Me desperté convenciéndome de que lo ocurrido aquella noche había sido exactamente eso: una noche. Un accidente. Un momento de debilidad que ninguno de los dos volvería a mencionar jamás. Sin embargo los días tuvieron la desagradable costumbre de demostrarme que olvidar no era tan sencillo como proponérselo.
Había visto a Sebastián dos veces desde entonces. Una cena tranquila, un café después del trabajo y varias llamadas telefónicas que casi siempre terminaban hablando de cualquier cosa menos del compromiso. Curiosamente, la presión que había sentido al principio parecía haberse transformado en una amistad inesperadamente cómoda. Sebastián nunca me exigía nada, jamás me preguntaba por qué seguía sin usar el anillo y tampoco insistía en comportarse como un prometido cuando era evidente que ninguno de los dos estaba preparado para hacerlo. Simplemente conversábamos. Hablábamos del trabajo, de películas, de los hoteles de su familia, de algún restaurante nuevo que había abierto en Madrid o de las ocurrencias de sus empleados. Era fácil estar con él y precisamente por eso mi cabeza se sentía todavía más confundida.
Porque Sebastián representaba exactamente el tipo de tranquilidad que cualquiera desearía encontrar.
Y Alejandro... Alejandro era un desastre con forma de hombre guapo.
Uno que aparecía sin avisar, revolvía mi mundo entero en menos de una hora y desaparecía dejando un simple "perdóname" resonando dentro de mi cabeza durante días.
Lo odiaba (O al menos seguía intentando convencerme de que lo hacía)
—Sofía—parpadeé varias veces antes de darme cuenta de que llevaba casi un minuto observando exactamente el mismo punto de la pantalla. Negué despacio conmigo misma. —Concéntrate...— murmuré en voz baja mientras apoyaba una mano sobre la tableta gráfica.
La oficina estaba inusualmente silenciosa aquella mañana. El departamento creativo todavía no terminaba de llenarse y varios compañeros habían salido a una reunión con clientes, de modo que únicamente se escuchaba el zumbido constante de los ordenadores, el aire acondicionado y el ocasional sonido de alguna impresora trabajando al fondo del estudio.
Di un pequeño sorbo a mi café ya tibio y volví a concentrarme en el proyecto que ocupaba toda mi pantalla.
Una nueva línea de joyería.
La marca había decidido lanzar una colección inspirada en constelaciones, elegancia minimalista y oro blanco, así que mi trabajo consistía en ilustrar la portada principal de la campaña. Sobre el lienzo digital comenzaban a tomar forma varias ramas de jazmín entrelazadas con finísimas cadenas doradas, pequeñas estrellas dispersas alrededor de un collar y una luna creciente que abrazaba discretamente el logotipo de la colección.
Era bonito.
Muy bonito.
Y, aun así nada terminaba de convencerme.
Deshice el último trazo.
Después otro.
Y otro más.
—No...— suspiré apoyando el lápiz digital sobre la mesa —Así tampoco.
Abrí una nueva capa.
Volví a comenzar.
Cinco minutos después la eliminé otra vez.
Bufé con frustración.
—¿Qué te pasa hoy?
La pregunta salió de mis propios labios antes de que pudiera evitarlo. Nunca me costaba tanto ilustrar. Jamás. Tenia confianza en mi trabajo.
Pero aquella mañana parecía incapaz de mantener una idea durante más de diez minutos sin que mi cabeza volviera a desviarse inevitablemente hacia el mismo lugar.
"...Porque cuando te da la luz, parece que el sol dejó un poquito de sí mismo sobre tu piel."
Cerré los ojos con fuerza.
No.
Otra vez no.
Sacudí la cabeza como si así pudiera expulsar aquella frase de mi memoria y regresé a la ilustración. Dibujé una estrella. Después una segunda. Cambié el grosor del pincel. Probé una textura distinta.
Nada.
Todo me parecía mal. Absolutamente todo. Me dejé caer contra el respaldo de la silla giratoria soltando un largo suspiro y llevé ambas manos hasta mi rostro.
—Estoy perdiendo la cabeza...
—Eso mismo iba a decir yo.
Di un pequeño brinco y levanté la vista sobresaltada, encontré a Adhara apoyada contra el marco del cubiculo con los brazos cruzados, una sonrisa divertida y dos bolsas de papel en las manos.
—¡No hagas eso!
Ella soltó una carcajada.
—Llevo dos minutos llamándote.
Miré alrededor confundida.
—¿En serio?
—Ajá —dejó una de las bolsas sobre mi escritorio —También te pregunté si querías pollo o pasta.
Parpadeé.
—¿Y qué respondí?
—Nada— se sentó sobre el borde de mi escritorio sin pedir permiso —Solo hiciste esta cara...
Imitó mi expresión completamente ida y yo no pude evitar reír.
—Qué grosera eres.
—Muy observadora, querrás decir —tomó mi lápiz digital entre los dedos y señaló la pantalla.
—Llevas quince minutos peleándote con la misma estrella.
Miré el dibujo.
—No me gusta.
—No— corrigió inmediatamente —No te concentras.
Suspiré.
—Puede ser.
Adhara permaneció unos segundos observándome con una expresión mucho más seria de lo habitual.
—Lo reconozco porque tu eras yo hace dos años— dijo con calma sonriendome, aparte la mirada— ¿Sigues pensando en él?
No hizo falta preguntar cuál de los dos, bajé la vista hacia la tableta.
—No lo sé.
—Eso significa que sí.
Apoyé los codos sobre el escritorio.
—Tengo la cabeza hecha un desastre.
—Ya lo noté— dijo con cierta diversion. Solté una pequeña risa cansada.
—He salido con Sebastián un par de veces...
—Lo sé.
—...y todo ha sido normal.
—También lo sé.
—Hablamos por teléfono casi todos los días.
Adhara asintió.
—¿Y?
La miré, se notaba genuinamente interesada.
—Y... me cae bien— ella arqueó una ceja —Mucho.— me miro atentamente espernado a que continuara—Es atento, es divertido— terminé soltando el aire —Pero...
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Editado: 19.07.2026