa. El público, interminable. No a mitad del auditorio. Crimsno estaba en primera fila. No escondido. Primera fila. Cuando Mashly salió al escenario, lo buscó de inmediato. Y lo encontró. Ojos cafés fijos en él, no en las pantallas. Fue la mejor interpretación de su vida. La música comenzó. Cada nota salió limpia, vibrante, decidida. No había duda en el arco, ni vacilación en los cambios de posición. El sonido llenó el teatro con una intensidad que hizo que incluso los sensores parecieran quedarse en silencio. No tocaba para Helix. No tocaba para el patrocinador. Tocaba para ese punto fijo en la primera fila que lo había acompañado desde el principio. Cuando terminó, el aplauso fue ensordecedor. Pero no fue el público lo que lo inquietó. Fue la pausa posterior. Las luces no bajaron.
En su lugar, el logo de Helix Dominion ocupó toda la pantalla principal. Una voz elegante, modulada, habló desde los altavoces.
—El talento excepcional debe ser protegido. Optimizado. Elevado.
El murmullo del público se volvió confuso.
—Esta noche —continuó la voz— seleccionaremos a quienes poseen el potencial para trascender los límites humanos.
Mashly frunció el ceño.
Crimsno se puso de pie.
Las puertas del teatro se cerraron.
No con violencia. Con suavidad automática.
En las pantallas comenzaron a aparecer nombres. Indicadores. Porcentajes.
Mashly vio el suyo.
Y debajo.
El de Crimsno.
La temperatura del auditorio descendió apenas unos grados.
—¿Qué significa esto? —susurró alguien detrás.
La voz respondió como si la pregunta hubiera sido parte del guion.
—Helix Dominion ofrece oportunidades exclusivas a individuos con alta resonancia emocional y capacidad de influencia colectiva.
Las luces se concentraron sobre ciertas filas.
Sobre la primera.
Crimsno sintió una vibración leve bajo sus pies.
Mashly dejó el violín sobre el atril sin darse cuenta.
—Esto no es parte del concierto —murmuró.
Los asientos seleccionados comenzaron a iluminarse en azul.
—Los elegidos serán trasladados a una fase de evaluación inicial —dijo la voz—. No hay motivo de alarma.
Siempre decían eso.
No hay motivo de alarma.
Crimsno subió al escenario sin pensar, rompiendo cualquier protocolo. Los guardias que aparecieron desde los laterales no lo detuvieron de inmediato; parecían más interesados en dirigir al resto del público hacia salidas específicas. Mashly lo miró acercarse con el mismo gesto que había tenido años atrás cuando lo descubrió escuchando desde el pasillo.
—¿Qué está pasando? —preguntó.
Crimsno negó con la cabeza.
—Nos eligieron.
—¿Para qué?
La respuesta no vino de él.
Vino del techo.
—Para algo más grande que la música.
El suelo bajo el escenario vibró.
Las pantallas mostraron gráficos que ahora resultaban dolorosamente familiares: compatibilidad emocional, impacto en audiencia, sincronización fisiológica. La palabra “Apego” apareció junto a sus nombres.
Mashly tomó la mano de Crimsno sin pensar.
No fue un gesto dramático. Fue instintivo.
—No voy a ir a ningún lado sin ti —dijo.
Crimsno apretó su mano con fuerza.
—No es una invitación.
Las luces se intensificaron hasta volverse blancas.
La última imagen que Mashly tuvo del teatro no fue el público ni las cámaras, sino el escenario vacío segundos después, el violín todavía apoyado en el atril, solo, bajo un foco que ya no tenía música que iluminar.Regresaron al presente con un sobresalto interno, aunque sus cuerpos en la Cámara de Evaluación permanecían inmóviles. La simulación había terminado, pero Helix no solo medía decisiones bajo presión. También inducía memorias, reactivaba conexiones neuronales asociadas al apego. El recuerdo terminó ahí.