Convertirse en adulto es horrible.
Tal vez de pequeño lo anhelé con locura porque viví engañado pensando que ser adulto significaba libertad. Libertad para salir y volver a casa cuando quisiera, comer lo que se me antojara, tener mi propio dinero y gastarlo en lo que deseara.
Pero la realidad es que salir se ha vuelto cansado e innecesario cuando trabajas dobles turnos para pagar cuentas que vienen con la libertad: la luz, el gas, el agua, la comida y la renta de un departamento en el que ni siquiera paso mucho tiempo, porque estoy ocupado trabajando para tener el dinero de esa renta.
—Muchas gracias por su preferencia. Disfrute su café —le extiendo al cliente su ticket y la bebida que compró.
El sujeto toma su pedido y se va sin agradecer o, al menos, mirarme a la cara. No es como que su indiferencia me afecte; de todos modos, es el diálogo que se le dice a todos los clientes.
—Hola, buenas tardes, bienvenido. ¿Cómo está? ¿Qué puedo ofrecerle? —saludo a la siguiente persona de la fila.
—Un café con leche deslactosada y una rebanada de pastel de zanahoria. Rápido, porque tengo prisa.
¿Y a mí qué me importa eso?
No sé qué es peor, si estar detrás del mostrador o atender mesas. En ambos puestos siempre llegan clientes con prisa. Aunque supongo que ya no me duelen los pies por estar dando vueltas todo el día. No, ahora me duelen por estar parado en un solo lugar. Lo único positivo de que esta semana me haya tocado atender en el mostrador es que mi trabajo se limita a tomar pedidos y cobrar.
Alzo la vista hacia el reloj que está colgado en la pared del local. Son las 6:30 p. m., falta una hora y media para que mi turno termine. De repente, la sonrisa fingida que les daba a los clientes se vuelve real.
—Leo —me llama Anahí. Se acerca al mostrador sosteniendo una charola con trastes sucios—. Aquí viene tu príncipe Erick —me avisa, y enseguida, mi buen humor mejora.
¿Erick vino por mí? Me encanta la idea de volver con él a casa y quizá comer algo en el camino, porque lo último que quiero hacer al llegar al departamento es cocinar.
—Pero viene con el ricitos de oro —advierte antes de retirarse para seguir trabajando. Y así de rápido hizo que mi buen humor desapareciera.
Me asomo sobre el mostrador para buscarlos y los hallo en medio de las mesas conversando o, más bien, creo que discuten. Rezo para que decidan sentarse en lugar de venir a pedir al mostrador.
Erick le saca la silla a Aiden para que tome asiento; un gesto bastante caballeroso, supongo. Sin embargo, el rubio niega con la cabeza y camina hacia mi dirección.
Genial, lo que me faltaba.
Aunque me alegre mucho ver a Erick, no quiero tener que saludar y ser amable con ese insufrible.
—Buenas tard...
—Dame un frappé de capuchino —me interrumpe el rubio.
Ah, tan encantador como siempre.
—Por favor… —añade Erick llegando detrás de él. Sonríe a modo de saludo y disculpa.
—Por supuesto —respondo con educación, solo para él, no para su amigo que hoy tiene cara de estar estreñido.
Erick se acerca y es quien paga. Cuando el pedido está listo, lo coloco sobre la barra junto con el ticket. Aiden solo toma el frappé y se va tan rápido como llegó.
—Gracias —dice Erick, y creo que es el primer agradecimiento que he oído en horas—. Por cierto, voy a llevar a Aiden al departamento para terminar el proyecto que te conté la otra vez.
—¿A esta hora?
—Sí… es que hasta hoy lo convencí de que avancemos… —Noto la pena en su rostro.
—Está bien.
Por mucho que desee prohibirle la entrada a Aiden, no puedo hacerlo, no sin quedar como alguien grosero y posesivo. Estoy seguro de que eso es lo que quiere Aiden para poner a Erick en mi contra.
—Y, por favor, no te olvides de darle de comer a Duquesa —añado.
—Claro, lo haré. Gracias, Leo. Prometo que intentaré echarlo antes de que llegues —dice, luego da la vuelta para ir detrás del rubio.
Erick lo alcanza y le dice algo. Casi puedo jurar que Aiden me mira de soslayo mientras conversa con él, lo hace con un desprecio que no comprendo. Han pasado nueve meses desde que me suspendieron después de que él se quejara con el gerente; además, el afectado fui yo. Soy yo quien debería estar indignado con su sola presencia. No entiendo por qué siempre me ve con tanto desdén.
—También te quería decir que los vi llegar del brazo y, antes de que entraran, Erick hizo que el ricitos de oro lo soltara.
—¡Anahí! —le advierto. No sé en qué momento se volvió a acercar, pero si lo ha hecho para volver a insinuar sus teorías sin fundamento, prefiero no oírla.
—Esta vez, te lo juro, el ricitos de oro hasta estaba risita y risita.
—Son mejores amigos.
—Leo, no sé si eres muy inocente o muy tonto.
—Ah, bueno, muchas gracias.
—¡Pues es que estás viendo y no ves! —exclama—. Ya sé que no quieres pensar mal de ellos, pero…
—¿No tienes mesas que atender? —la interrumpo.
Anahí entrecierra los ojos.
—Claro, mándame lejos y evita el tema —dice y da la vuelta para volver a atender a los clientes.
Miro el reloj del local otra vez. ¿Solo han pasado diez minutos? Tiene que ser un error. Vuelvo a ver el sitio donde discutían Erick y Aiden, pero ya no están allí.
De repente, siento que me arde el estómago al pensar en ambos. Aprovecho que no hay ningún cliente haciendo fila y saco mi teléfono. Busco el contacto de Erick para enviarle un mensaje. Mis dedos se quedan quietos sobre el teclado. ¿Qué voy a escribirle exactamente? Ni idea.
Demonios, todo es culpa de Anahí, que vino a sembrar la duda e incertidumbre en mí. Pero de ninguna manera voy a dejar que me consuma. Lo que ella sospecha son puras suposiciones y no voy a dejar que eso me genere inseguridades innecesarias.
—Oye, Pulgarcito.
Frunzo el ceño antes de apartar la vista del aparato y mirar al otro lado del mostrador. No hacía falta ver para saber que es Aiden quien está ahí.