Ni Amigos, Ni Desconocidos

Capitulo Trece: Cuchillas En Los Pies

Había pedido unos días de vacaciones apenas llegué a casa luego de recuperarme de mi ataque de pánico, aunque siendo sincera, todavía no sabía si necesitaba descansar o simplemente esconderme del mundo durante un rato.

Mi cuerpo estaba agotado, tenía la cabeza pesada y sentía los músculos adoloridos por la tensión de la noche anterior, pero nada de eso conseguía compararse con el cansancio que llevaba dentro del pecho. Había pasado horas dando vueltas por mi departamento sin encontrar una posición cómoda, cambiando de la cama al sofá, del sofá al piso de la cocina y del piso de la cocina nuevamente a la cama, como si moverme de un lugar a otro pudiera conseguir que mi cabeza dejara de repetir las mismas palabras una y otra vez, pero era inútil, porque cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar su voz tratando de jugar con mis nervios.

"Estoy enamorado de ti."

Apreté los ojos con fuerza y hundí la cara contra la almohada soltando un gruñido frustrado. No quería escucharlo otra vez, estaba cansada de llorar por él, cansada de sentir que cada vez que conseguía ordenar un poco mi corazón aparecía Alejandro Moretti con una sonrisa, una mirada o una maldita confesión capaz de desordenarlo todo de nuevo.

Lo peor era que una parte de mí todavía quería creerle y precisamente por eso, era la parte que más odiaba. Porque si realmente había estado jugando conmigo, entonces todo tenía sentido, sus comentarios, sus miradas, las veces que se acercaba y luego desaparecía, las bromas, las insinuaciones y aquella forma suya de hacerme sentir especial para después comportarse como si nada hubiera ocurrido, todo podía encajar perfectamente si simplemente había estado jugando, pero entonces, ¿por qué demonios me había dicho que estaba enamorado de mí?

Me incorporé lentamente y apoyé la espalda contra el cabecero mientras abrazaba una de las almohadas contra mi pecho intentando controlar la respiración.

Recordé su rostro después de que lo golpeara, la manera en que había cerrado los ojos al escucharme decir que estaba harta y aquella expresión de dolor que había intentado ocultar detrás de su habitual seguridad. También recordé la forma en que había dicho que nunca había jugado conmigo, y aunque no quería reconocerlo, aquella frase seguía dándome vueltas en la cabeza. No quería pensar en eso, no quería recordar su voz ni la manera en que me había mirado, y definitivamente no quería recordar lo mucho que había deseado que estuviera diciendo la verdad, porque admitirlo significaba reconocer que todavía había una parte de mí que esperaba algo de él.

Y esperar algo de él era simplemente decepcionarme, y decepcionar a Sebastián que creía que le estaba dando una oportunidad...

—Idiota... —murmuré contra la almohada, aunque ya ni siquiera sabía si estaba hablando de él o de mí.

Me levanté finalmente de la cama y caminé hasta el espejo que tenía junto al armario. Mi reflejo me devolvió una imagen que apenas reconocía, con el cabello castaño rojizo completamente desordenado, las pecas suaves más visibles de lo normal por no haberme maquillado y los ojos verdes cansados después de una noche prácticamente sin dormir. Me quedé observándome durante unos segundos y terminé soltando una pequeña risa completamente derrotada.

—¿Qué demonios estás haciendo, Sofía?

Por supuesto, mi reflejo no respondió, pero mis ojos terminaron bajando hasta mi mano izquierda y allí estaba otra vez el maldito anillo.

Seguía llevándolo puesto y aunque sabía perfectamente que no era más que una joya, en aquel momento se sentía como una decisión completa descansando sobre mi dedo. Lo había vuelto a colocar porque necesitaba recordarme que había tomado una decisión, aunque todavía no estuviera segura de si aquella decisión era realmente la correcta. Sebastián merecía una oportunidad, eso era lo que llevaba semanas diciéndome, y yo también merecía descubrir si podía enamorarme de alguien que me ofrecía exactamente aquello que siempre había buscado a mi lado.

El problema era que cada vez que pensaba en Alejandro, todo volvía a convertirse en un jodido desastre.

Me senté frente al pequeño escritorio de mi habitación y apoyé los codos sobre la superficie mientras observaba distraídamente algunos bocetos que había dejado allí antes de salir noche.

Una de las ilustraciones mostraba a una pareja caminando bajo una hilera de luces y casi sin pensarlo, aparté la hoja con fastidio. No quería romance, no quería corazones, no quería anillos y definitivamente no quería hombres enamorados, quería cinco minutos de paz, aunque empezaba a sospechar que mi cabeza había decidido negármelos hasta nuevo aviso.

Entonces mi teléfono vibró sobre la mesa y mi corazón dio un pequeño salto antes de que pudiera evitarlo. Lo miré fijamente durante unos segundos, esperando encontrar un nombre que sabía perfectamente que no debía esperar.

Sentí una mezcla extraña de alivio y decepción, y aquello consiguió hacerme sentir todavía peor, porque Sebastián no tenía la culpa de que una parte de mí hubiera esperado ver el nombre de Alejandro. Tomé el teléfono entre mis manos y abrí el mensaje.

Sebastián:
"Buenos días, Sofi. ¿Cómo amaneciste?"
06:29 AM

Me quedé mirando aquellas palabras durante varios segundos, con los dedos suspendidos sobre el teclado. Era tan sencillo, tan normal, tan propio de él, y quizá eso era exactamente lo que necesitaba. Respiré profundamente antes de comenzar a escribir.

Yo:
"Buenos días. Un poco cansada, pero estoy bien."
06:32 AM

No envié el mensaje inmediatamente, lo releí un par de veces como si pudiera esconder algún significado secreto que terminara arruinándolo todo y, finalmente, pulsé enviar. La respuesta llegó poco después.

Sebastián:
"Me alegra saberlo. Descansa todo lo que necesites, ¿sí? ¿Al final pediste las vacaciones que me comentaste?"
06:32 AM




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