Cuando el reloj del microondas marcó las once y ocho de la noche llevaba casi quince minutos sentada en el pequeño balcón de mi departamento con una taza de chocolate caliente entre las manos, completamente incapaz de convencerme de entrar. Madrid era distinta desde allí arriba. No vivía en un piso especialmente alto, apenas el cuarto, pero era suficiente para que el ruido de la avenida llegara amortiguado, convertido en un murmullo constante que terminaba siendo extrañamente relajante. Los faroles iluminaban las calles con un tono cálido, algún automóvil pasaba de vez en cuando y mucho más arriba el cielo despejado permitía que unas cuantas estrellas consiguieran abrirse paso entre las luces de la ciudad.
Siempre me había gustado aquel pequeño balcón. Apenas cabían una mesita redonda, dos sillas de hierro pintadas de blanco y varias macetas que sobrevivían gracias a que mi madre iba cada dos semanas a comprobar que no las hubiera asesinado por accidente. Había un par de lavandas, un jazmín que insistía en crecer hacia cualquier dirección menos la correcta y unas margaritas que milagrosamente seguían vivas. Inspiré despacio. El aire nocturno era fresco, agradable y tenía ese olor limpio que aparecía después de que la ciudad comenzaba a quedarse en silencio.
Después de ducharme me había puesto una camiseta de tirantes color celeste cielo y un short blanco de pijama cubierto de pequeñas ovejitas dormidas sobre diminutas nubes. Mi cabello castaño rojizo seguía ligeramente húmedo y caía libre sobre los hombros mientras la brisa movía algunos mechones alrededor de mi rostro. No llevaba maquillaje, únicamente crema hidratante, unas pantuflas blancas y el cansancio acumulado de unas semanas que parecían haber durado años entero.
Apoyé ambas piernas sobre la silla de hierro y abracé mis rodillas con uno de los brazos mientras sostenía la taza con la otra mano. Sonreí apenas. La noche había sido bonita. Muy bonita de hecho. Todavía podía recordar la expresión de Lucas cuando, aprovechando que Adhara había desaparecido casi veinte minutos recorriendo otra sección de la joyería para no sospechar absolutamente nada, me pidió ayuda para elegir el anillo. Ella solo sabia que iba a comprarle algo, más no que especificamente y eso solo mantenia la emocion de la sorpresa.
Habíamos visto muchísimos. Demasiados, incluso. Solitarios clásicos, diseños modernos, piedras de colores, monturas minimalistas, anillos enormes que probablemente pesaban más que mi dignidad después de pasar tres horas llorando en el suelo de mi departamento. Ninguno terminaba de convencernos, hasta que apareció aquel.
Fue casi inmediato.
Una delicada flor formada por pequeños diamantes perfectamente tallados. Cada pétalo atrapaba la luz de una forma distinta y en el centro una piedra ligeramente más grande unía todo el diseño con una elegancia casi imposible de describir. No era exagerado, tampoco necesitaba serlo; era delicado, romántico, luminoso y, sobre todo, parecía hecho exclusivamente para Adhara.
Todavía recordaba cómo Lucas lo sostuvo entre los dedos durante varios segundos sin decir absolutamente nada. Solo lo observó, girándolo lentamente bajo la luz de la vitrina, como si intentara imaginarlo en la mano de la mujer que amaba. Después levantó la vista hacia mí y sonrió de esa manera tan tranquila que siempre tenía.
—Es este.
No había sido una pregunta.
Ni siquiera una duda.
Era una certeza.
Yo únicamente asentí.
—Sí.
No hacía falta explicar nada más. Los dos lo habíamos entendido al mismo tiempo, porque, de alguna forma, aquel anillo se parecía muchísimo a Adhara. Era bonito sin esforzarse, elegante sin resultar pretencioso y estaba lleno de pequeños detalles que solo descubrías cuando realmente te detenías a observarlo con calma, exactamente igual que ella. Lucas incluso sonrió de una manera distinta, más suave, más... enamorada. Lo cual era extraño porque sabia que ese hombre estaba tan jodidamente enamorado de mi mejor amiga.
Era curioso. Siempre había pensado que la gente exageraba cuando decía que existía una expresión especial para mirar a la persona que amas, hasta que conocías a Lucas y comprendías perfectamente de qué hablaban. Bastaba observarlo cinco segundos mientras veía a Adhara para entender que aquel hombre estaba completamente perdido por ella.
Solté una pequeña risa mientras daba otro sorbo al chocolate. Era imposible no alegrarse por ellos. Incluso Adhara, que llevaba toda la noche fingiendo no saber absolutamente nada, había terminado aceptando distraerse probándose pendientes y collares simplemente porque Lucas insistía demasiado en que "quería comparar tamaños". Pobre. No tenía idea de lo que la esperaba y sinceramente esperaba con toda mi alma que siguiera sin descubrirlo, porque si alguien merecía una boda preciosa era ella. Y Lucas parecia seguro de darselo sin importar que.
Mis ojos volvieron lentamente hacia el cielo. Las estrellas seguían allí, pequeñas, lejanas y silenciosas. Había algo reconfortante en pensar que aparecían cada noche sin importar lo complicado que pudiera sentirse el mundo aquí abajo. Tomé aire despacio y casi sin darme cuenta, pensé otra vez en Lucas, en la forma en que había observado aquel anillo, en el cuidado con el que eligió cada detalle e incluso en cómo me preguntó hasta el color exacto de esmalte que Adhara usaba con más frecuencia para asegurarse de que el diamante combinara con cualquier manicura...
Y entonces inevitablemente, pensé en mi propio anillo.
No en el que realmente quería.
Sino en el que seguía guardado dentro del cajón de mi mesita de noche, el mismo que jamás había vuelto a ponerme desde aquella noche en que terminé llorando hasta quedarme dormida en el suelo del salón.
Era extraño.
Dos anillos.
Dos historias completamente distintas.
Uno elegido después de meses observando a la persona que amaba, aprendiendo cada uno de sus gustos y buscando algo que hablara de ella incluso cuando él no estuviera presente.
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Editado: 19.07.2026