Ni Amigos, Ni Desconocidos

Capitulo Tres: Probablemente.

Si alguien me hubiera dicho una semana antes que iba a pasar una mañana navegando por las aguas cristalinas de Maldivas en compañía de Alejandro Moretti, probablemente me habría reído en su cara.

No porque fuera imposible.

Bueno, sí era bastante imposible.

Pero sobre todo porque mi vida normalmente consistía en trabajar, sobrevivir a los plazos de entrega y preguntarme si realmente necesitaba gastar dinero en comida o si podía vivir otra semana más a base de café. Mi concepto de aventura solía ser pedir algo diferente en una cafetería o decidir espontáneamente tomar una ruta distinta para volver a casa. Maldivas en cambio, pertenecía a esa categoría de cosas que una guarda en tableros de inspiración de internet sabiendo perfectamente que jamás sucederán.

Por eso cuando me encontré frente al espejo de la villa terminando de arreglarme para la excursión, seguía sintiendo que estaba viviendo la vida de otra persona.

La habitación seguía pareciendo tan impresionante como la primera vez que la vi. La luz de la tarde entraba por los enormes ventanales y se reflejaba sobre los tonos claros de la madera, iluminando cada rincón con un brillo cálido y elegante. Las cortinas blancas se movían suavemente con la brisa que llegaba desde la terraza, llevando consigo el olor del mar. Incluso después de pasar allí la noche seguía teniendo la sensación de que no debía tocar nada por miedo a romper algo absurdamente caro.

Elegí uno de mis vestidos favoritos.

Era largo, ligero y de un color coral vibrante que contrastaba maravillosamente con mi piel clara. La tela se movía con facilidad cada vez que caminaba y las mangas caían suavemente sobre mis hombros. Cuando giraba frente al espejo, la falda describía pequeños movimientos fluidos que me hicieron sonreír.

Me gustaba.

Mucho.

Siempre me habían gustado los colores.

Los vestidos.

Los accesorios.

Las cosas bonitas.

Quizá porque crecí rodeada de personas prácticas que elegían la funcionalidad por encima de todo. Mi madre jamás entendió cómo podía emocionarme tanto por una tela bonita o por un listón del color exacto para combinar con unos zapatos. Aun así, siempre terminaba ayudándome a elegirlos.

Mi madre solía decir que me vestía como si estuviera permanentemente invitada a una fiesta.

Yo sostenía que la vida era demasiado corta para vestirse aburrido.

Porque sinceramente ya había suficientes cosas grises en el mundo. Facturas. Problemas. Días malos. Noticias deprimentes. Si podía añadir un poco de color a mi vida con un vestido bonito, pensaba hacerlo sin remordimientos.

Y si iba a pasar el día en una isla paradisíaca, pensaba aprovechar la ocasión.

Además, aquel lugar parecía hecho para los colores. El azul imposible del océano, el verde intenso de las palmeras, las flores tropicales salpicando cada rincón con tonos vibrantes. Todo parecía vivo. Alegre. Casi mágico.

Terminé de colocar un listón del mismo tono coral entre algunos mechones de mi cabello castaño rojizo y me observé en el espejo una última vez.

Giré ligeramente la cabeza hacia un lado.

Luego hacia el otro.

Acomodé un mechón rebelde.

Después otro.

Y finalmente suspiré.

Perfecto.

O lo suficientemente perfecto para mis estándares.

Porque la perfección real era un mito inventado para vender revistas y hacer que la gente se sintiera mal consigo misma.

Yo prefería verme bonita.

Cómoda.

Y lo bastante arreglada como para que las fotografías no me hicieran llorar después.

Tomé mi bolso y me dirigí hacia la puerta de la habitación, pero antes de salir me detuve unos segundos para contemplar nuevamente la villa.

La cama perfectamente tendida.

Los muebles elegantes.

La terraza abierta sobre el océano.

La luz dorada reflejándose sobre el agua.

Era extraño pensar que estaba allí.

Más extraño todavía pensar que aquella experiencia se la debía, al menos en parte, a Alejandro.

Y quizá por eso mismo me apresuré a salir antes de que mi cerebro decidiera volver a analizar sentimientos que claramente estaba intentando evitar.

Alejandro ya estaba esperando al final de la pasarela. Y entonces olvidé momentáneamente cómo caminar, porque aquello empezaba a convertirse en un problema serio.

La pasarela de madera se extendía sobre el agua cristalina como una línea perfecta que conectaba las villas con el resto del resort. El sol de la tarde iluminaba la superficie del océano y hacía que todo brillara a su alrededor. Las pequeñas olas golpeaban suavemente los pilares bajo nuestros pies y la brisa cálida movía las hojas de las palmeras cercanas.

Y justo al final de aquella postal ridículamente perfecta estaba él.

Vestía una camisa beige de lino con las mangas remangadas, pantalones claros y gafas de sol.

Nada extravagante.

Nada particularmente llamativo.

Nada que, en teoría, debería haber provocado una reacción tan absurda en mí.

Y aun así parecía salido de una campaña publicitaria absurdamente cara.

Era ofensivo.

Honestamente ofensivo.

Algunas personas tenían que esforzarse para verse bien.

Invertían tiempo.

Dinero.

Paciencia.

Tutoriales completos de internet.

Alejandro simplemente existía.

Y el universo en toda su injusticia, parecía haber decidido premiarlo por existir.

Mientras caminaba hacia él intenté concentrarme en cualquier otra cosa. En el paisaje. En el mar. En los peces que podían verse nadando bajo la pasarela. Incluso en las flores tropicales que decoraban algunos rincones del resort.

No funcionó.

Porque mi atención seguía regresando a él.

A la forma en que el viento movía ligeramente su cabello rubio platinado.

A la manera relajada en que tenía una mano dentro del bolsillo.




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