Ni Amigos, Ni Desconocidos

Capitulo Doce: Alejandro

Nunca me había parecido tan bonita. Ni siquiera el día que la vi por primera vez. Ni cuando apareció en aquella cafetería con el cabello completamente despeinado porque el viento había decidido declararle la guerra. Ni cuando la vi dormir durante el vuelo de ida a Maldivas, apoyando la cabeza contra la ventanilla mientras yo luchaba contra el impulso de apartarle aquel mechón rebelde que le cubría parte del rostro. Ni siquiera entonces. Ahora estaba frente a mí, respirando con dificultad, con los ojos verdes claros empañados por las lágrimas, las mejillas completamente rojas y una rabia que parecía haber esperado meses enteros para salir de una sola vez. Su pecho subía y bajaba con violencia, los labios le temblaban apenas un poco y su mano seguía aferrándose a aquella copa vacía como si fuera lo único que la mantuviera en pie. Era preciosa... y yo acababa de conseguir que me mirara como si fuera la peor persona que había conocido en toda su vida.

Supongo que Lucas iba a decirme que me lo había advertido. Aunque siendo sincero, ni siquiera podía imaginarlo disfrutando de tener razón. Él nunca quiso tenerla. Llevaba demasiado tiempo intentando evitar exactamente este momento, y mientras observaba la sangre deslizarse lentamente entre mis dedos, su voz comenzó a repetirse dentro de mi cabeza con una claridad insoportable, como si estuviera parado a mi lado otra vez.

Recordé perfectamente aquella tarde en el balcón de su apartamento. Él tenía una cerveza en la mano y yo llevaba casi media hora convenciéndolo de que sabía perfectamente lo que hacía con Sofía. Jamás olvidaré la expresión que puso antes de hablar.

—La estás cagando.

Así, sin rodeos.

Muy propio de Lucas, yo había soltado una risa burlona mientras me acomodaba en la silla.

—No la estoy cagando.

—Sí la estás cagando.

—Solo estoy dejando que las cosas fluyan.— Lucas soltó una carcajada tan fuerte que casi terminó escupiendo la cerveza.

—No estás dejando que fluyan. Estás coqueteando con una mujer que no sabe si hablas en serio o si simplemente estás jugando.

Recuerdo haber puesto los ojos en blanco con toda la arrogancia del mundo.

—Ella sabe cómo soy.

Lucas negó lentamente con la cabeza antes de señalarme con el cuello de la botella.

—No, Alejandro. Ese es precisamente el problema. Ella solo conoce la versión que tú le enseñaste.

En aquel momento decidí ignorarlo. Como había ignorado prácticamente todos los consejos que intentó darme durante los meses siguientes. Cada vez que coincidíamos terminaba sacando el tema de alguna manera distinta, y yo siempre encontraba una excusa diferente para convencerme de que todavía tenía el control de la situación.

—Un día te vas a enamorar de verdad.

—Ya lo estoy.

Todavía recuerdo cómo dejó escapar un largo suspiro al escucharme responder aquello.

—Entonces peor todavía.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué peor?

Lucas me observó durante varios segundos antes de responder con una paciencia que probablemente solo existía porque llevábamos siendo amigos desde que teníamos memoria.

—Porque cuando finalmente le digas la verdad... ella ya no va a saber distinguirla de todas las bromas anteriores.

Qué curioso. Nunca imaginé que una frase pudiera perseguir a alguien durante tanto tiempo y, sin embargo, ahí estaba, repitiéndose una y otra vez dentro de mi cabeza mientras veía a Sofía delante de mí, convencida de que incluso mi confesión era otra mentira más.

"Cuando finalmente le digas la verdad..."

Lucas tenía razón.

"Ella ya no va a saber distinguirla..."

Otra vez, Lucas tenía razón.

"De todas las bromas anteriores."

Siempre tuvo razón.

Yo había convertido el coqueteo en una costumbre. Sonreír era infinitamente más sencillo que admitir lo que sentía. Lanzar comentarios ambiguos resultaba mucho menos aterrador que abrir el pecho delante de ella y arriesgarme a escuchar un rechazo. Me escondí detrás de las bromas, de la ironía, de las miradas largas y las respuestas ingeniosas porque, mientras todo pareciera un juego, todavía podía convencerme de que perder no dolería tanto.

Qué imbécil.

Preferí esconderme durante meses detrás de una máscara para evitar un "no"... y terminé construyendo algo muchísimo peor. Yo mismo le enseñé a desconfiar de mí. Fui yo quien le hizo creer que jamás hablaba completamente en serio. Fui yo quien convirtió cada sonrisa en una duda y cada palabra bonita en una posible mentira. ¿Cómo demonios esperaba que creyera una confesión que llegaba después de tantos silencios mal manejados?

Ni siquiera me sorprendía verla reaccionar así.

Porque si yo hubiera estado en su lugar... probablemente también habría pensado exactamente lo mismo.

Bajé lentamente la vista hacia la sangre que seguía resbalando entre mis dedos antes de volver a mirarla. Continuaba temblando, intentando mantenerse firme mientras me sostenía la mirada con una mezcla insoportable de rabia, miedo y decepción. Entonces entendí algo que me destrozó más que las bofetadas. Sofía no estaba enfadada porque la hubiera rechazado. Sofía estaba convencida de que acababa de volver a burlarme de ella despues de haber estado tan vulnerable frente a mi, de que incluso un "estoy enamorado de ti" podía formar parte de uno de mis malditos juegos. Y lo peor era que no podía culparla por pensar así.

Porque aquella imagen no la había construido nadie más.

La había construido yo.

Y mientras la veía frente a mí, tan hermosa incluso con el corazón hecho pedazos por mi culpa, comprendí que acababa de perder mucho más que una oportunidad. Había perdido la confianza de la única mujer capaz de hacerme imaginar un futuro distinto al que siempre creí querer, y no existía ninguna explicación, ninguna disculpa ni ninguna promesa que pudiera borrar meses enteros de errores. Al final, Lucas tenía razón desde el principio. No había sido el destino, ni Sebastián, ni el momento equivocado. Había sido yo. Yo había llegado tarde y cuando por fin reuní el valor para decirle la verdad, ya era demasiado tarde para que pudiera creerme, porque llevaba meses jugando con ella, acercándome y alejándome de maneras que sabía podían ser crueles, aunque en aquel entonces me convenciera de que así mantenía el control.




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