Ni aunque me lo pidas

Capítulo 3

Quien sea que haya dicho que el dinero no compra la felicidad no podía estar más equivocado.

No veo ni un solo rastro de tristeza en los jóvenes que vienen a comprar su café y postre mientras presumen los lugares donde irán de vacaciones por navidad. Tampoco la veo en los adultos que les platican a sus acompañantes sobre los regalos que les comprarán a sus hijos y amistades. Creo que la única persona que he visto afligida fue a un niño cuyo padre no le quiso comprar una rebanada de cheesecake, pero su desconsuelo se esfumó cuando el hombre accedió a comprarlo para que dejara de llorar.

Si yo tuviera mucho dinero, probablemente haría y compraría muchas cosas, sin embargo, en este mismo instante, en lo único que puedo pensar es en tomar todos los billetes que tendría, juntarlos para hacer una enorme y pesada esfera, lanzársela a este nefasto ser y esperar que muera aplastado para que deje de perturbar mi existencia.

Sabía que la última hora de mi turno sería una tortura cuando vi a Aiden entrar y su amigo abrió la boca para pedir un latte de caramelo, pero sin caramelo, supe que en realidad sería un infierno.

—Mejor ponle jarabe de vainilla, pero poquitito, porque soy súper fit, y con miel encima, ¿ok? —continúa con sus instrucciones—. También que tenga espuma, pero no tanta; o sea, que se vea como aireadita, así como fluffy.

Miro un instante a Aiden, esperando que se trate de una broma de mal gusto como parte de alguna venganza u odio hacia mí. Pero está igual de serio que su acompañante. Por supuesto, no sé por qué se me hace extraño, si Aiden también quiso pedir una bebida que ni siquiera estaba en el menú.

—¿Desea pedir algo más?

—Sí, que sea mitad leche de coco y mitad leche de avena, con tantita crema batida pero light, ¿me explico? O sea, quiero que sepa dulce pero no tan dulce. Si puedes, échale canela en espiral, o sea, literal como un remolino.

Espero que solo sea amigo del rubio y no de Erick, porque no podría soportar a otro amiguito pendejo. Soportar a Aiden ya es más que suficiente.

—Claro, enseguida le preparan su pedido —anoto todas las extrañas exigencias de este chico y se las mando a mis compañeros en la cocina.

Estoy a minutos de liberarme de esta tortura y no los voy a pasar discutiendo con los clientes, sin importar lo estresantes que sean. La última vez que lo hice terminé sancionado, así que a la mierda todo.

—Como te decía, Aiden —habla el amigo del rubio—, la fiesta va a estar súper, habrá buena música, bebidas y brownies mágicos, ¿entiendes?

Aiden hace una mueca de desagrado.

—Suena… divertido, pero no sé si pueda ir. En navidad mi mamá y Richard vienen de visita...

—Entiendo, bro, solo le voy a dar invitación a Erick y ya —lo interrumpe el chico.

Aiden vuelve a hacer otra horrible mueca. Yo lo imito, porque este sujeto acaba de confirmar que también es amigo de Erick, solo me queda esperar que no sea un amigo tan íntimo como lo es el rubio. El tipo continúa contando detalles de la fiesta, menciona una fuente de chocolate, fuegos artificiales y quién sabe qué más. He dejado de prestarles atención.

Escucho a la barista anunciar que el pedido está listo. Admito que me sorprende que hayan podido hacer una bebida con tales especificaciones. Le entrego el pedido al acompañante de Aiden, él primero toma una foto antes de darle un sorbo y, tan pronto como lo prueba, abre los ojos como si hubiera ingerido veneno.

—¡Ash, qué asco! ¿Qué es esto? ¡Sabe horrible! Está como, no sé… dulce pero amargo, caliente pero frío.

—Es exactamente lo que pidió —respondo, manteniendo la compostura.

—¿Cómo va a ser lo que pedí? Yo jamás pediría esto en mi vida. ¡Qué falta de respeto! —Da otro sorbo solo para seguir quejándose—. Ay, no, qué asco, o sea, ¿por qué sabe tan mal?

—Te dije que el servicio aquí era pésimo —le dice Aiden a su amigo—. A mí no me supieron dar un simple frappé de mango y un muffin sin pasas.

Ah, claro, ahora solo falta que este tipo quiera quejarse con el gerente. Por primera vez desearía tener una fila de clientes para que estos seres se quitaran del mostrador y se fueran de una vez, pero no, el universo conspira a su favor y no hay nadie más que desee comprar café.

—¿Le gustaría pedir otra cosa? —les pregunto.

—No, así déjalo. Seguramente me darían otra abominación —dice el chico antes de marcharse.

Sentiría alivio si no fuera porque Aiden sigue en el mismo sitio, mirándome con desdén. Si tan mal le caigo, ¿por qué no se va a otro local? ¿Acaso no existen más cafeterías?

—¿Vas a pedir algo? —cuestiono, ya no tan amable.

—No.

Silencio absoluto. ¿Va a quedarse ahí parado hasta que amanezca? No comprendo a este chico en lo absoluto, ni la razón de su desprecio. ¿Qué diablos le hice para que me tenga un odio tan inexplicable? Sé que no lo ha dicho abiertamente, pero no hace falta, desde que lo conocí se ha portado como un cretino.

Quizá no debería romperme la cabeza buscando una explicación para su comportamiento y aceptar que existe gente así. Las he visto mil veces en los años que tengo en este empleo.

—Dime algo... Leo —escupe mi nombre como si mencionarlo le provocara agruras.

—Leonardo —lo corrijo—. Para ti soy Leonardo, no Leo.

En serio, cada vez que tuerce la boca como en este momento, me dan ganas de darle un puñetazo.

—Bien, LE-O-NAR-DO —percibo el desprecio en cada sílaba—. Voy a hacerte una pregunta y espero sinceridad de ti.

—¿Qué pregunta?

—¿Eres gay?

Casi se me salen los ojos del estupor.

¿Qué diablos…?

Miro a Aiden a los ojos mientras el bullicio de la cafetería desaparece. ¿Solo abrió la boca para preguntar eso? Mejor se hubiera quedado callado.

—¿Y a ti qué te importa? —espeto, olvidando por completo el profesionalismo—. ¿Me quieres invitar a salir o qué?

Aiden hace una mueca de asco.

—Tengo mejores estándares.




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