Realmente no sabía cómo o en qué momento había dejado de llorar (O en resumidas cuentas, había quedado inconsciente de tanto llorar)
Lo último que recordaba era estar apoyada en el hombro de Adhara, sintiendo cómo mis ojos se iban cerrando poco a poco mientras el cansancio terminaba por vencer incluso al dolor. Llorar también agotaba. Muchísimo más de lo que la gente imaginaba. Era como si cada lágrima se llevara un pedacito de energía hasta dejar el cuerpo completamente vacío.
Me removí con cuidado sobre la superficie en la que estaba acostada, todavía atrapada entre el sueño y la realidad. Todo era confuso, pesado, lento. Sentía la boca seca, la cabeza embotada y los párpados tan inflamados que abrir los ojos parecía un esfuerzo descomunal.
De repente, un empujón firme me sacó de golpe de aquel estado.
No tuve tiempo ni de reaccionar.
Mi cuerpo perdió el equilibrio y caí de cara contra el suelo con un golpe seco que me hizo ver estrellas por un segundo.
—¡Auch...! —gimoteé con la voz completamente dormida, llevándome una mano a la mejilla mientras una punzada ardiente recorría todo el lado izquierdo de mi cara.
Definitivamente el piso acababa de besarme demasiado fuerte.
—¡Sofi!
El chillido de mi mejor amiga me reventó los tímpanos a aquella hora de la madrugada.
Solté otro gemido adolorido y haciendo un esfuerzo monumental, levanté apenas el pulgar en dirección a ella para indicarle que seguía viva. No estaba segura de poder hablar todavía. Mi mejilla ardía por el cariñosísimo recibimiento que me había dado el suelo y estaba bastante convencida de que en unos minutos tendría la marca del porcelanato perfectamente dibujada en la cara.
—¡Mierda, mierda! ¡Lo siento! —Adhara se dejó caer inmediatamente a mi lado, completamente pálida, intentando sujetarme por los brazos para levantarme—. ¡Pensé que no reaccionabas!
Elevé una mano con toda la delicadeza que mi cuerpo fue capaz de reunir, haciéndole una pequeña señal de rendición para que dejara de sacudirme.
—...Cinco segundos... —murmuré con la voz ronca—. Dame... cinco segundos...
Ella congeló los movimientos al instante.
—¿Estás bien?
La miré apenas por debajo de un ojo entrecerrado.
—Depende.
—¿De qué?
—De si mi cara sigue teniendo la misma cantidad de huesos.
Adhara abrió la boca.
La cerró.
Y dejó escapar todo el aire que llevaba reteniendo.
—¡Ay, gracias a Dios! Ya estás diciendo estupideces.
Solté una pequeña risa que terminó convirtiéndose en una mueca de dolor.
—No te rías... —me quejé sobándome la mejilla—. Me duele existir.
—Te empujé muy fuerte, ¿verdad?
Giré apenas la cabeza para verla.
Tenía los ojos abiertos de par en par, el cabello completamente despeinado y una expresión de culpa tan enorme que casi conseguía hacerme olvidar el golpe.
Casi.
—Bueno... técnicamente sí intentaste asesinarme.
—¡Sofía!
—Estoy negociando mi indemnización.
Ella se llevó ambas manos a la cara.
—Lo siento muchísimo.
—Lo sé.
—De verdad pensé...
Su voz se quebró apenas y entonces entendí qué había pasado, no me había empujado por torpeza, había entrado en pánico.
La observé mejor, las ojeras bajo sus ojos, la ropa arrugada, el helado todavía sobre la mesa, la manta medio caída del sofá. Había pasado la noche conmigo.
No recordaba en qué momento me había quedado dormida, pero ella sí había permanecido despierta. Vigilándome y esperando a que despertara.
Y cuando no reaccioné luego de quedarme quieta después de desidestarme de esa forma tan descomunal, el miedo terminó haciendo que optara por el método menos elegante posible para comprobar si seguía viva.
Me incorporé lentamente todavía adolorida hasta quedar sentada en el suelo.
—Adhara...
Ella seguía mirándome como si estuviera esperando que en cualquier momento dejara de respirar otra vez. No pude evitar suspirar.
—Ven acá, dramática.
Frunció el ceño.
—¿Yo soy la dramática?
—Sí.
—Acabas de desmayarte de tanto llorar.
—Me dormí.
—¡Te desmayaste emocionalmente!
—Eso ni siquiera existe.
—Ahora existe.
Rodé los ojos.
—Ven acá.
Esta vez obedeció. Se acercó despacio y antes de que pudiera seguir disculpándose, la abracé.
Sentí cómo todo su cuerpo se relajaba de golpe.
Su respiración.
Sus hombros.
Incluso la forma en que me devolvió el abrazo parecía decirme cuánto se había asustado.
—Perdón... —susurré.
—No vuelvas a hacerme eso nunca.
Su voz sonó completamente distinta, más bajita y más frágil y comprendí que el susto había sido real. No era el sarcasmo de siempre. Era miedo. La abracé un poco más fuerte mientras cerraba los ojos.
Porque por más roto que estuviera mi corazón esa noche, había algo que seguía siendo una certeza absoluta.
Y era que si algún día el mundo entero decidía abandonarme, Adhara seguiría apareciendo en la puerta de mi casa con helado, comentarios cuestionables y aparentemente, una capacidad impresionante para empujarme del sofá si eso significaba asegurarse de que seguía respirando.
***
Luego de que Adhara se aferrara a mí como si temiera que mi alma saliera bailando chachachá de mi cuerpo en cualquier momento, ambas nos alistamos para venir a la oficina. Lucas le había regalado un precioso Porsche 911 Carrera Cabriolet rojo por alguna extraña promesa que habían hecho entre ellos dos y que, curiosamente, ninguno de los dos estaba dispuesto a explicarme. Yo por supuesto no iba a negarme al privilegio de viajar en semejante belleza. Era imposible hacerlo. Aquel automóvil parecía una obra de arte sobre ruedas; el rojo brillante relucía bajo la luz de la mañana y el rugido elegante del motor bastaba para recordarme una vez más que el prometido (y amigos del prometido) de mi mejor amiga pertenecía a un mundo muy distinto al mío.
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Editado: 27.06.2026