Ni aunque me lo pidas

Capítulo 1

¿Es posible apuñalar a alguien con un popote?

Estoy a punto de descubrirlo si este inútil continúa hablando.

—¿No escuchas o no entiendes? —interroga con el mismo tono déspota—. Te estoy pidiendo que me cambies el frappé de mango por uno de manzana.

Mi mirada cae un segundo en el pedido rechazado sobre la mesa, para alguien que hace minutos me dijo que no le gustó, ya lleva el frappé casi a la mitad. Intento controlar las ansias que me tientan a tomar el recipiente y lanzarlo a su cara. Sería tan satisfactorio y combinaría bien con su melena rubia.

Lástima que no tengo tiempo para buscar otro trabajo.

—Le repito que no tenemos frappé de manzana —fuerzo una sonrisa—. Puede elegir otro sabor o le podría recomendar otras opciones que lleven manzana; por ejemplo, tenemos…

—Tienen tartas de manzana —interrumpe.

¿Eso fue una pregunta o una afirmación?

—Sí, tenemos tarta de manzana —respondo—. ¿Quiere ordenar una rebanada?

—¿Tienen tartas de manzana y no pueden utilizar algunas para preparar mi frappé?

Detesto tanto mi trabajo. ¿Acaso cometí algún crimen imperdonable en una vida pasada?

—Es que el frappé que usted quiere no está en el menú.

—¿Podrías ir y preguntar si pueden preparar lo que estoy pidiendo?

Y detesto más a los clientes que me ven como si yo fuera el estúpido.

—Lo que usted pide no está en el menú —repito. Quizás si le explico con señas y detalles su inútil cerebro consiga entender—. Si quiere otra opción, puedo recomendarle...

—Pregunta en cocina —vuelve a interrumpir.

—¿Cómo?

—Ve y pregunta en cocina, por favor.

Aunque haya usado una palabra educada, su tono expresa que no lo es en lo absoluto.

—De acuerdo, iré a preguntar —fuerzo otra sonrisa.

Camino hasta la barra y finjo que hablo con alguien. No pienso molestar al personal con exigencias absurdas; llevo años trabajando en este horrible lugar y jamás se han hecho excepciones. Tras un tiempo prudencial, vuelvo.

—Lo siento, no es posible preparar lo que pide.

El brillo de sus iris verdes se apaga y arruga la nariz de una manera poco agraciada.

—¿Por qué no?

Meto una mano en el bolsillo de mi mandil y aprieto el trapo que utilizo para las mesas. Al diablo todo, haré que se lo trague, o mejor aún, lo ahorcaré con él. Estoy a punto de hacerlo cuando la voz de su acompañante me detiene:

—¡Aiden, por favor, ya quédate con ese frappé!

—No, yo quiero uno de manzana. Este ya se derritió —le muestra el recipiente al joven y, por primera vez, dice algo coherente: eso ya no parece un frappé.

—¡Cómo no va a derretirse si has estado perdiendo el tiempo atormentando al mesero!

Es gratificante saber que el universo no me odia tanto. Sería el colmo lidiar con dos clientes igual de ineptos.

—Está bien… —dice, y en ese momento suelto el trapo—. Tráeme otro frappé, de café, pero con menos hielo y sin azúcar. Y con leche deslactosada, pero que no esté fría.

Cambio de planes: yo mismo voy a ahorcarme con el trapo.

Por tercera vez, vuelvo a forzar otra sonrisa para este desconsiderado. Asiento y voy a cumplir con su pedido.

Espero unos minutos detrás de la barra hasta que el personal de cocina me entrega el frappé. Regreso a su mesa. Cuando el tipo lo mira, vuelve a arrugar la nariz.

—Esto no es lo que pedí.

—Le garantizo que es lo que pidió.

Sujeta el vaso y lo prueba; al instante, el gesto de su cara empeora.

—Sabe dulce. ¿Seguro que no tiene azúcar?

—No, no tiene azúcar.

Bebe otro sorbo.

—Me sabe dulce.

Escucho suspirar a su acompañante, quien parece estar tan harto de la situación como yo.

—Aiden, por favor, ya tómate ese frappé. Si no te gusta, vamos a otra parte o nos regresamos a casa de mi tío. ¿Qué prefieres?

El tipo abre los ojos y la boca con pavor.

—De acuerdo… no hace falta llegar a las amenazas —dice. Bebe otro sorbo, esta vez sin poner cara de adefesio.

Es su acompañante quien me agradece por el servicio antes de que me retire. Me alejo y deseo con todas mis fuerzas que no vuelvan a dirigirme la palabra a menos que sea para pedir la cuenta.

—¿Quieres que te ayude? —pregunta Anahí, mi compañera.

Deja una nota en la barra con la orden de sus clientes.

—Gracias, pero creo que ya se solucionó —miro de reojo la mesa de aquel ser insufrible. Para mi alivio, está bebiendo el frappé sin hacer muecas mientras conversa con su amigo.

—Si necesitas algo, avísame. —Su pedido ya está listo; lo toma y se dirige a la mesa correspondiente.

Es inevitable sentirse conmovido. ¿Hasta cuándo estará agradecida por haberla capacitado cuando empezó aquí? Ya pasó un año. Incluso le confesé que solo lo hice porque me lo ordenaron.

He estado tan ocupado desde la mañana —y ese cliente nuevo me está dando dolor de cabeza— que olvidé mencionarle que me gustó cómo le quedó el tinte rosa en el cabello.

—¡Hey, hey, tú!

Acostumbrado a esa clase de llamados, busco qué cliente ha sido. Rezo porque sea cualquiera menos él.

—¿No vas a venir a atendernos? —El tipo incluso levanta la mano, matando mis últimas esperanzas.

Suspiro, me lleno de paciencia y avanzo hacia su mesa.

—¿Se le ofrece algo más?

—Tráeme un muffin de arándanos —ordena—. Pero que no tenga pasas.

Siento una punzada de dolor en la cabeza cuando escucho sus últimas palabras. Vuelvo a respirar hondo y hago una cuenta regresiva del cinco al uno antes de responder.

—No tenemos muffins sin pasas.

—¿Y no puedes quitárselas?

—No.

A menos que quiera recibir un muffin pellizcado y manoseado por su servidor, lo cual no me molestaría hacer en lo absoluto a estas alturas; hasta sería satisfactorio. De soslayo, noto que otro cliente alza la mano para captar mi atención. Giro la cabeza hacia él.

—¡Mesero, la cuenta, por favor! —grita.

Titubeo un instante. Yo no fui quien lo atendió, así que no tengo idea de cuánto es, pero eso no va a detenerme. Prefiero mil veces ir a la barra a investigar quién lleva esa mesa que seguir soportando a este individuo detestable.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.