Me desperté en esa cómoda cama que parecía estar hecha con nubes convencida de que el problema había sido la luna.
Era una teoría bastante sólida.
La luna tenía antecedentes. Inspiraba poemas, decisiones cuestionables y aparentemente, también la absurda idea de que Alejandro Moretti estaba a punto de declararme algo importante en medio de una playa paradisíaca y que por eso me había invitado a estas vacaciones tan irreales.
Sí.
Definitivamente había sido culpa de la luna.
Porque ahora, con la luz del día entrando por los enormes ventanales de la villa, todo parecía mucho más lógico.
Mucho más normal (en lo que sea que pudiera abarcar la palabra "normal" en esta situación).
Mucho menos peligroso.
O eso pensé durante aproximadamente cuarenta segundos.
Cuarenta gloriosos segundos en los que mi cerebro logró convencerme de que la conversación de la noche anterior no había significado nada, que aquella tensión extraña que parecía instalarse entre nosotros cada vez que nos quedábamos solos era producto del cansancio, del viaje y, por supuesto, de la luna.
Entonces abrí los ojos por completo.
Y recordé dónde estaba.
El colchón era tan cómodo que honestamente me costó varios segundos distinguir si seguía dormida o no. Las sábanas eran suaves, frescas y olían ligeramente a flores tropicales. Ni siquiera parecía una cama de hotel; parecía la clase de cama que una encontraría en el paraíso después de morirse siendo una persona excepcionalmente buena.
Lo cual me preocupaba.
Porque yo no era una persona excepcionalmente buena.
Había robado papas fritas de los platos de Adhara en incontables ocasiones.
Me había quedado con bolígrafos ajenos.
Y una vez fingí no haber visto un mensaje porque no quería salir de casa.
Aquella cama era demasiado premio para alguien como yo.
Me incorporé lentamente y observé la habitación.
La villa era enorme.
Mucho más grande que mi apartamento, probablemente más grande que el apartamento de varios de mis vecinos juntos (y realmente me aterraba todo ese espacio).
Las paredes de madera clara le daban una sensación cálida y elegante al espacio. Había detalles en tonos arena, beige y blanco por todas partes, combinados con enormes ventanales que permitían que la luz natural inundara cada rincón.
Todo estaba impecable.
Perfectamente ordenado.
Perfectamente limpio.
Perfectamente caro.
La cama ocupaba el centro de la habitación como si fuera una obra de arte. A un lado había una pequeña sala con sofás color crema, una mesa baja de cristal y un arreglo floral que seguramente costaba más que mi mercado semanal.
Al otro lado se encontraba el baño.
O lo que las personas millonarias llamaban baño.
Porque aquello parecía más un spa privado.
Había una bañera enorme frente a un ventanal con vistas al océano, duchas de cristal, mármol brillante y suficientes toallas blancas para abastecer una pequeña comunidad.
Seguía sin entender cómo había terminado allí.
Seguía sintiendo que en cualquier momento alguien iba a tocar la puerta para informarme que había ocurrido un error administrativo gigantesco.
Me levanté de la cama y caminé descalza sobre el suelo de madera pulida hasta los ventanales.
Entonces corrí las cortinas.
Y el paraíso volvió a atacarme.
El océano se extendía frente a mí en una gama imposible de azules.
No era un único color.
Eran cientos.
Miles.
Algunas zonas brillaban con un turquesa tan intenso que parecía artificial. Otras se teñían de un azul más profundo que se perdía hacia el horizonte. El agua era tan cristalina que podía ver perfectamente el fondo incluso desde aquella altura.
Desde la terraza privada observé pequeños peces nadando entre los pilares de madera que sostenían la villa sobre el océano. Algunos se movían en grupos, reflejando destellos plateados bajo la luz de la mañana.
El sol acababa de elevarse lo suficiente para iluminar la superficie del mar y convertirla en un espejo brillante cubierto de reflejos dorados.
Parecía que alguien hubiera arrojado miles de diamantes sobre el agua.
La brisa entró suavemente por la puerta corrediza, moviendo las cortinas blancas detrás de mí.
Olía a sal.
A mar.
A flores tropicales.
A vacaciones.
A una realidad que definitivamente no era la mía.
Era ridículo.
Ni siquiera parecía un lugar real, y no se cuál tas veces me lo había repetido.
Parecía la clase de paisaje que alguien crearía usando inteligencia artificial después de escribir:
"Haz el sitio más bonito del planeta."
Y luego añadiría:
"Hazlo todavía más bonito."
Y después:
"No, aún más."
Porque sinceramente no encontraba otra explicación.
Me apoyé contra el marco de la puerta observando el océano mientras intentaba convencerme de que era una persona completamente racional.
Una persona adulta.
Madura.
Capaz de manejar sus emociones.
El problema era que la noche anterior había estado a punto de creer que Alejandro iba a decirme algo importante.
Y eso era peligrosísimo.
Porque una cosa era admitir que Alejandro Moretti era absurdamente atractivo.
Eso cualquiera podía verlo.
Hasta una piedra podría verlo.
Otra muy distinta era empezar a esperar cosas.
Esperar palabras.
Esperar confesiones.
Esperar sentimientos.
Y yo ya estaba peligrosamente cerca de esa línea, Mucho más cerca de lo que debería y estaba que me cagaba encima si seguía de esa forma tan irracional.
Me apoyé contra la barandilla suspirando.
La madera estaba tibia por el sol de la mañana y bajo mis pies el océano se extendía en todas direcciones, inmenso, brillante y tan absurdamente hermoso que seguía costándome creer que aquello fuera real.
#3007 en Novela romántica
#990 en Chick lit
#883 en Otros
#353 en Humor
romance enemiestolovers malosentendidos, comedia romántica odio-amor, divertido romance amigos de amigos
Editado: 27.06.2026