Ni Amigos, Ni Desconocidos

Capitulo Cinco: Amigas.

Ahora estaba sentada en el suelo cuando sonó el timbre.

Parpadeé lentamente tratando de enfocar la vista. Una vez. Dos. Mi cerebro tardó varios segundos en procesar el sonido porque, sinceramente, no esperaba visitas, y mucho menos después de haber pasado la última hora llorando como una protagonista de drama coreano abandonada por el amor de su vida después de haberse reencontrado apenas luego de años.

Patético.

Profundamente patético.

Y aun así no tenía energía suficiente para sentir vergüenza por ello.

El timbre volvió a sonar, luego otra vez y otra más, hasta que sentí que el sonido me retumbaba en los oídos como un pitido molesto. Lo ignoré cerrando los ojos al sentirlos arder, apoyando la cabeza contra el sofá mientras intentaba convencerme de que, si fingía estar muerta el tiempo suficiente, quien estuviera detrás de la puerta terminaría marchándose.

No funcionó.

Por supuesto que no funcionó.

Porque el universo jamás colaboraba conmigo cuando lo necesitaba.

El timbre insistió una vez más.

Después otra.

Y otra.

Hasta que finalmente escuché golpes contra la puerta como si quien estuviera al otro lado estuviese siendo perseguido por algún ladrón internacional, una organización criminal o una manada de osos particularmente agresivos.

Sinceramente, cualquiera de esas opciones parecía más razonable que recibir visitas a aquella hora.

—¡Sofía Rivas, abre la puerta o asumiré que estás muerta!

Cerré los ojos con más fuerza mientras mordía mi labio inferior.

Reconocería aquella voz incluso en medio de un apocalipsis zombie, incluso si el mundo estuviera terminando, incluso si estuviera inconsciente, incluso si me encontrara en otro continente.

Adhara.

Por supuesto.

Porque aparentemente el universo había decidido que todavía no era suficiente humillación para una sola noche y me había mandado a mi mejor amiga felizmente enamorada a la puerta para recordarme una vez más lo patética que era.

O quizá no.

Quizá había ido precisamente porque me conocía demasiado bien.

Y eso era peor.

Mucho peor.

Porque Adhara tenía esa extraña capacidad de aparecer exactamente cuando algo iba mal. No sabía cómo lo hacía. No sabía si poseía poderes sobrenaturales, si tenía acceso secreto a cámaras escondidas en mi apartamento o si simplemente había desarrollado algún tipo de radar emocional después de tantos años de amistad.

Fuera cual fuera la explicación, funcionaba.

Siempre funcionaba.

Suspiré cansada y me obligué a ponerme de pie.

Las piernas me pesaban.

La cabeza también.

Todo mi cuerpo parecía resentir la cantidad de lágrimas que había derramado durante la última hora.

Me limpié las mejillas con las mangas de la camiseta mientras intentaba buscar alguna apariencia remotamente humana. No funcionó demasiado bien. Mis ojos seguramente seguían rojos, mi cabello parecía haber perdido toda forma reconocible y estaba bastante segura de que mi dignidad había muerto aproximadamente cuarenta minutos atrás.

Aun así caminé hacia la entrada con pasos torpes y lentos arrastrando un poco los pies.

Porque si iba a enfrentar a Adhara en aquel estado, al menos quería retrasar el momento unos segundos más y abrí la puerta.

Adhara me observó durante exactamente dos segundos. Dos. Ni uno más, mi uno menos.

Como si fueran suficientes para leerme completamente como un libro abierto de algún cuento infantil que se supiera de memoria. Sus ojos recorrieron mi rostro, mis mejillas húmedas, mi expresión miserable y probablemente también el desastre emocional que debía estar irradiando desde varios kilómetros de distancia.

Porque esa era otra cosa que odiaba de ella.

Me conocía demasiado. Demasiado de muchisimo. Lo suficiente para distinguir una crisis existencial de una simple mala noche, lo suficiente para saber cuándo estaba fingiendo estar bien, lo suficiente para detectar una tragedia emocional con apenas mirarme.

Y después suspiró.

Un suspiro largo.

Profundo.

Resignado.

Exactamente el mismo tipo de suspiro que una madre agotada dedicaría a un niño que acaba de intentar meter un tenedor dentro de un enchufe eléctrico.

Y honestamente sentí que era bastante apropiado para la situación.

Ah.

—¿Ah?

—Sí, ah.

—Eso no significa nada.

—Claro que significa algo.

Entró sin esperar invitación, como hacía siempre, como también yo hacía con ella. Llevaba una bolsa de una tienda de conveniencia en una mano y una expresión de absoluta decepción en la otra. La observé pasar junto a mí con la misma naturalidad con la que habría entrado a su propio apartamento y sinceramente después de tantos años de amistad ya ni siquiera se me ocurría protestar. Hacía mucho tiempo que las puertas entre nosotras habían dejado de ser un concepto importante.

—¿Qué haces aquí?

—Mi radar de mejor amiga.

—No existe tal cosa.

—Existe.

—No.

—Sí.

—No.

—Sofía, una vez adiviné que estabas llorando porque se te rompió una maceta.

—Era una maceta importante... —murmuré tallando mis ojos con el dorso de mi mano mientras apartaba la mirada de ella como si esa acción pudiera salvar la poca dignidad que me quedaba.

Porque sinceramente, la dignidad estaba pasando por un momento difícil.

Uno muy difícil, probablemente terminal.

—Era una maceta con forma de llama.

—Precisamente.

Adhara negó con la cabeza como si aquello confirmara algún diagnóstico médico que llevaba años sospechando.

Y lo peor era que yo seguía convencida de que aquella maceta merecía ser llorada.

Había sido una buena maceta... una excelente maceta. La mejor maceta con forma de llama que había tenido jamás.

Adhara dejó la bolsa sobre la mesa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.