—Presente—
Odiaba ese anillo.
Lo odiaba con una intensidad que probablemente no era saludable, aunque considerando las circunstancias, sentía que tenía derecho a hacerlo.
Llevaba casi veinte minutos sentada frente a la pequeña mesa de mi departamento observándolo como si pudiera incendiarse por pura fuerza de voluntad. Desgraciadamente seguía allí, brillante, intacto y absurda —y dudablemente— caro, descansando sobre la superficie de madera como la prueba física de una serie de decisiones que jamás debieron tomarse.
Ni una sola.
Ni la propuesta.
Ni la aceptación.
Ni la compra del anillo.
Ni la existencia misma del anillo.
Sobre todo la existencia misma del anillo.
Porque cada vez que lo veía sentía unas ganas inmensas de lanzarlo por la ventana y observar cómo desaparecía para siempre en alguna alcantarilla lejana.
Mi departamento estaba en silencio.
Bueno, casi.
El viejo ventilador de techo emitía un zumbido constante mientras giraba lentamente sobre mi cabeza y desde la ventana abierta llegaba el ruido lejano del tráfico nocturno. Algún automóvil pasaba de vez en cuando por la avenida principal, una motocicleta rugió en la distancia y desde algún apartamento vecino, podía escucharse el murmullo apagado de una televisión.
Sonidos normales.
Cotidianos.
Familiares.
Sonidos que normalmente ni siquiera notaba.
Pero aquella noche todo parecía más evidente.
Quizá porque estaba demasiado ocupada intentando no pensar.
O quizá porque estaba pensando demasiado.
El sofá ocupaba más espacio del que debería, una pila de ropa limpia seguía esperando ser doblada desde hacía dos días y una taza de café olvidada descansaba sobre la encimera de la cocina. También había varios libros apilados sobre una silla, un par de zapatos abandonados junto a la puerta y una manta arrugada que había dejado sobre uno de los reposabrazos la noche anterior.
Mi hogar.
Pequeño.
Modesto.
Caótico.
Y completamente mío.
Mis ojos recorrieron lentamente la estancia.
La cocina diminuta.
Las paredes color crema.
Las fotografías pegadas en el refrigerador.
Las plantas que milagrosamente seguían vivas pese a mis cuestionables habilidades como jardinera.
La lámpara de pie que había comprado de segunda mano.
La estantería repleta de libros.
Todo aquello contaba una historia... La mía...
No era un lugar espectacular.
No tenía vistas al océano.
No tenía muebles de diseñador.
No tenía ventanales gigantes ni acabados de lujo.
Pero me pertenecía.
Cada rincón había sido construido con años de trabajo, de ahorro y de esfuerzo.
Cada objeto estaba allí porque yo lo había elegido.
Porque yo lo había pagado.
Porque yo había decidido que pertenecía a mi vida.
Y quizá por eso el anillo se sentía tan fuera de lugar.
Como una pieza colocada en el rompecabezas equivocado.
Como algo que pertenecía a otra persona.
A otra versión de mí.
A una Sofía que jamás había existido.
Volví a mirar el anillo.
Seguía allí.
Brillando bajo la luz amarillenta de la lámpara.
Pequeño.
Silencioso.
Inocente.
Y aun así conseguía irritarme más que muchas personas reales.
Porque no era realmente el anillo lo que odiaba.
Era lo que representaba.
Todo lo que había detrás de él.
Las conversaciones.
Las expectativas.
Las decisiones tomadas por otros.
Las sonrisas satisfechas.
Las felicitaciones.
Las miradas de aprobación.
Toda aquella absurda sensación de que mi vida había sido organizada por personas que ni siquiera se molestaron en preguntarme qué quería.
Apreté los labios.
Porque cuanto más lo pensaba, más enfadada me sentía.
Y también más cansada.
Muy cansada.
Cansada de fingir que aquello era normal.
Cansada de sonreír cuando alguien mencionaba la boda.
Cansada de escuchar a mi madre hablar sobre vestidos y decoraciones.
Cansada de intentar convencerse de que Sebastián era una buena elección simplemente porque cumplía todos los requisitos correctos.
Mis ojos volvieron a recorrer el apartamento.
Mi apartamento.
El lugar que había construido sola.
El lugar que demostraba que podía tomar decisiones por mí misma.
Y entonces regresaron inevitablemente al anillo.
Porque de alguna manera, aquella pequeña cosa dorada seguía teniendo la capacidad de hacerme sentir exactamente lo contrario.
Porque el contraste era casi ridículo.
Aquella pequeña pieza de oro y diamantes parecía pertenecer a otro universo. Uno lleno de familias adineradas, cenas elegantes y matrimonios arreglados disfrazados de tradiciones familiares. Un universo donde las apariencias importaban más que los sentimientos, donde las sonrisas perfectas escondían acuerdos silenciosos y donde el amor parecía ocupar un lugar mucho menos importante que los apellidos correctos.
Uno al que yo nunca había querido pertenecer.
Y quizá por eso me molestaba tanto verlo allí.
Porque no encajaba.
Ni en mi mesa.
Ni en mi departamento.
Ni en mi vida.
Tomé el anillo entre mis dedos.
Lo giré lentamente.
La piedra atrapó la luz de la lámpara y devolvió un destello brillante que se reflejó sobre la madera durante apenas un segundo antes de desaparecer.
Qué ironía.
Era bonito.
Ridículamente bonito.
Lo suficientemente bonito como para aparecer en revistas, escaparates o anuncios de joyerías donde parejas sonrientes fingían ser felices mientras caminaban por playas perfectas.
La mayoría de las personas probablemente matarían por tener algo así.
Yo llevaba semanas intentando decidir si venderlo, lanzarlo al océano o utilizarlo para abrir botellas por despecho.
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Editado: 27.06.2026