La sala estaba completamente oscura, salvo por una fogata en medio de todo. Era una fogata de color morado que brillaba tenuemente, como si estuviera por consumirse, aunque frente a ella, una sombra estaba sentada, con las piernas cruzadas en mariposa, contemplándola con mucha atención, como esperando que algo pasara entre sus llamas y el hecho de distraerse unos segundos, haría que se lo perdería, algo que no podía permitirse.
La luz se abrió paso desde el otro lado de la sala. Acababan de abrir la puerta.
—Bienvenida de nuevo, Comandante Madeleine Whiterose— Saludo la figura sentada, sin apartar la vista del fuego.
La mujer que entro era alta, de un cuerpo muy entrenado a simple vista pero que no parecía perder del todo su encanto femenino, con unos cabellos morenos largos adornados por un moño grande blanco el cual sostenía una cola un poco más corta. Tenía la tez olivácea, ojos rojos brillantes, labios delgados y una nariz respingada.
Vestía unos pantalones blancos pegados, una blusa blanca y sobre esta, un saco de color blanco también, con un par de insignias, además de un sombrero de ala corta blanco, clásico en las comandantes.
—Ha pasado un tiempo, Takhal, miembro de Prisma— La mujer avanzo hasta quedarse ahí de pie, del otro lado de la fogata, con los brazos cruzados.
—Supongo que si ¿Qué la trae por aquí el día de hoy?— Preguntó el hombre, levantando el rostro, permitiendo que la mujer lo viera después de tanto.
Era un hombre alto aunque no se notaba porque estaba sentado, delgado, de tez olivácea pero pálida, de ojos negros profundos que descansan sobre unas bolsas muy marcadas, de labios delgados, quebrados y una nariz fina. Es calvo y tenía un tatuaje de una flama que parece salir desde su cabeza hasta su ojo derecho. En ese ojo, en la pupila tenía tatuado un hexágono negro.
Su ropa consistía en una playera negra, y sobre esta, un chaleco de color café claro, con unos pantalones del mismo tono que su chaleco, unas sandalias y en sus manos llevaba pulseras con grandes perlas rojas y azules.
—Bien debes saber que me trae aquí— La mujer mantuvo esa expresión seria.
—Sabe cómo me ven los otros miembros del Prisma ¿No?— El hombre recargo su rostro en su mano la cual recargo en su pierna— Buscar sabiduría en un loco que ama drogarse no es lo mejor que una comandante puede hacer y menos teniendo a gente brillante como Solaris a disposición.
—Hasta ahora, tus visiones no hay estado equivocadas…
—Suerte, solo eso— Aseguro el hombre mientras se erguía aun sentado, entonces saco una caja de color dorado brillante, plana, sin relieves o dibujos— Hay momentos en que el Loco no me da lo que necesito y entonces me equivoco…
Madeleine sabía que era un juego de suerte, pues eso que el hombre tenía en su mano era el Arcano número cero, la caja del Loco, la cual te entregaba un objeto útil o inútil dependiendo de tu suerte.
Pese a que era el Loco el que le daba las drogas correctas o incorrectas, era verdad que el tipo tenía una gran capacidad para ver el futuro, al fin y al cabo, las hojas por si solas no servían de nada, más allá de las actividades recreativas y la activación de su visión, su poder innato.
El hombre la abrió y saco un montón de hojas las cuales dejo caer sobre la fogata, la cual se ilumino intensamente de color violeta, luego verde, luego rojo, naranja, amarillo, azul hasta volver al morado.
El hombre se inclinó, suspirando el vapor lo que al instante ilumino sus ojos con un brillo violeta demencial.
—Puedo ver que perderás algo si no eres lo suficientemente rápida— Aseguro el hombre, volteando los ojos.
La mujer frunció los labios.
—Pero podrás salvarlo, que es lo importante— Termino el hombre, esbozando una gran sonrisa que estremeció a la mujer ¿Una comandante podía sentirse intimidada por un hombre que no era para nada fuerte?
La mujer se fue de ahí cuando el hombre dejo de hablar.
No pudo evitar pensar en sus dos hijos y en lo que estarían haciendo ahora mismo.
Sky Tower era una de las siete ciudades creadas por la humanidad en el desierto blanco, con muchos kilómetros de largo, con grandes edificios que parecían infinitos, con autos que van de un lado a otro en la calle, con gente que iba por ahí y por allá rumbo a sus trabajos o a otros lugares haciendo bromas o hablando por teléfono, entre un bullicio casi familiar. El cielo no tenía tantas naves como se esperaría pero si autos que volaban y que terminaban entrando en los altos edificios por algunos estacionamientos especiales. En el cielo una cúpula los cubría para evitar los peligros de afuera y para crear un ambiente soleado, pues en ese lugar no había ciclo de día y noche.
Por otro lado, la academia Sky Tower era un gran edificio de color blanco que se alzaba no tan alto como otros rascacielos pero que estaba en la zona más exterior de la ciudad, con el fin de que sirva como defensa, con paredes gruesas blancas y vidrios especiales. En cada piso había aulas, tenía zonas de ejercicio con máquinas en otro piso, zonas de prácticas para deportes o para combates, un comedor enorme donde cabían fácilmente doscientos alumnos y más arriba, las habitaciones de los alumnos.
El comedor de la academia era una zona grande con varias mesas blancas que daban a un gran ventanal desde donde se podía ver la ciudad, todo de un color blanco brillante que deslumbraba y más con todas las luces prendidas, sobre todo a esa hora, que el cielo mostraba la oscuridad de la noche.