—Tres meses antes—
Nunca debí aceptar.
Esa era la conclusión a la que había llegado exactamente diecisiete veces desde que el hidroavión aterrizó sobre aquella extensión imposible de agua turquesa.
Y probablemente llegaría a la misma conclusión otras cincuenta antes de que terminara el viaje.
Porque aquello no parecía real.
Parecía una de esas fotografías que la gente publica en redes sociales acompañadas de frases como "viviendo mi mejor vida" o "manifestando abundancia" mientras una escucha la canción más triste de su playlist y se pregunta por qué el universo tiene favoritos.
Todo era absurdamente perfecto.
La arena era tan blanca que parecía editada.
El mar tenía tantos tonos de azul que sinceramente me parecía una falta de respeto para el resto de playas del mundo.
Turquesa.
Celeste.
Azul profundo.
Verde cristalino.
Todos mezclándose bajo el sol como si alguien hubiera decidido convertir una postal en un lugar real.
Las palmeras se balanceaban suavemente con la brisa marina y el aire olía a sal, flores tropicales y dinero.
Muchísimo dinero.
Demasiado dinero.
Dinero suficiente como para pagar mi alquiler durante varios años.
Quizá décadas.
Tal vez una vida entera.
No lo sabía porque honestamente me daba miedo hacer cálculos.
Frente a mí se extendía una larga pasarela de madera pulida que conectaba decenas de villas privadas construidas directamente sobre el océano. Algunas tenían piscinas infinitas. Otras tenían terrazas enormes con hamacas suspendidas sobre el agua.
Y todas parecían pertenecer a personas que jamás habían tenido que preocuparse por revisar el precio de algo antes de comprarlo.
Luego estaba yo.
Sofía Rivas.
Veintiséis años.
Diseñadora gráfica.
Hija de un mecánico y una profesora.
Y por supuesto que no estaba renegando de mis padres.
Jamás.
Mi madre probablemente me arrancaría una teta de cuajo si llegaba a escucharme decir algo remotamente parecido.
Y con justa razón.
Porque ellos habían trabajado toda su vida para darme todo lo que pudieron.
Lo que ocurría era que aquel lugar parecía existir en una dimensión completamente distinta a la mía.
Una donde la gente desayunaba frente al mar sin preocuparse por las cuentas.
Donde los cócteles costaban más que mi factura mensual del internet.
Y donde los empleados sonreían con tanta perfección que empezaba a sospechar que les pagaban bonos por cada cliente impresionado.
Estaba parada en medio de todo aquello con una mochila colgada del hombro y la sensación permanente de que en cualquier momento alguien aparecería corriendo para decir:
"Disculpe, señorita. Hubo un error administrativo terrible. Usted claramente no pertenece aquí."
Y sinceramente no tendría argumentos para discutirlo.
Mis tenis todavía tenían arena del aeropuerto.
Mi cabello estaba sobreviviendo gracias a la buena voluntad de Dios.
Y la única razón por la que me encontraba en Maldivas era porque Alejandro había insistido durante semanas.
Semanas.
Porque según él:
"Necesitas vacaciones."
Como si las vacaciones fueran algo que una aceptara así de fácil.
Como si no hubiera pasado tres días enteros preguntándole si estaba seguro.
Como si yo no hubiera intentado rechazar la invitación aproximadamente treinta veces.
Y como si él no hubiera ignorado las treinta.
—Estás mirando alrededor como si fueras a robarte una lámpara.
Giré la cabeza.
Y ahí estaba él.
Alejandro Moretti.
Como siempre.
Ridículamente elegante sin intentarlo.
Una camisa blanca arremangada hasta los antebrazos.
Pantalones claros.
Cabello rubio platino ligeramente despeinado por el viento.
Y esa expresión tranquila que hacía parecer que absolutamente nada en el universo podía sorprenderlo.
Ni una crisis financiera.
Ni un huracán.
Ni yo.
Lo cual era particularmente ofensivo porque yo me consideraba bastante sorprendente.
Por desgracia.
Alejandro tenía el tipo de belleza que resultaba molesta.
Porque una espera encontrar algún defecto.
Algo.
Lo que sea.
Una oreja rara.
Un ojo ligeramente desviado.
Un diente torcido.
Pero no.
Nada.
Su piel parecía esculpida en porcelana.
Sus facciones eran delicadas de una forma casi injusta.
Y sus ojos verdes claros observaban el mundo con una calma que me daban ganas de lanzarle una chancla para comprobar si era humano.
Y lo peor.
Lo absolutamente peor.
Era que ni siquiera parecía darse cuenta.
Como si despertar viéndose así fuera algo normal.
Como si no estuviera provocando problemas cardíacos innecesarios a la población.
Incluyéndome.
Especialmente incluyéndome.
Lo observé durante unos segundos.
Luego observé el resort.
Después volví a observarlo.
Y sinceramente no estaba segura de cuál de las dos cosas resultaba más intimidante.
—Estoy evaluando cuánto costaría vender uno de estos bungalows en el mercado negro.
Su boca se curvó apenas.
No fue una sonrisa completa.
Ni siquiera una de esas sonrisas que cualquier persona normal consideraría una sonrisa.
Fue apenas una ligera elevación en una comisura.
Un gesto mínimo.
Pequeño e Insignificante.
Y aun así mi cerebro decidió prestarle más atención de la necesaria.
—¿Ya empezamos?
—Alejandro, esto cuesta más que mi apartamento.
—No.
—¿No?
—Cuesta más que tu apartamento y el edificio completo.
Lo miré horrorizada.
No porque dudara de él, al contrario, porque probablemente estaba diciendo la verdad.
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Editado: 27.06.2026