Volví a apoyar el lápiz digital sobre la tableta y respiré hondo una vez más. Ya había desperdiciado suficiente tiempo permitiendo que mis pensamientos hicieran lo que quisieran conmigo. Si había algo que siempre conseguía rescatarme de mi propia cabeza era dibujar, así que decidí hacer exactamente eso.
La campaña pertenecía a una joyería que estaba por lanzar una colección inspirada en las estaciones del año. El concepto giraba alrededor de la idea de que cada persona llevaba una historia distinta y que cada joya terminaba convirtiéndose en un recuerdo de algún momento importante. Bastante irónico considerando que yo ya no soportaba ver un anillo ni en caricaturas.
Tomé una nueva capa y comencé a reconstruir los colores con calma. Primero los tonos cálidos del fondo, después las hojas doradas que rodeaban la composición y finalmente el boceto de la modelo que sostenía una pequeña caja aterciopelada entre las manos. Procuré mantener la concentración únicamente en las luces, las sombras y las texturas, obligándome a pensar en aspectos técnicos cada vez que mi mente intentaba desviarse.
Funcionó.
Al menos durante unos veinte minutos.
Después de eso ya estaba discutiendo conmigo misma sobre qué tipo de persona aceptaba una campaña para una joyería justo cuando el universo parecía burlarse de ella.
—Muy gracioso... —murmuré para mí misma mientras ajustaba el brillo de un pendiente de diamantes.
Una compañera pasó por detrás de mi cubículo.
—¿Decías algo, Sofi?
Levanté la vista de inmediato.
—Que Illustrator quiere acabar conmigo.
Ella soltó una risa comprensiva.
—Eso nos pasa a todos.
Asentí con una sonrisa y la vi alejarse antes de volver al monitor.
Era curioso lo fácil que resultaba fingir que todo estaba bien. Bastaba sonreír un poco, responder alguna tontería y seguir trabajando para que nadie sospechara que por dentro mi cabeza llevaba horas (meses) librando una guerra civil.
Las horas fueron pasando casi sin darme cuenta. Entre correcciones del departamento de marketing, un cambio de tipografía que el cliente consideró "más elegante", dos reuniones improvisadas y tres cafés que probablemente atentaban contra mi presión arterial, terminé perdiendo la noción del tiempo.
De vez en cuando mi teléfono vibraba.
No lo miré.
Sabía perfectamente quién podía ser y necesitaba terminar primero aquel trabajo antes de enfrentar cualquier otra conversación.
Cuando finalmente coloqué el último destello sobre uno de los collares, me alejé un poco de la pantalla para observar el resultado completo.
Era bonito.
Muchísimo.
Las ilustraciones siempre conseguían transmitirme algo que las fotografías no lograban del todo. Había cierta calidez en las pinceladas digitales, una sensación de movimiento y delicadeza que hacía parecer que todo respiraba un poco.
Sonreí con satisfacción.
—Ahora sí...
Guardé el archivo exporté las versiones correspondientes y las envié al director creativo junto con una breve explicación de los cambios realizados. Apenas terminé apoyé el cuerpo contra el respaldo de la silla y estiré ambos brazos por encima de mi cabeza, sintiendo cómo cada músculo protestaba después de tantas horas sentada.
Fue entonces cuando escuché el sonido más esperado del día.
Varias sillas comenzaron a moverse al mismo tiempo, Alguien apagó la cafetera.
Los teclados dejaron de sonar poco a poco y las conversaciones cambiaron de proyectos pendientes a planes para la noche.
Levanté la vista hacia el reloj digital que colgaba en una de las paredes de la oficina.
Las cinco en punto.
Bendita Hora de salida.
Solté el aire lentamente mientras apagaba la tableta gráfica y comenzaba a guardar mis cosas dentro del bolso. Mi cuaderno de bocetos, el estuche con lápices, el cargador del teléfono, la cartera y un labial que llevaba semanas desaparecido y que aparentemente había decidido instalarse debajo del teclado.
Cerré el bolso.
Entonces recordé el mensaje, mi estómago volvió a tensarse.
Tomé el teléfono con un poco más de miedo del que estaba dispuesta a admitir y observé la pantalla bloqueada durante unos segundos.
La cena.
Sentí el estómago retorcerse incluso antes de desbloquearlo como si mi cuerpo ya supiera exactamente lo que iba a encontrar. Respiré hondo y deslicé el dedo sobre la pantalla.
Había demasiadas notificaciones.
Todas eran de Sebastián.
Mi pecho se encogió un poco.
Sebastián:
"¡Me encantaría!"
(10:08 AM)
Sebastián:
"No te preocupes, yo invito. ¿Qué se te antoja cenar?"
(10:08 AM)
Una pequeña sonrisa involuntaria apareció en mis labios. Ni siquiera había dejado que yo insistiera en pagar, muy propio de un caballero...
Continué bajando.
Sebastián:
"¿Ya se te ocurrió algo?"
(10:45 AM)
Sebastián:
"Si no te molesta, puedo decidir yo. Hay un restaurante en la Nueva Avenida de Plata. Es buenísimo."
(11:23 AM)
Sebastián:
"Hice una reservación a las seis."
(11:59 AM)
Parpadeé.
¿Ya había hecho una reservación?, bueno, debía ser obvio. No íbamos a llegar sin reservación a pasar pena...
Seguí leyendo.
Sebastián:
"¿Paso por ti al trabajo?"
(12:25 PM)
Mordí ligeramente mi labio inferior.
Él seguía escribiendo.
Y yo... Yo había pasado toda la tarde ignorándolo sin siquiera darme cuenta.
Sebastián:
"Seguramente estás muy ocupada. Lo siento si hoy estoy siendo insistente. La reservación está a tu nombre."
(01:16 PM)
Cerré los ojos un instante, ni siquiera estaba molesto.
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Editado: 27.06.2026