Había pasado exactamente una semana desde aquella cena con Sebastián.
Siete días. Ciento sesenta y ocho horas.
Y sorprendentemente mi vida seguía siendo un absoluto desastre.
Suspiré mientras dejaba el cepillo de dientes sobre el lavabo y levantaba la vista hacia el espejo del baño. Mi reflejo me devolvió la imagen de una mujer de veintiséis años que en teoría, ya debía saber cómo tomar decisiones adultas. En la práctica, parecía incapaz de elegir siquiera entre dos marcas de café sin convertir aquello en un conflicto existencial.
—Muy bien, Sofía... —murmuré apoyando ambas manos sobre el lavabo de porcelana—. Ya estuvo bueno.
La mujer del espejo parecía igual de escéptica que yo, pero decidí ignorarla. Necesitaba empezar a repetirme ciertas cosas hasta creerlas, porque Sebastián había sido maravilloso aquella noche. No encontraba otra palabra para describirlo. No había intentado impresionarme con dinero, aunque claramente podía hacerlo. Tampoco había mencionado el compromiso una sola vez, ni me hizo sentir atrapada, presionada o culpable. Habíamos cenado durante casi tres horas hablando de libros, de viajes, de música, de las cosas absurdas que hacían los turistas en los hoteles de los que eran dueños su familia y hasta de mi obsesión enfermiza por comprar vestidos coloridos cada vez que cobraba. Había escuchado de verdad, no de esa manera en que algunas personas solo esperan su turno para hablar. Sebastián prestaba atención, recordaba detalles, hacía preguntas, se reía cuando debía hacerlo y conseguía que conversar con él resultara tan natural como respirar.
Era desesperante. Porque cuanto mejor se comportaba conmigo, peor persona me sentía yo.
Abrí el grifo y dejé que el agua fría corriera unos segundos entre mis dedos antes de suspirar otra vez. No era justo. No era justo para él, ni para mí y definitivamente, tampoco era justo seguir viviendo con el fantasma de un hombre que llevaba meses ocupando cada rincón de mi cabeza sin haber tenido el valor de decir una sola palabra cuando realmente importaba.
Alejandro.
Hasta pensar su nombre seguía produciéndome el mismo efecto. Era como tocar una quemadura creyendo que ya había sanado. Dolía, quizá un poco menos que antes, pero seguía doliendo. Me mordí el interior de la mejilla y negué lentamente con la cabeza.
No, Basta.
¿Cuántas veces pensaba seguir haciéndome exactamente el mismo daño? Porque la historia no había cambiado. Seguía repasándola una y otra vez como si por arte de magia algún detalle nuevo fuera a aparecer. Maldivas, las miradas, las bromas disfrazadas de coqueteo, el banco de arena, el casi beso, el silencio, la propuesta de Sebastián, el anillo... y él, callado. Siempre callado.
Apoyé la frente unos segundos contra el espejo sintiendo el frío del cristal sobre la piel. Estaba cansada. Profundamente cansada. No del trabajo, ni del compromiso, ni siquiera de mis padres. Estaba cansada de esperar algo que probablemente nunca iba a ocurrir y eso era precisamente lo que más me molestaba de mí misma, porque esa nunca había sido yo. Jamás había sido de quedarme sentada esperando que la vida decidiera por mí. Cuando quería aprender algo, lo hacía. Cuando quería viajar, ahorraba hasta conseguirlo. Cuando quería comprar un vestido precioso aunque mi cuenta bancaria llorara un poquito, encontraba la manera. Siempre había sido una mujer que hacía que las cosas ocurrieran, no una que se quedara mirando cómo el tiempo pasaba delante de ella.
Entonces... ¿qué demonios estaba haciendo?
¿Por qué precisamente con Alejandro había aceptado convertirme en una versión de mí que ni siquiera reconocía? ¿Por qué seguía esperando una explicación que jamás llegaba, una confesión, un mensaje o cualquier cosa que me demostrara que todo aquello no había sido producto de mi imaginación? La respuesta llegó sola, tan incómoda como inevitable.
Quizá Alejandro nunca iba a hacerlo.
Quizá nunca iba a decir nada.
Quizá el único romance que había existido era el que yo misma había construido dentro de mi cabeza después de interpretar cada una de sus miradas como si escondieran un significado que en realidad nunca estuvo allí.
Y si eso era cierto entonces era momento de dejar de castigarnos a los dos. Él nunca me prometió nada. Nunca dijo "espérame". Nunca dijo "te quiero". Nunca dijo "no aceptes ese compromiso". Nunca dijo absolutamente nada, ni siquiera con esa mirada preciosa color esmeralda que siempre me confundia.
Dolía admitirlo, muchísimo, pero seguía siendo una respuesta, su maldito silencio era respuesta suficiente.
Respiré hondo, cerré el grifo y levanté nuevamente la vista hacia el espejo.
—Lo voy a intentar. —Mi voz sonó más firme de lo que esperaba —Voy a intentarlo de verdad.
No porque mis padres quisieran. No porque existiera un compromiso. No porque sintiera obligación. Lo haría porque Sebastián merecía una oportunidad honesta y, sobre todo, porque yo también merecía dejar de vivir atrapada en alguien que parecía incapaz de pelear por mí. No estaba diciendo que fuera a enamorarme de él; eso no funcionaba así. Pero sí podía conocerlo sin comparar cada conversación con Alejandro, sin buscar aquellos ojos verdes en cualquier multitud, sin preguntarme constantemente qué estaría haciendo o sin esperar que apareciera milagrosamente frente a mi puerta. Podía intentarlo. Al menos eso podia hacer por ese hombre insoportablemente dulce.
En ese momento el teléfono sono sobre la mesita de noche de mi habitacion y salí del baño secándome las manos en el pantalón del pijama. Apenas vi el nombre de Adhara en la pantalla sonreí sin darme cuenta. Aquella mujer era incapaz de escribirme algo normal.
Adhara
"¿Sigues viva o ya te convertiste en monja?"
(07:27 PM)
Solté una risa antes de responder.
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Editado: 19.07.2026