Nexus Parte I V: La Singularidad

Reconstrucción.

La amenaza del Kraj había llegado a su fin y el poder ver a gente caminando por la tierra con tranquilidad, hablando de trivialidades y de trabajo después de tantos años de guerra, lo denotaba.  

Sin mencionar que muchos ya se habían acostumbrado a su vida en la Ciudad Sumergida y en la Ciudad del Cielo por lo que solo algunos estaban dispuestos a trabajar por crearlo todo de nuevo.

De todas formas, habitar la tierra se volverá normal de nuevo con el tiempo y el trabajo de todos.

Ahora la Ciudad del Cielo estaba pegada a la tierra y no estaba en modo de ataque por lo que se podían observar los edificios grandes de departamentos con grandes ventanas, los edificios pequeños que se encargaban de la distribución de productos o de trabajo, además de las pequeñas zonas verdes que había repartidas por toda la ciudad, cada una equipada para poder sembrar sobre ella. Había grandes domos que guardaban todavía más zonas verdes elevadas como platillos, aunque estas con animales y otros seres que servían para la preservación. Incluso contaba con una zona para desplegar armamento aéreo aunque ahora, todos los aviones estaban estacionados.   

Era la más reducida de las tres ciudades fortaleza construidas durante la crisis del Kraj pero porque esta fungía como central militar.

Estaban en la sala central de Ciudad del Cielo, una habitación con paneles blancos y una gran mesa circular.

—Me descuido, no sé, veinte minutos y así dejan mi planeta— Edwina Schrödinger estaba con los brazos en jarra mirando por la ventana de uno de los edificios de la Ciudad del Cielo, contemplando el movimiento que ocurría abajo. La gente pisando la tierra después de muchos años era como ver bebes caminando por primera vez.

La mujer ya no vestía su túnica negra larga ni su máscara con el cráneo del ciervo.

Era una mujer de rostro pálido, ojos grises, nariz respingada, labios delgados y tres lunares bajo su ojo derecho. Tenía los cabellos cortos grises que le caían sobre los hombros con una única trenza cayendo por la derecha de su rostro. Llevaba unos lentes negros.  

Ahora se podía observar su ropa, una blusa blanca de mangas cortas con un corsé negro que resaltaba su busto, llevaba unos guantes gruesos, como los que usan los electricistas de color negro con los dedos blancos, un short corto de color negro y unas medias blancas que le llegaban a la mitad muslo, además de unas botas negras.

—Señorita ¿Podría comenzar con la historia?— Preguntó Irene Sánchez con cierta vergüenza.

Una chica de tez clara, cabellos castaños largos, también usa lentes aunque de pasta roja, de ojos castaños oscuros, de nariz respingada y labios gruesos. Su cuerpo era delgado y sin ápice de fuerza física visible.

Llevaba un pantalón de mezclilla y una blusa guanga negra.

— ¡Claro, claro!— Edwina dio media vuelta y se acercó a ella y también comenzó a mirar con atención a su hermana, Beatrisa Yvanovich, quien estaba sentada a su lado— Aun me parece increíble que su creadora haya alcanzado este nivel de perfección en ustedes ¡Son dignas de diosas, mi querida Prasma, mi querida Átropos! Seguro que Miss M se sentiría celosa.

Beatrisa se sintió un poco intimidada.

Beatrisa, conocida como Átropos era la hermana gemela de Irene o Prasma por lo que se parecían, salvo por el hecho de que sus cabellos y el color de sus ojos eran negros. Había tomado esa apariencia porque era lo más fácil pero tomando en cuenta el contexto de ser hermana biológica de Diego Sánchez, con ella la gente levantaba la ceja.

Ella vestía un sencillo vestido largo de color negro con un chaleco blanco.

—No necesitas acercarte tanto— Colín Muñiz se puso en medio de Edwina y de Irene.

La celosa era una chica de baja estatura, de ojos azules, tez clara y pecas por toda la cara. Su rostro era redondo, con labios delgados, cabellos largos morenos sueltos, nariz respingada. En apariencia era delgada.

Ella llevaba un vestido blanco de una sola pieza con unas mallas negras.

—Tranquila, no voy tras ella— Edwina le quito importancia con la mano y se sentó en la mesa como si nada, mirando por la ventana— Vamos, no se vean tan tensos ¡Le ganaron a un dios!

Los presentes solo intercambiaron miradas incomodas. Tanto los científicos jefes de Hoffnungsschimmer, como los portadores de tesoros sagrados y sus compañeras niñas mágicas.

Edwina se puso seria unos segundos— Los tipos del cielo les dijeron que tenían un año ¿No? Bueno, iremos por ellos antes de que lleguen y verán que ganaremos. Por primera vez pero…

— ¿Por qué no empiezas desde el principio?— Insistió Irene— ¿Quiénes son? ¿Qué buscan?

—Veamos… — La mujer giro para sentarse de mariposa aun sobre la mesa— Todos ellos soy yo.

Eso dejo confundidos a todos.

—La Singularidad 00 no es otra cosa que un grupo de mi haciendo cosas muy de mi ¿Lo entienden?

­— ¿Son tus clones?— Preguntó Beatrisa, aun sin entenderlo.

—No, se refiere a que son ella en otros universos— Señalo Heldegarde Schwarz— ¿No?

La mujer era de cabellos morenos, alta, delgada, de ojos color verde, de tez clara con varios lunares en el rostro, además de una quemadura en la mejilla izquierda provocada por sus experimentos de joven. Se veía demacrada debido a estar llorando, pues al final, el Kraj no era más que su hijo completamente loco.




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