El calor en Nexus no era solo una sensación.
Era una presencia.
Aiden fue el primero en dar un paso adelante cuando la luz del transporte se disipó. El suelo bajo sus botas ardía, no lo suficiente para quemar, pero sí para recordarle constantemente dónde estaban. Cada pisada levantaba pequeñas chispas incandescentes, como si la tierra respirara fuego.
A su alrededor, el submundo ígneo se extendía en todas direcciones: enormes planicies de roca negra atravesadas por ríos de lava, columnas volcánicas que escupían humo rojo y nubes densas que teñían el cielo de un naranja opresivo. No había sol visible, pero todo brillaba como si uno estuviera demasiado cerca de él.
—Bienvenidos al infierno —murmuró Kael, observando cómo el aire se ondulaba frente a su rostro.
Sus armaduras ya se habían adaptado.
La de Aiden conservaba la silueta de espadachín, pero ahora estaba reforzada con placas oscuras resistentes al calor, surcadas por líneas anaranjadas que pulsaban suavemente. La katana se materializó en su mano con un destello blanco, el metal irradiando una energía fría que contrastaba con el entorno.
Lyra vestía su traje de tigresa, estilizado y ágil, con detalles incandescentes que parecían absorber el calor en lugar de sufrirlo. Sus guantes se cerraron con un suave chasquido, y las garras comenzaron a formarse, largas, curvas, brillantes como colmillos antiguos.
Mira, con su traje de conejo adaptado al fuego, tenía el reloj firmemente ajustado en la muñeca. El cristal reflejaba las llamas cercanas mientras ella giraba sobre sí misma, evaluando cada posible amenaza.
Kael, envuelto en su armadura de guerrero oscuro, parecía casi una sombra viva entre la luz del magma. De sus muñecas, los mecanismos internos vibraban, listos para liberar los dardos venenosos.
—Escuchen —la voz de Noah resonó en sus oídos, firme pero tensa—. Las lecturas son inestables. Este mundo reacciona rápido. No se queden quietos más de lo necesario.
—¿Ubicación de la torre? —preguntó Aiden, sin apartar la vista del horizonte.
En una de las pantallas del garaje, Noah amplió el mapa tridimensional.
—Al noreste. Está incrustada en una estructura volcánica central. Pero no es un camino directo. Helix levantó defensas móviles.
Como si el virus hubiera escuchado su nombre, el suelo tembló.
Una grieta se abrió frente a ellos, expulsando una columna de fuego que los obligó a retroceder.
—Eso no estaba en el mapa —dijo Mira, dando un salto ágil hacia atrás.
—Helix está improvisando —respondió Noah—. Está aprendiendo de ustedes.
Aiden levantó la katana.
—Entonces no le demos demasiado tiempo.
Avanzaron.
Cada paso los adentraba más en el corazón del submundo. Criaturas comenzaron a emerger del magma: figuras humanoides hechas de roca fundida, con ojos incandescentes y movimientos torpes pero poderosos.
—Contacto al frente —advirtió Kael.
—Mira, cobertura —ordenó Aiden.
Mira activó su reloj.
El mundo se distorsionó.
Las criaturas quedaron suspendidas en pleno movimiento, llamas congeladas en el aire. Aiden se lanzó hacia adelante, su katana cortando con precisión quirúrgica. Lyra lo siguió, sus garras desgarrando las estructuras ígneas como si fueran frágiles.
—Tiempo reanudado —dijo Mira, jadeando.
Las figuras explotaron en fragmentos ardientes que se desvanecieron antes de tocar el suelo.
—Buen trabajo —dijo Noah—, pero no se confíen. Esto fue solo la primera oleada.
Como si fuera una respuesta directa, el cielo rugió.
Desde las alturas descendieron criaturas aladas, con cuerpos de obsidiana y alas envueltas en llamas.
—Genial —gruñó Kael—. Ahora vuelan.
Extendió los brazos y lanzó una ráfaga de dardos. Impactaron en las criaturas, el veneno actuando de inmediato, cristalizando partes de sus cuerpos y haciéndolas caer en picada hacia la lava.
Lyra observó todo con el corazón acelerado.
Pero había algo más.
Una presión interna, una llamada constante que tiraba de ella hacia adelante.
—La torre está cerca —dijo sin saber cómo lo sabía—. Puedo sentirla.
Noah guardó silencio unos segundos.
—Eso coincide con mis lecturas —admitió finalmente—. Lyra… tu conexión es cada vez más clara.
Avanzaron hasta que la vieron.
La torre del fuego emergía desde el cráter de un volcán activo, una estructura imposible hecha de metal oscuro y energía incandescente. Runas rojas recorrían su superficie, latiendo como un corazón enfermo.
—Ahí está —susurró Mira.
El suelo comenzó a moverse.
Un ejército entero surgió alrededor de la torre, criaturas más grandes, más rápidas, claramente diseñadas para detenerlos.
—Helix no quiere que lleguemos —dijo Kael.
—Entonces vamos por él —respondió Aiden.
El combate fue brutal.
Aiden lideró el avance, su katana trazando arcos luminosos. Kael cubría los flancos, Mira levantaba escudos en momentos críticos, deteniendo el tiempo lo justo para evitar golpes mortales.
Lyra se abrió paso con ferocidad, sus garras cortando, su cuerpo moviéndose con una fluidez que no sabía que poseía.
—Lyra, ahora —ordenó Noah—.
Ella corrió hacia la torre sin voltear atrás.
El mundo pareció ralentizarse mientras ascendía los escalones de roca ardiente hasta llegar a la torre, al ingresar a esta corrió hacia el núcleo. Frente a ella apareció la superficie lisa, roja, vibrante. La pantalla.
Colocó su mano derecha.
Las letras surgieron de inmediato:
Cod Lyra – Cod Nexus
El mundo gritó.
Una onda expansiva recorrió el submundo. Las criaturas se desintegraron. La torre comenzó a resquebrajarse, la energía roja apagándose lentamente.
—¡Desactivación confirmada! —gritó Noah—. ¡Salgan de ahí!
La luz los envolvió.
Y el fuego se extinguió.
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Editado: 14.03.2026