Me quedé contemplando el anillo unos segundos más, todavía sorprendida por lo bonito que se veía sobre mi dedo, cuando un pequeño gruñido proveniente de mi estómago rompió el silencio. Bajé la mirada hacia mi abdomen como si acabara de traicionarme delante de todo el mundo, mientras Sebastián levantaba lentamente una ceja y recibía de vuelta su tarjeta.
—¿Eso fue tu estómago?
—No.— murmuré a duras penas, otro gruñido, mucho más fuerte respondió por mí. Sebastián se llevó una mano al pecho con una expresión de absoluta indignación.
—Sofía...
—Fue el anillo.
—Claro, ahora los anillos hacen ruido cuando tienen hambre.
—Este es especial— intenté defenderme lo mejor que pude.
Intenté mantener la seriedad pero terminé soltando una risa traicionera cuando él negó con la cabeza y se acercó para mirar mi dedo nuevamente.
—Pobre criatura, además de casi perder la circulación, ahora tiene que soportar que la dejen morir de hambre.
—No me estoy muriendo.
—Todavía.
—Qué exagerado— refunfuñé rodando los ojos.
—Llevamos horas patinando y probablemente lo único que has comido hoy ha sido café.
Abrí la boca para defenderme pero me quedé callada porque pensándolo bien, tenía razón. Había desayunado algo ligero antes de salir y después me había dedicado a patinar sin prestar demasiada atención al tiempo, así que mi estómago llevaba horas reclamando comida y ahora empezaba a sacudir los tambores.
Sebastián sonrió con satisfacción al ver mi silencio.
—Lo sabía.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa de "tenía razón".
—Pero tengo razón.
—Eso no significa que tengas que presumirlo— me queje aferrando mis manos a mí bolso para colocarlas contra mi estómago como si eso pudiera amortiguar el siguiente gruñido, si es que llegaba... Se rio y tomó mi abrigo del respaldo de la mesa para tendérmelo.
—Vamos.
—¿A dónde?
—A alimentar a la pequeña criatura.
—No soy una criatura.
—Claro que sí.
—Sebastián.
—Una criatura hambrienta, además.
Le lancé una mirada de advertencia, aunque terminé sonriendo mientras me colocaba nuevamente el abrigo. Él esperó pacientemente a que terminara de acomodarme la bufanda y cuando estuve lista, tomó las bolsas con nuestros patines y caminó hacia la salida conmigo.
—¿Qué quieres comer? —preguntó.
—No sé.
—Eso no es una respuesta.
—Algo rico.
—Excelente. Muy específica.— dijo con tono de burla mirándome.
—Tú preguntaste.
—Entonces elegiré yo.
—Eso me preocupa.— fingí terror.
—Confía en mí.
—La última vez que alguien me dijo eso terminé en una prisión.
—Y sobreviviste.— alegó, mirándome de pies a cabeza— sigues aquí.
—Por poco.
Soltó una carcajada mientras abría la puerta de la joyería para que saliera. El aire frío volvió a golpearme el rostro y me acomodé la bufanda mientras caminábamos hacia el automóvil que había quedado frente a la pista, todavía sintiendo una sonrisa pequeña en los labios.
—¿Sabes qué? —dijo Sebastián mientras caminaba a mi lado—, creo que después de todo esto mereces algo dulce— alegó con seguridad, mis ojos se iluminaron.
—¿Chocolate?
—Sabía que dirías eso.
—¿Y?
—Hay una chocolatería a unas calles de aquí— explico con tono solemne mie de caminábamos uni al lado del otro, me detuve.
—¿En serio?
Él se giró hacia mí con una sonrisa divertida.
—¿Vas a empezar a caminar o tengo que cargarte?
—Puedo caminar perfectamente.
—Entonces vamos, pequeña golosa.— lo dijo con un tono tan dulce que no pude evitar reírme, le di un ligero empujón en el brazo.
—No me llames así.
—Está bien, pequeña glotona.
—¡Sebastián!
Su carcajada se escuchó por toda la acera mientras yo intentaba contener la mía. Y mientras continuábamos caminando por las calles frías de Madrid en busca de algo caliente que comer, para luego ir por mis chocolates.
Me sentía tranquila de estar con él, en serio. No porque estuviera empezando a enamorarme de Sebastián, eso todavía no estaba ocurriendo.
Simplemente estaba disfrutando de la compañía de alguien que se había convertido en un amigo cercano, alguien con quien podía reírme, discutir por tonterías y sentirme cómoda sin tener que fingir nada.
Llegamos finalmente hasta el automóvil que habíamos dejado estacionado frente a la pista de hielo y Sebastián abrió la puerta para que pudiera entrar, aunque antes de subir me quedé unos segundos contemplando mi nuevo anillo bajo la luz de la tarde. Los diamantes rosados seguían brillando cada vez que movía la mano y no pude evitar sonreír al recordar que unas horas antes aquel mismo dedo estaba tan apretado que parecía a punto de caerse por perder la circulación.
Definitivamente había sido una tarde extraña, pero también una de las más agradables que había tenido en bastante tiempo. Sin contar mis noches con Adhara mientras mirábamos películas malas.
Sebastián guardó nuestras cosas en la cajuela y después ocupó el asiento del conductor. Apenas arrancó, miró el reloj del tablero y soltó un pequeño suspiro.
—Son casi las cuatro.
—¿Ya?
—Sí, pequeña glotona, y tu estómago lleva un rato recordándomelo.
Como si quisiera darle la razón, mi estómago volvió a gruñir. Lo miré indignada como si eso hubiera sido su culpa.
—No puedes seguir haciendo eso— dijo él con fingido terror
—Yo no estoy haciendo nada— intenté defenderme coocnadome el cinturón de seguridad, mientras sentía mis Mejías calentarse.
—Tu estómago sí.— me miró de reojo mientras ponía el auto en marcha, solté una risita y me acomodé en el asiento mientras él comenzaba a conducir por las calles de Madrid.
La tarde ya había avanzado bastante y el cielo comenzaba a adquirir ese tono gris azulado propio de los días cercanos al invierno, mientras las primeras luces de algunos edificios empezaban a encenderse. Había más personas caminando por las aceras, algunas cargando bolsas de compras y otras entrando en cafeterías para escapar del frío y yo me quedé mirando por la ventana con una sensación extraña de tranquilidad.
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Editado: 11.08.2026