No debería haber ido. Papá me lo dijo mil veces, pero cuando vio que el cargamento de condensador Q-9 había llegado con el sello roto –el que significa que alguien le había cambiado el contenido por ropa vieja y chatarra–, su cara se puso tan apagada que hasta su piel azul oscura pareció volverse ceniza, y supe que no teníamos más opciones.
Habíamos invertido todos los créditos que guardábamos en ese lote; créditos que llevaba ahorrando desde antes de que yo pudiera caminar solo por los pasillos de la Estación K-7, nuestro planeta-base en el borde más lejano de la Vía Láctea. Donde yo nací, donde vivimos desde que me acuerdo, donde la Federación Galáctica ni siquiera aparece en los mapas que venden en los puestos de la plaza central.
—Kai, hijo mío, esta es nuestra única oportunidad de llegar a Aelius—; me había dicho Papá una vez, mientras limpiábamos las bodegas de la nave Cazador de Mares Estelares
El nombre es una broma, porque aquí no hay mares, solo polvo y rocas que se calientan hasta quemar la suela de tus botas cuando el sol local está en cenit. La nave es más bien un cubo metálico viejo que alguna vez fue parte de una flota de carga legal, pero que ahora vive de los transportes que nadie más quiere llevar: los que la Federación considera “fuera de su jurisdicción”, lo que en realidad significa que son ilegales, peligrosos o ambos.
Pero esta vez no era un transporte.
Era un truco.
Alguien había estafado a Papá, y cuando él fue a reclamarle a los almacenes de Thorne, me mandó a esperar en la entrada de la zona de carga . Obedecí... almenos al principio. Luego escuché los gritos, vi cómo dos de sus hombres le pegaban en las costillas con los puños envainados en metal, y no pude quedarme quieto.
Me lancé sobre el que llevaba una barra de acero en la mano, le di un golpe en la rodilla tan fuerte como pude. Mientras él se doblaba de dolor, vi que uno de los otros sujetos había dejado la bolsa negra sobre un contenedor para golpear a Papá, así que la agarré de un salto, Papá había metido los documentos y los créditos que aún quedaban –los que no habían sido robados– y salí corriendo por el pasillo lateral que conozco como la palma de mi mano.
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Me caí de cara sobre la grava de la calle, y el polvo de nuestro planeta –finísimo, grisáceo, con un toque metálico que siempre se queda en los dedos– se metió en la herida que me había abierto uno de los tipos. Me quemaba, pero no pude hacer más que agarrarme a la bolsa negra que llevaba debajo del brazo mientras intentaba respirar sin tragar tierra. Detrás mío, los pasos pesados de los hombres de Thorne se acercaban con la lentitud de una marea que sabe que va a llevarse todo a su paso.
Los pasos se detuvieron cerca de donde yo estaba tendido en el suelo. Sentí su sombra caer sobre mí, y el olor a combustible de nave y alcohol barato
—Deja la bolsa, chiquillo de color azul— dijo uno de ellos, su voz rasposa como si hubiera estado tragando arena todo el día.— a Jax no le gusta que se le escapen las cosas que considera suyas y aquí, todo es suyo, incluso los que intentan desafiarlo por si no lo sabías—.
Me obligué a levantarme de golpe... cada movimiento me hacía ver destellos... Al correr, la sacudida de mis pasos hacía que la herida de la cabeza me doliera con más fuerza, y tuve que cerrar un ojo para no marearme. Me quedé de pie, a duras penas, y apreté la bolsa contra mi pecho. Mis manos temblaban, pero no por miedo, al menos no solo por eso. Por rabia. Porque en esta mierda de planeta, todo es así: los fuertes se comen a los débiles, y los que intentan salir adelante siempre terminan muertos en el suelo.
La Estación K-7 no es un planeta como los que muestran en las Holo-vídeos que llegan de los mundos centrales. No hay árboles, no hay ríos, no hay nada que parezca vida salvo nosotros –la gente que no tuvo otra opción que venir aquí, o que nació aquí y no conoce nada más. Está construida sobre una roca gigante que gira lentamente alrededor de una estrella enana roja, así que la luz siempre es tenue, como si estuviéramos en un atardecer perpetuo.
Las calles son pasillos de metal que conectan las bodegas, los puestos de comida, las viviendas y los talleres donde arreglan naves rotas. Todo huele a aceite, a oxígeno reciclado que tiene un sabor a cobre, y a los alimentos sintéticos que nos dan para sobrevivir. A veces, cuando hay un cargamento de mercancías frescas que llega de algún planeta del sector vecino, se puede oler a frutas o a hierba, y todo el mundo se para a respirar hondo, como si esa fragancia fuera el aire de un paraíso que nunca vamos a alcanzar.
El hombre que me había hablado dio un paso adelante. Tenía la cabeza calva, con tatuajes de símbolos de los gánsteres espaciales que controlan el tráfico en estos bordes. A su lado, otro más alto y delgado movía los dedos como si estuviera deseando darme otra paliza. Yo sabía que no podía pelear con los dos, pero tampoco podía dejar la bolsa. Allí estaban los documentos que Papá había conseguido con tanto esfuerzo–falsificados por supuesto, con tecnología que imita la de los planetas del sector interior, ya que en Aelius la verificación no es tan estricta para los migrantes que llegan de zonas remotas...–. Y los créditos que le faltaban para comprar los pasajes en la nave que sale hacia allá dentro de tres días. Si los pierdo, perdemos todo.
—No es de él—, dije, y mi voz salió más firme de lo que me sentía. —Se lo robaron a nosotros. Ustedes cambiaron el cargamento por basura—.
El hombre calvo rio, un sonido seco que resonó en las vacías calles. —En la Estación, lo que tiene Jax Thorne es de Jax Thorne. Lo que no tiene, también es de Jax Thorne. Eso es la ley aquí, chiquillo. Ahora, o me das la bolsa, o te la saco de las manos y te dejo tirado aquí para que los rastreadores de chatarra te encuentren cuando vengan a recoger lo que queda de ti—.
No me quedó más remedio que correr de nuevo. Giré y fui al centro principal de nuestra "ciudad" que lleva a la zona de las naves estacionadas, donde siempre hay mucho movimiento –pilotos, cargueros, contrabandistas que llegan y se van antes de que alguien les pida cuentas.