A menos que Aiden tenga un gemelo del que no me haya enterado y dicho doble tenga como objetivo fastidiarme mientras el Aiden original hace el proyecto con mi novio, ¿por qué motivo Erick me mentiría?
Este engaño desencadena miles de preguntas e inseguridades que, hasta hoy, nunca cruzaron mi mente. Si no hubiera sido porque Aiden estuvo ayer en la cafetería, jamás me habría enterado de que Erick me ocultó la verdad, ¿cuántas veces lo ha hecho? Sobretodo, ¿por qué? Intento ahuyentar los pensamientos negativos, pero resulta imposible.
La simple idea de que me ha estado engañando con eso me angustia. Estoy seguro de que debe haber una explicación y voy a pedírsela… en cuanto tenga el valor de oír la respuesta. Sé que debí haber aclarado ese tema en el instante que surgió, incluso aún tenía la oportunidad de discutir esto antes de salir del departamento, pero no pude. Fui muy cobarde.
Bebo otro sorbo de café y ensayo en mi mente cómo voy a abordar el tema. No comprendo por qué estoy tan nervioso, es a mí a quien le mintieron, así que estoy en todo mi derecho de exigir una explicación, ¿no?
—Tal vez no debería de preguntar nada —murmuro—. A lo mejor estoy exagerando un poco, ¿no crees?
Anahí blanquea los ojos.
—¿Cuántas veces te he dicho que hay algo raro con esos dos?
—No entiendo cómo es que ahora todo te parece extraño entre ellos cuando al principio tú eras la más emocionada con mi relación con Erick.
—Eso fue antes de que me hablaras de su vínculo tan extraño —dice, tomando una generosa porción de pastel para comerla.
—Son mejores amigos.
—¡Ay, por favor! —exclama Anahí con el ceño fruncido—. Me da igual que sus madres les hayan hecho compartir los pañales o sus mamelucos; no te levantas a las cuatro de la mañana solo para llevar a alguien al aeropuerto ni te vas toda una semana con él a una cabaña en la playa. En todo caso, si es verdad que crecieron juntos y sus madres sí los hicieron compartir el biberón, Erick no debería tener ningún problema en decirle a su mejor amigo que tiene un novio, ¿no?
Prefiero quedarme con la boca cerrada antes de que se me escape algún secreto. Anahí saca esas conclusiones porque no conoce todos los detalles que Erick me ha contado sobre él y su amistad con Aiden.
—Leo, no te digo esto porque quiera lastimarte —dice ella, tras un largo silencio—. Eres mi amigo y te aprecio mucho, pero ¿qué clase de amiga sería yo si no te dijera lo que veo? Me pediste mi consejo por lo que descubriste ayer y...
—Sí, pero no esperaba que volvieras a sacar el tema de que Erick me engaña de esa forma—la interrumpo, porque no deseo volver a escuchar la misma historia—. Hay… cosas que Erick me ha compartido, secretos que yo no puedo decirte porque me los confió a mí. Pero si de algo estoy seguro, es que Erick no me está traicionando con su amigo. Además, él me mintió sobre que estaba con Aiden, si fueran los amantes que piensas, me hubiera engañado de otra forma, como diciendo que no estaba con él o algo para encubrir que estuviesen juntos… O no sé. Ni yo sé lo que dije.
Anahí suspira con pesadez, quizá dándose por vencida o pensando que soy muy ingenuo.
—Está bien, pero sea cual sea el motivo, debes preguntarle sobre lo de ayer.
—¿Por qué?
—Porque te mintió, Leo, y es algo que no vas a olvidar. Cada vez que te diga que estará en algún lugar con su amigo, vas a dudarlo y no dejarás de pensar que te está mintiendo de nuevo.
Maldición, ella tiene razón. Hace un rato Erick me envió un mensaje avisando que no pudo ir a comprar la despensa porque estaba muy ocupado con Aiden terminando el dichoso proyecto que tienen. Bebo de un sorbo todo el café que me queda, me arrepiento al instante al sentir como me quema la garganta.
—Bueno... Gracias —murmuro—. Aprecio mucho que me escucharas.
—Harías lo mismo por mí —sonríe y saborea el último trozo del pastel. A los pocos segundos, se detiene—. Si lo harías, ¿verdad?
Me río.
—Obviamente, y más si eres tú la que me invita a mí a comer pastel.
—Dijiste que no te gusta el pastel.
—Dije que no me gusta el merengue.
—¡Es lo mismo!
—Claro que no —replico.
•••
Las bolsas de plástico me están cortando la circulación de los dedos. Suelto un bufido de puro cansancio cuando llego y, sin ninguna delicadeza, dejo caer las compras sobre el pasillo. Se escucha el golpe de un par de latas de atún chocando contra el suelo.
Me froto las palmas de las manos contra los pantalones, tratando de recuperar la sensibilidad mientras busco mis llaves en el bolsillo trasero. Dios, qué fastidio es subir cuatro pisos con tanto peso. Necesito quitarme los zapatos.
Extiendo la llave hacia la cerradura de la puerta y entonces, me detengo enseguida.
La puerta no está cerrada.
Hay una rendija, apenas un centímetro que separa el marco de la madera. El aire se me queda atascado en la garganta.
—No puede ser… —susurro, con los ojos clavados en el pomo.
Me acerco lo suficiente para inspeccionar la entrada sin tocar nada: está intacta. Ni un rasguño, ni señales de que alguien hubiera forzado el cerrojo. Nada.
Al menos ahora sé que no hay ningún ladrón enmascarado armado esperándome. Aun así, qué estúpido soy. En los cinco años que llevo viviendo solo nunca me había olvidado de cerrar la puerta.
¡Eres un idiota, Leo! Idiota, idiota, idiota.
Probablemente salí tan estresado pensando en Erick y Aiden, en el trabajo y en mi miserable vida, que ni siquiera me fijé que dejé abierto. Solo me faltó poner un letrero para invitar a todo el barrio a pasar por unos muebles gratis.
Siento un calor de pura vergüenza subirme por el cuello.
Pero… ¿Y si alguien notó que dejé abierto y está adentro ahora mismo esperándome?
Maldita sea. ¿Qué hago? ¿Debería entrar o llamar a la policía? Me imagino lo imbécil que me vería si llamo a la policía y resulta que no hay ningún ladrón aquí.