Ni Amigos, Ni Desconocidos

Capitulo Catorce: Rosa.

Sebastián consiguió mantenerse de pie durante unos metros más, aunque la forma en que movía los brazos para equilibrarse me estaba haciendo reír tanto que tuve que soltarle la mano para no terminar cayéndome yo también. Él me lanzó una mirada de reproche, pero terminó riéndose conmigo, y durante unos minutos nos dedicamos simplemente a recorrer la pista a un ritmo tranquilo, él intentando encontrar su propio equilibrio mientras yo avanzaba a su lado sin ninguna dificultad. De vez en cuando tenía que sujetarlo del brazo cuando perdía estabilidad y aunque se quejaba cada vez que lo hacía, podía notar que también se estaba divirtiendo.

—No te rías —protestó después de tambalearse por tercera vez.

—No me estoy riendo de ti.

—Te estás riendo exactamente de mí.

—Un poquito— dije completamente divertida, mi corazón se sentía tan cálido de saber qué él estaba haciendo esto por mí, aunque ya había parado un par de veces contra el hielo, seguía intentándolo por mí.

—Cruel.

Sonreí y volví a tomar su mano para ayudarlo a avanzar, pero esta vez decidí dejarlo ir poco a poco, permitiéndole encontrar su propio ritmo. Me alejé unos centímetros y patiné hacia atrás frente a él, observándolo con atención mientras intentaba seguirme. Su expresión de concentración era tan exagerada que terminé soltando otra carcajada.

—¡No te distraigas! —me advirtió.

—Estoy perfectamente concentrada.

—Estás riéndote.

—Eso no significa que no pueda patinar.

—Conociéndote, probablemente eres capaz de hacer una pirueta mientras te ríes de mí.

Levanté una ceja, divertida.

—¿Quieres comprobarlo?— pinche sin poder borrar mi sonrisa.

Sus ojos se abrieron ligeramente.

—No.

—Cobarde.

—Prudente.— corrigió sonriendo mientras me miraba a los ojos, se aferró a mí mano un poco más.

Me alejé unos metros y dejé que mis piernas tomaran nuevamente el control. Hice un giro sencillo, después otro un poco más rápido y terminé deslizándome de lado antes de recuperar la posición con facilidad. No estaba intentando presumir, al menos no demasiado, pero la sensación de volver a hacer aquellos movimientos después de tantos años era demasiado buena como para contenerme. Mi cuerpo parecía recordar cada paso mejor que mi cabeza y mientras avanzaba, sentí cómo una felicidad extraña se instalaba en mi pecho, una de esas sensaciones que no necesitaban explicación.

Sebastián me observaba desde unos metros atrás con una sonrisa.

—Definitivamente tus padres no exageraron.

—Te lo dije.

—No, tú dijiste que sabías patinar.

—Porque sé patinar.

—No. Tú haces esto como si hubieras nacido sobre el hielo.

Me reí y continué avanzando hasta detenerme cerca del borde de la pista. Apoyé una mano sobre la baranda y respiré profundamente, sintiendo el aire frío en mis pulmones. Por un instante me quedé mirando mi propio reflejo distorsionado sobre el hielo y pensé en lo extraño que era sentirme tan feliz después de unis meses tan horrible.

Había pasado días intentando ordenar mi cabeza, preguntándome qué hacer con Alejandro, qué hacer con Sebastián, qué hacer con aquel compromiso que parecía haber aparecido en mi vida antes de que yo pudiera siquiera decidir si lo quería. Había llorado, me había enfadado y había intentado convencerme de que podía arrancarme ciertos sentimientos del pecho simplemente porque ya no me convenían, pero allí, sobre el hielo, ninguna de esas cosas parecía tener importancia.

No porque hubiera dejado de sentir.

Sino porque por unos minutos había recordado quién era yo antes de convertirme en una mujer preocupada constantemente por decisiones que no sabía tomar.

—¿Estás bien? —preguntó Sebastián cuando llegó hasta mí. Lo miré y asentí con una sonrisa sincera.

—Sí.

—Pareces feliz.

Miré nuevamente la pista.

—Lo estoy.

Y era verdad.

No estaba enamorada de él, no había aparecido de repente ninguna chispa mágica ni sentía que mi corazón estuviera descubriendo algo nuevo. Sebastián seguía siendo ,Sebastián, mi amigo, el hombre amable con el que podía hablar durante horas y cuya compañía disfrutaba muchísimo, pero aquello no disminuía el valor de lo que estábamos compartiendo. Quizá intentar que aquello funcionara no tenía que significar obligarme a sentir algo que todavía no existía, quizá podía simplemente conocerlo mejor y darle a nuestra relación la oportunidad de crecer de manera natural, sin expectativas imposibles.

—Entonces vale la pena —dijo él. Fruncí el ceño.

—¿Qué cosa?

—Verte así.

Sonreí un poco más.

—Eres demasiado cursi.

—Y tú demasiado difícil de impresionar.

—Eso también es verdad— dije sin intención de ocultarlo, me encogi de hombros. Sebastián extendió una mano hacia mí.

—Vamos, campeona. Quiero aprender a hacer ese giro.

Lo miré con incredulidad.

—¿Estás seguro?

—No.— su expresión era de terror puro al decir aquello, ni siquiera respiro para contestar, apreté los labios para contener la risa que quería escaparseme.

—Excelente.

Tomé su mano y volví a entrar en la pista con él, riéndome cuando inmediatamente perdió el equilibrio y terminó agarrándose de mis hombros.

—¡No te sueltes!

—¡No pensaba hacerlo!

—¡Estás aplastándome!

—¡Estoy intentando sobrevivir!— dijo de inmensa aferrado a mí.

Y ahí en ese momento, mi risa no tuvo nada que ver con fingir que estaba bien. Era una risa verdadera, ligera, de esas que nacen sin permiso y consiguen que durante unos segundos el mundo parezca exactamente como debería ser.

Seguimos un rato más sobre el hielo, aunque después de aquella pequeña demostración de supervivencia de Sebastián decidí que lo mejor era bajar considerablemente el ritmo, porque no pensaba explicarle a nadie por qué mi prometido había terminado con un brazo roto durante una salida que se suponía debía ser tranquila.




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