El calor llegó sin aviso.
No fue una transición suave ni una subida gradual de temperatura, sino una presión súbita, pesada, como si el aire hubiera decidido volverse sólido. Al cruzar las puertas del instituto hacia el exterior, Lyra sintió cómo el ambiente le golpeaba el rostro y le raspaba la garganta al respirar. Cada inhalación era más densa que la anterior, cargada de un aroma seco, casi metálico, impropio de la estación.
El sol brillaba alto, demasiado alto para esa hora de la tarde, y su luz caía sin piedad sobre el asfalto del estacionamiento, que devolvía el calor en ondas visibles. El mundo parecía vibrar levemente, como si la realidad estuviera a punto de agrietarse.
Lyra se detuvo un segundo, llevándose una mano al pecho.
Algo no estaba bien.
—¿Siempre ha hecho tanto calor en esta época? —murmuró Kael, aflojándose el cuello de la camiseta mientras caminaba a su lado.
Había sudor en su frente, y no llevaba ni cinco minutos fuera del edificio.
—No —respondió Lyra casi de inmediato—. Esto no es normal.
Lo dijo sin pensarlo, con una certeza que la sorprendió incluso a ella misma.
A su alrededor, los estudiantes comenzaban a reaccionar. Algunos se quejaban en voz alta, otros se reían nerviosos, intentando restarle importancia a lo evidente. Varias personas revisaban sus teléfonos, levantando las cejas al leer titulares que se actualizaban segundo a segundo.
El cielo, despejado hasta hacía unas horas, tenía ahora un tono extraño, deslavado, como si alguien hubiera bajado la saturación del mundo. No había nubes, pero tampoco la claridad habitual. Todo parecía cubierto por una capa invisible que distorsionaba la luz.
—Esto se siente… raro —dijo Mira, pasando su mano por el aire frente a ella—. Como si estuviéramos dentro de un horno mal calibrado.
Antes de que cualquiera pudiera responder, una de las pantallas del pasillo principal del instituto cambió de programación. El murmullo general disminuyó cuando apareció el noticiero en transmisión en vivo.
La presentadora hablaba con una sonrisa tensa, demasiado entrenada para ocultar la preocupación.
“Las temperaturas han aumentado de forma abrupta en distintos puntos de la ciudad y en zonas cercanas. Las autoridades aseguran que están investigando la causa, mientras que en redes sociales ya circulan teorías que van desde fallos en el sistema climático hasta experimentos secretos y conspiraciones gubernamentales…”
—Genial —dijo Aiden con ironía—. Cinco minutos más y alguien va a decir que esto es culpa de extraterrestres.
Kael soltó una risa breve, pero se apagó rápido.
Noah no se rió.
Se había quedado completamente quieto, con la mirada fija en la pantalla. Sus ojos no seguían las imágenes ni los subtítulos; estaban enfocados en un punto indefinido, como si escuchara algo que los demás no podían percibir.
Lyra lo observó con atención.
—Noah… —empezó a decir.
Entonces ocurrió.
No fue un sonido. Tampoco un dolor.
Fue una pulsación.
Una vibración profunda, interna, que recorrió sus cuerpos al mismo tiempo, sincronizada, exacta, imposible de ignorar. Lyra sintió cómo le subía por la columna vertebral y le explotaba suavemente en el pecho. Instintivamente, llevó una mano a su muñeca, donde la piel le ardía con una intensidad nueva.
Kael apretó los dientes, cerrando los ojos por un segundo.
Mira inhaló bruscamente, como si le hubieran robado el aire.
—¿Lo sintieron…? —preguntó ella en voz baja, casi con miedo de escuchar la respuesta.
Noah asintió despacio.
—Sí —dijo—. La torre se activó.
No hubo necesidad de decir nada más.
La certeza cayó sobre ellos con el mismo peso que el calor. No era una suposición ni una teoría. Lo sabían. Sus cuerpos lo sabían. Nexus había vuelto a moverse.
El trayecto hasta la casa de Noah se hizo más corto de lo habitual, aunque ninguno recordaría después haberlo recorrido conscientemente. Caminaban en silencio, envueltos por un calor que parecía intensificarse con cada calle, como si algo los llamara, guiándolos de regreso al punto donde todo comenzaba.
Los árboles parecían marchitos antes de tiempo. El pavimento despedía un vapor tenue. Incluso el viento, cuando aparecía, era caliente y seco, carente de alivio.
—Esto no está pasando solo aquí, ¿verdad? —preguntó Kael finalmente.
—No —respondió Noah sin mirarlo—. Pero sí está empezando aquí.
Al llegar a su casa, Noah no perdió tiempo en explicaciones. Abrió la puerta del garaje y encendió el sistema con movimientos rápidos y precisos. Sus manos se movían con una seguridad casi automática, fruto de noches enteras de ensayo, error y obsesión.
Las pantallas se iluminaron una tras otra, llenando el espacio con un resplandor artificial que contrastaba con la luz incandescente del exterior.
—Díganme que no es lo que creo que es —dijo Aiden, apoyándose en la mesa mientras el mapa principal cargaba.
El silencio se rompió cuando la interfaz de Nexus apareció ante ellos.
Un nuevo submundo ardía en el centro del mapa.
Rojo. Naranja. Dorado.
Colores vivos, agresivos.
—Submundo ígneo confirmado —anunció Noah, tecleando sin detenerse—. La torre está activa al cien por ciento.
—Fuego… —susurró Mira—. Claro que tenía que ser fuego.
Lyra no dijo nada.
Observaba la pantalla sin parpadear, con la extraña sensación de que el calor del exterior se filtraba incluso allí dentro. Era como si Nexus estuviera intentando extenderse, romper la barrera entre ambos mundos.
—¿Dónde está la torre? —preguntó al fin.
Noah amplió la imagen, revelando un paisaje hostil: ríos de lava, columnas de roca negra, estructuras que parecían surgir del magma mismo.
—Zona volcánica —explicó—. Terreno inestable, temperaturas extremas. Los enemigos estarán adaptados al entorno. No va a ser como la última vez.
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Editado: 14.03.2026